CULTURISMO: EL OCASO DE LOS DIOSES

Por Quim Lluciá

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Grimek

 

Desde la aparición de las primeras culturas han surgido personas que han provocado cambios sustanciales en el devenir de la historia. Si bien algunas mujeres han jugado un papel determinante para que se produjeran dichos cambios, han sido los hombres los que de forma mayoritaria han modificado drásticamente el curso de los acontecimientos. Estos personajes, destacaban por poseer un nivel de capacidades físicas y mentales que les hacían destacar netamente por encima de los demás y ser aceptados como líderes indiscutibles. Poseían fuerza, inteligencia, astucia, seguridad, pasión, determinación y persistencia. Las cualidades de un líder. Pero dichas cualidades, intrínsecamente buenas, pueden corromperse y usarse para el mal cuando determinados rasgos de la personalidad generan deseos que tan solo buscan satisfacer la ambición personal sin importar las consecuencias negativas que ello pueda suponer para los demás. Algunos de estos rasgos son la agresividad, la prepotencia, la vanidad, la envidia, la codicia, la obsesión o el sadismo. Llegados a este punto, es pertinente diferenciar lo que representa un líder y lo que significa ser un tirano. Un líder siempre pone sus capacidades al servicio de la comunidad con la intención de mejorar sus vidas. Debe tener un proyecto y ser capaz de comprometer a los demás en su consecución por puro convencimiento. Pero también debe ser capaz de escuchar a los que pueden y desean aportar valor al proyecto y de ese modo generar sinergias positivas. Así mismo, debe ser sensible a las necesidades del grupo y satisfacerlas en la medida en que sea posible. También debe dar ejemplo y estar al frente en los momentos difíciles, pero jamás debe pretender convertirse en un ejemplo y vanagloriarse de los éxitos. Un tirano puede haber sido un buen líder al principio, pero debido a los rasgos negativos de su personalidad, se ha corrompido hasta el punto de llegar a convertirse en un verdugo para su propio pueblo. Son personajes que tan solo buscan alimentar su egolatría, su codicia y la necesidad de sentirse superiores. En la mayoría de los casos se trata de auténticos psicópatas que han causado un mal incalculable y a su paso han dejado un reguero de millones de muertes.

Por desgracia, estos individuos surgen en cada nueva generación y si bien en la mayoría de los casos no pasan de ser simples asesinos, violadores, maltratadores o abusadores, por carecer de capacidades superiores, en ocasiones, por su especial dotación, son capaces de alcanzar los puestos dominantes en una sociedad e incluso el poder absoluto. El proceso por el cual un tirano comienza su andadura es muy simple. En primer lugar se erige en jefe indiscutible de su comunidad, normalmente por la fuerza y por supuesto, para afianzarse en su posición dominante, elimina a todo aquel que pueda discutir su jefatura. Luego se rodea de un pequeño grupo de fieles que por miedo, por ambición o por seguridad personal le juran fidelidad. A partir de aquí se trata de mantener al pueblo sometido, atemorizado e ignorante. Y lo siguiente es comenzar una campaña de conquistas militares que suelen alcanzar su punto álgido en la creación de un imperio. Por poner algunos ejemplos podría mencionar el imperio egipcio que fue el primer gran imperio de la historia. Surge alrededor del año 3.000 a.C. y su creador fue un jefe militar y religioso llamado Horus Narmer que se convierte en el primer faraón. Perduró durante 2.500 años. El imperio romano, que se inicia en el año 27 a.C. fecha en la cual, Octavio, hijo adoptivo de Julio César, se convierte en el primer emperador romano. Este imperio cayó definitivamente en el año 476 d.C. También podríamos destacar el imperio español del que el rey Felipe II dijo que nunca se ponía el sol. El imperio Británico, el Chino, el Mongol, el Árabe, el Portugués, el Griego, el Persa o el Soviético. Todos, inevitablemente, han desaparecido después de un período más o menos largo de decadencia. Su historia es un una historia de saqueo, crueldad, genocidio y exterminio de muchas culturas. Pero al igual que los mejores cultivos nacen de las tierras abonadas con estiércol, los imperios han permitido el avance de la ciencia, el arte y la cultura. Quisiera referirme especialmente a un período de la historia que destacó especialmente en esas áreas. Me refiero al Renacimiento. El término «Renacimiento» hace alusión al renacer de la cultura clásica greco-romana que marca el final de la edad media y que abarcó todo el continente europeo durante los siglos xv y xvi. Surge así una visión del mundo en la que el hombre se convierte en el elemento central de la existencia y despojado de toda influencia religiosa se embarca en el estudio de las humanidades y las diferentes ramas de la ciencia. El arte en sus diferentes formas alcanza niveles de sublime belleza, hasta el punto de que Lorenzo Valla, uno de los artistas más destacados del período, llega a afirmar que no sabía por qué las artes habían decaído hasta tal punto y casi muerto, ni tampoco por qué habían surgido en esa época apareciendo tantos buenos artistas. Por destacar dos de los más reconocidos mencionaré a Leonardo da Vinci y a Miguel Ángel Buonarroti. El arte renacentista expresa la idea de un hombre libre cuyo cuerpo ya no es la cárcel de un alma atormentada por la culpa del pecado y sometido constantemente al dolor expiatorio que imponía una religión punitiva y represiva que servía a un Dios cruel e implacable. El nuevo hombre exige un espíritu libre que pueda desarrollar todas las áreas del pensamiento y que reconozca la belleza del cuerpo como un valor deseable y no como una fuente de pecado que no merece ser cuidado, perfeccionado y respetado.

Llegados a este punto y si habéis tenido la paciencia de leer hasta aquí haciendo un esfuerzo por tratar de comprender qué demonios tiene que ver todo esto con el Culturismo, haré un listado con los conceptos clave que os permitirán relacionar la información previa con nuestro deporte.

Líder. Tirano. Poder. Imperio. Decadencia. Renacimiento.

Comencemos ahora con nuestra historia

Marcel RouetEl culturismo nace a principios de los años 30 del siglo XX de la mano del francés Marcel Rouet. Fue el primer hombre que estableció una metodología del entrenamiento basada en los conocimientos científicos de su época y también fue el «inventor» de la palabra culturismo. El levantamiento de pesos debe ofrecerse a sus practicantes como un método rápido y efectivo para obtener un cuerpo sano y proporcionado, adquiriendo al mismo tiempo hábitos saludables, tanto alimenticios como higiénicos, y potenciando todas las cualidades humanas. Tal método no se limita al aspecto puramente atlético o de perfeccionamiento corporal sino que se constituye en un estilo de vida. Marcel Rouet. Con la publicación del libro "Culture Physique Atlétique" en 1949, estableció las bases científicas del culturismo. Otro de sus libros más conocidos y que para muchos es la “Biblia” del culturismo es “Toute la culture physique" publicado en 1951 y que en español se tradujo como “Fuerza, Agilidad y Belleza Atlética". En él, se recogen los vastos conocimientos del autor en materias tales como la psicología, la higiene, la sexualidad, la nutrición y por supuesto, el entrenamiento. Lo que concede un inapreciable valor al discurso de Rouet, es que por primera vez, establece la diferencia entre lo que él denomina el ideal de belleza plástica (culturismo) que trata de reproducir los modelos de la estatuaria clásica y el ideal de belleza atlética (físicoculturismo) que se materializa en un mayor desarrollo muscular y que él denomina hipertrofia.

Ninguno es mejor que el otro, y ambos pueden coexistir, si bien insiste en la necesidad de que el culturista atlético debe, también, poseer unas proporciones equilibradas. Los jóvenes culturistas deben procurar huir de los excesos en el desarrollo muscular que puedan ser peligrosos para la salud y no deben descuidar aspectos fundamentales del ideal culturista, como la armonía, la elegancia y la plástica.

Así mismo pone en entredicho la tan difundida costumbre, por parte de los principiantes (aún vigente en la actualidad) de copiar los sistemas de entrenamiento y las rutinas de los campeones pensando que así ellos también obtendrán los mismos resultados. Aun cuando, Rouet admite que tal proceder puede funcionar en algunos casos, lo adecuado es que a partir de un extenso y profundo conocimiento de la metodología culturista, cada uno decida lo que es mejor para él.

Otro aspecto interesante del enfoque que Rouet da al entrenamiento culturista es el del poder de la mente a la hora de generar una actitud que asegure el progreso muscular y la salud. En su obra expone diferentes métodos para aprender a relajarse física y mentalmente y evitar, así, el gasto inútil de energía que se produce cuando carecemos de autocontrol e invertimos un esfuerzo desproporcionado para realizar nuestras tareas diarias. Dicho autocontrol debe aplicarse tanto a nivel físico, como mental y emocional. También nos explica la importancia de la concentración y la visualización para enfocar nuestra energía mental hacia los órganos de nuestro cuerpo y lograr un mayor control sobre ellos, de modo que se vuelvan más eficientes. Ningún culturista discute que la concentración en el músculo durante su entrenamiento conduce a la obtención de un mayor grado de congestión y que la visualización de ese músculo hinchado nos conduce hacia un estado mental de satisfacción, promesa de un futuro desarrollo.

Y llegamos a la figura que posiblemente, haya ejercido una influencia más determinante en la expansión y popularización del culturismo. Me refiero a Joe Weider, nacido en la provincia canadiense de Québec en el año 1922. Su interés por el entrenamiento con pesas arranca de la necesidad de hacer frente a una vida llena de dificultades y privaciones que a los 12 años de edad le obliga a abandonar la escuela y ponerse a trabajar 10 horas al día arrastrando un carrito cargado de alimentos. Con una estructura endeble y siendo la fuerza la única defensa ante un entorno hostil, empieza a interesarse por la lucha y solicita una plaza en el equipo de la YMCA de Montreal, pero el entrenador le dice que es demasiado frágil y que se lesionaría. Consciente de que debía desarrollar fuertes músculos, busca la información que necesita en las revistas de la época. Adquiere su primer material de entrenamiento rebuscando entre las vías de una estación local de tren, donde encuentra una vieja barra y dos ruedas. Más adelante compra su primer equipo de pesas, sigue entrenando con tesón incansable y con 15 años consigue dejar atrás a aquella apariencia de niño débil y asustadizo, víctima fácil de los matones de su barrio. A los 17 años y gracias a los enormes progresos obtenidos, es admitido en el club de halterofilia de Montreal, el “Verdun Barbell Club” adquiriendo un notable nivel como levantador. Más tarde y ante la desaparición de las competiciones de halterofilia como consecuencia del ingreso a filas de los mejores levantadores, al iniciarse la Segunda Guerra Mundial, Joe comienza a interesarse por otra modalidad que anteponía el desarrollo muscular a la fuerza, el culturismo. Entonces se da cuenta de que las publicaciones de la época no ofrecían una información suficientemente rigurosa y comienza a acariciar el sueño de editar su propia revista sobre halterofilia, pero incluyendo también contenidos alusivos al culturismo. Reúne todos sus ahorros y con la ayuda de su hermano Ben, edita, en agosto de 1940, el primer número de “Your Physique”, con tan solo 24 páginas y 6 fotos y una periodicidad bimensual. En poco tiempo, la publicación obtiene un notable éxito y la creciente importancia que comenzaba a otorgarle al culturismo en su revista, unido al hecho de que se estaba convirtiendo en un rival de peso en el sector, le comienza a granjear la enemistad de otro editor, no muy amante del culturismo, Bob Hoffman. Con el tiempo y a medida que Joe comenzó a ganar mayor protagonismo y a cosechar éxitos comerciales, Hoffman le declaró la “guerra”. En 1942, crea su empresa de venta por correspondencia, la “Weider Barbell Co.” con la que ya podía comercializar sus aparatos de entrenamiento y ciertos suplementos vitamínicos y minerales. En octubre de 1946, los hermanos Weider organizan el primer Mr. Canadá, lo cual no hace sino acentuar la enconada rivalidad con Hoffman que presionó hasta el final a la AAU, desde su influencia como patrocinador máximo de los certámenes de Mr. América, para que no lo autorizara. Así pues, deciden crear su propia federación, la IFBB, organización que por primera vez, contempla el culturismo como un deporte independiente e internacional. Comienza, entonces a interesarse por los sistemas de entrenamiento que utilizaban los mejores culturistas y después de investigar y recopilar durante 12 años las mejores técnicas y ejercicios utilizados por esos atletas, crea, en 1950, los “Principios Weider de Entrenamiento”. En 1960 da el paso definitivo que cierra el círculo de su proyecto empresarial, de su sueño, e inicia la fabricación de una línea de suplementos dietéticos. Pero, aún faltaba una pieza más, la guinda del pastel. La creación de un torneo que reuniera a los mejores competidores, todos grandes campeones que ya habían alcanzado la gloria en sus carreras, el Mr. Olimpia. Así pues, en 1965 Larry Scott se convierte en el primer ganador de dicha competición, demostrando al mundo que era, sin lugar a dudas, el mejor físicoculturista del momento. Como se dice vulgarmente, el resto ya es historia. Una historia repleta de grandes campeones, de hombres y mujeres que perdurarán para siempre en el recuerdo de todos los aficionados a este deporte.

Bien, a la luz de todo lo expuesto, podemos establecer claramente dos concepciones del culturismo radicalmente distintas. Por un lado el modelo propuesto por Marcel Rouet y que él denomina de belleza plástica y el que Joe Weider ayudó a expandir y que recibió el nombre de “bodybuilding” (físicoculturismo).

 

Leyendas del culturismo

 

Cabe reconocer que la visión de Rouet sobre el culturismo va más allá del mero desarrollo muscular y la adquisición de un aspecto hipertrofiado. Él entiende el culturismo como un medio, no como un fin. Una disciplina que involucra tanto al cuerpo, como a la mente y al espíritu. El culturista debe ser un miembro destacado de la sociedad, que esté en disposición de servirla desde sus ideales y su sentido de la moral. Debe poner su fuerza superior al servicio del más débil, pero también debe usarla para hacerse respetar cuando la situación lo requiera. Su inteligencia debe ser cultivada como si de otro músculo se tratara, no descuidando aspectos tales como la cultura o la educación. Debe mostrarse siempre correcto, dueño de sí mismo, proyectando una imagen de seguridad pero sin llegar a ser desafiante. El culturista se constituye así, en un modelo a seguir por los más jóvenes, no solo por su aspecto físico, aunque eso sea lo primero que llame su atención, sino también por los valores y principios que atesora y el ejemplo de conducta que representa. Lamentablemente, este ideal culturista tan solo estuvo vigente durante un corto período de tiempo debido a la mayor influencia de la tendencia americana, proclive a desarrollos musculares más espectaculares y atractivos. Debemos reconocer que salvo excepciones, para un joven principiante, deseoso de destacar por ser poseedor de unos voluminosos músculos y sin la educación atlética adecuada, es mucho más atractivo un culturista muy hipertrofiado que un culturista con músculos pequeños por más estético que sea. Por otro lado, el criterio de los jueces a la hora de valorar a los competidores en los campeonatos se decantó por premiar los desarrollos musculares superiores, lo cual impuso a los culturistas que querían competir con garantías de éxito, la necesidad de presentar cada vez mayores tamaños. Pero, el factor decisivo que determinó la progresiva y casi total desaparición del ideal culturista, como filosofía de vida, fue, por un lado la falta de maestros que poseyeran la formación adecuada para educar a los jóvenes practicantes y por otro la falta de disposición de éstos a ser formados en dicha filosofía. Así pues, se fue imponiendo lo que vino en llamarse físicoculturismo (“bodybuilding”), una actividad que únicamente persigue el desarrollo muscular, pero, despojado de las cualidades que deben adornar una mente cultivada y un espíritu noble. Al igual que pasó la edad de la caballería y desapareció el ideal del caballero, paladín de los débiles y oprimidos, combativo con los tiranos y defensor incansable de la justicia, aferrados por igual a su espada que a sus principios y valores, el culturismo desaparece. Por suerte, nos queda el legado de maestros como Marcel Rouet que al margen de sus planteamientos metodológicos obviamente superados en la actualidad, nos traslada la idea de un culturismo vital, enriquecedor, educativo y fuente de equilibrio y salud.

Para contextualizar lo que voy a relatar a continuación, aclarare que todo cuanto expongo se refiere al modelo de crecimiento del sector en mi pais, por ser el que mejor conozco. La expansión del fisicoculturismo siguió imparable durante la década de los 70 con un incremento notable tanto en el número de practicantes, como de competiciones, gimnasios y empresas relacionadas con este deporte. Esta coyuntura atrajo la mirada codiciosa de algunos empresarios que vieron la posibilidad de enriquecerse a costa, no solo de la ignorancia de los físicoculturistas, sino también de un gran número de personas que se acercaron a nuestro deporte con la intención de mejorar su aspecto físico y su salud. Cuando digo ignorancia entiéndase no como algo peyorativo, sino como el desconocimiento que se tiene sobre una materia antes de adquirir conocimiento. Esta situación se hizo especialmente acusada en el sector de la suplementación.

Y llegaron los años 80, momento en el que hacen aparición los primeros clubes de fitness en un sector que hasta la fecha, estaba dominado exclusivamente por los gimnasios especializados en el entrenamiento con pesas. Estos gimnasios tenían unas dimensiones que raramente sobrepasaban los 500 m2 y constaban de una sala de pesas, una de actividades dirigidas, a veces una de artes marciales, dos vestuarios, una pequeña recepción y un despacho. El propietario y a la par profesor, era un físicoculturista en activo o bien ya retirado de la competición. Solían poseer un número de abonados que podía oscilar, según la época del año, entre los 300 y los 400, en el mejor de los casos. Pues bien, debido a la, cada vez, mayor demanda, algunos empresarios con importantes recursos económicos y estructurales, se sintieron atraídos por la posibilidad de canalizar dicha demanda hacia la generación de un nuevo modelo de negocio. Estos nuevos venidos no estaban interesados, en modo alguno, en el físicoculturismo y su promoción, es más, despreciaban todo cuanto significaba. Tan solo les movía el afán de lucro. Ciertamente, la calidad de las instalaciones, así como la cantidad de los servicios que ofrecían eran difíciles de igualar por parte de las instalaciones tradicionales. Así que éstas comenzaron a tener problemas para subsistir y muchas desaparecieron. Todos sabemos, que hoy en día, los gimnasios de menos de 500 m2, tradicionalmente llamados “de barrio” donde las actividades que se ofertan no van más allá de la musculación, el aeróbic y tal vez, las artes marciales, cada vez son más difíciles de encontrar. Dada la situación del mercado, dominado por las grandes superficies con capacidad para captar una gran masa social, unido a la política municipal de creación de centros deportivos que ofertaban el mismo tipo de servicios que la iniciativa privada a un precio por debajo de mercado, hizo que las instalaciones tradicionales ya no resultaran comercialmente competitivas y por consiguiente no fueran sostenibles. La figura del propietario-director-profesor, se volvió anacrónica y su destino era desaparecer, dando paso a un nuevo modelo de gestión que es el que predomina en la actualidad. Hasta ese momento, al frente de un gimnasio estaba un deportista, en activo o retirado, que por encima de todo amaba lo que hacía y desarrollaba su actividad docente empujado por una actitud básicamente vocacional. Pero, desde ese momento y aún hoy, el perfil de director de un club deportivo responde al de un profesional que proviene del ámbito universitario, con un título en económicas, derecho o empresariales y con estudios de marketing. Tal vez no haya tocado una pesa en su vida, pero es capaz de utilizar un lenguaje rico en expresiones tales como: valorización financiera, políticas de expansión, fidelización del cliente, oportunidad de negocio, optimización de recursos, y unas cuantas más que por lo visto, pronunciadas en inglés resultan más impactantes. Estos directivos de nueva ola contratan a profesionales “altamente cualificados” que también provienen del ámbito universitario y que normalmente, son licenciados en ciencias de la actividad física. En sus clubes ofrecen una amplia variedad de actividades dirigidas (en constante renovación), además de servicios de todo tipo, desde restaurante a tiendas de ropa y material deportivo, centro de peluquería y estética, salas de recreo, piscina, zona de aguas y por supuesto, cuidan hasta el más pequeño detalle de la instalación, asegurando un óptimo mantenimiento. En este ambiente se hace muy difícil imaginar a un físicoculturista enfundado en su mini camiseta haciendo Sentadillas con 200 kgr., emitiendo gritos desgarradores durante la ejecución de las dos o tres últimas repeticiones y dejándose caer al suelo completamente roto por la fatiga y el dolor y ahogándose en su propio sudor. Está claro que alguien así no encaja en un ambiente donde predominan individuos que van a la sala de fitness a ponerse o mantenerse “en forma”, eliminar celulitis y “michelines”, a pasar el rato o simplemente a perder el tiempo, y que en modo alguno, quieren parecerse a “esos” con el cuerpo deforme y aspecto de bruto. El fisicoculturista no es bien visto en estos clubes donde, además, abominaban hasta de ese término. Tanto es así que lo sustituyeron por otro más “suave”, el de musculación, que poco más tarde fue sustituido por otro aún más “dulce”, el de fitness, cuando, incluso aquél, les pareció demasiado agresivo para la mentalidad del tipo de cliente que aspiraban a tener en sus instalaciones.

A pesar de todo, los monitores de la sala de fitness, seguían siendo físicoculturistas que vieron en este tipo de instalaciones, la manera de acceder a un puesto de trabajo aceptablemente remunerado y seguro. Lamentablemente, la mayoría de ellos carecía de la capacidad o la voluntad de desarrollar una labor mínimamente docente y educativa y lo que es peor, les daba igual.

En los 90, la expansión de los clubes de fitness fue exponencial, la competencia entre ellos alcanzó límites nunca vistos y se acentuó el afán por ofrecer cada vez más y mejores servicios, entre los cuales, por supuesto, no figuraba el contar con profesionales cualificados en la sala de pesas, perdón, de fitness. En la actualidad, los mejores clubes presumen de contar con un equipo de profesores (perdón por el término), la mayoría licenciados en educación física y que están altamente cualificados (¿) para ofrecer el mejor servicio. Esta circunstancia se debe a un doble motivo. Por un lado la gran cantidad de licenciados que hay en paro y que tienen que acabar haciendo de monitor en una sala de fitness o de actividades dirigidas o en el mejor de los casos asumir funciones de coordinador, y por otro, a la infundada creencia por parte de los directores de clubes de que por el hecho de ser licenciado en educación física hay que ser un experto en el manejo de las pesas o la dirección técnica de un área de actividad determinada. Que yo sepa, el físicoculturismo no figura en el plan de estudios de estos licenciados, ni se les forma para hacer entrevistas de trabajo, ni entienden de actividades dirigidas o fisicoculturismo lo suficiente como para valorar el trabajo de un especialista. Permitidme que os cuente una anécdota. En cierta ocasión me dirigí a una joven con la intención de corregirla en la ejecución de un ejercicio de espalda. Me acerqué a ella, le dije que la ejecución no era correcta y le di las instrucciones pertinentes para mejorarla. Lo primero que me dijo fue: “bueno, es que yo soy licenciada en educación física”, como queriéndome decir que su nivel de conocimientos era superior al mío. Claro está que ella ignoraba que yo también era licenciado. Yo, entonces, le dije: “¿ah sí?, que bien, y ¿cuándo acabaste la carrera?”, a lo que ella contestó: “hace tres años”. Yo adopté un tono condescendiente y le contesté: “que bien, yo la terminé hace 12 años”. Automáticamente se azoró y no dijo nada más. Yo tampoco.

En estos últimos años, parece que algunos de estos clubes están tolerando un poco más la presencia de físicoculturistas y no existe tanto rechazo hacia el entrenamiento propio de estos deportistas. No obstante, se les exige una discreción exquisita a la hora de entrenar y si tienen que comer sus “asquerosos” platos combinados de arroz hervido, pollo y claras de huevo, lo hagan en áreas apartadas. Eso sí, en el bar del club podéis ver a muchos abonados consumir placenteramente y sin recato, sus cubatas y sus tapas de olivas, berberechos y patatas fritas, así como todo un arsenal de bollería industrial. Vivir para ver. Algunos clubes han optado por disponer de dos salas diferenciadas, una para las máquinas de fitness y otra donde hay más peso libre. Me parece una solución adecuada y que satisface, en mayor medida, las necesidades de cada perfil de usuario. En cualquier caso a mí me siguen gustando los gimnasios a la antigua usanza, donde se mezclan los ingredientes que nos dan carta de naturaleza: actitud, intensidad, sufrimiento, camisetas rotas por el uso y libertad para posar sin que nadie te mire como si fueras un perturbado.

Y ahora, muy a mi pesar, debo comentar un tema que nos afecta de forma muy negativa y que se ha convertido en un merecido estigma para todos cuantos practicamos este deporte. Me refiero al consumo de sustancias químicas. Personalmente entiendo que cualquier deportista sienta la necesidad de ir más allà de los límites impuestos por la naturaleza, de romper barreras y de alcanzar objetivos que están por encima de su capacidad natural, Dicho ésto, me horroriza la frivolidad, la temeridad y la inconsciencia de la que se hace gala a la hora de consumir dichas sustancias desde la decada de los 90 y que en los últimos años ha alcanzado límites rocambolescos. Somos un deporte enfermo y lo peor de todo es que se nos nota mucho. No hay más que ver los cuerpos que “lucen” en la actualidad los físicoculturistas, tanto hombres como mujeres (sobre todo ellas) y compararlos con los de los años 70 y 80. También me decepciona extraordinariamente la progresiva degradación que la metodologia culturista ha experimentado en los últimos 30 años. Creo que somos el único deporte en el cual se ha producido un evidente deterioro de la técnica de entrenamiento y una clara involución en la sistemática del entrenamiento motivados por la práctica inexistencia de profesionales cualificados y el intrusismo de aficionados que se permiten el lujo de “inventar” sistemas de entrenamiento y aconsejar sobre la técnica de ejecución de los ejercicios. En este sentido, los medios digitales han contribuido de forma nefasta a difundir todo tipo de barbaridades y dar pábulo a autenticos ignorantes que bien saben publicitarse cual si fueran charlatanes de feria. Lo más triste es que consiguen arrastrar a muchos miles de aficionados ávidos por aprender pero sin la capacidad de enjudiciar, discriminar y detectar la verdad en medio de un océano de mentiras.

Para finalizar y dar coherencia a todo lo escrito y que por fin podáis entender el contenido de inicio de éste articulo, estableceré el paralelismo que existe con la segunda parte.

Líder. En nuestro deporte podemos encontrar dos claros líderes. Uno fue Marcel Rouet al que movía su amor por nuestro deporte, sus principios y valores, su afán por dignificar nuestro deporte y mostrarnos el camino correcto.

Tirano. El otro, Joe Weider, un empresario ejemplar, un hombre de negocios exitoso y el responsable de la expansión del fisicoculturismo a escala mundial, pero movido por una ambición desmedida, con un afán de lucro insaciable y dispuesto a destruir sin escrúpulos todo cuanto daba carta de naturaleza al culturismo.

Poder. Naturalmente ambos ejercieron un gran poder, pero mientras el primero lo usó en beneficio del culturismo y con la sana intención de ayudar a las personas a ser mejores, el otro lo ejerció con la única intención de saciar su vanidad y su necesidad de protagonismo.

Imperio. El primero creó un imperio, el imperio de la verdad, de la honestidad, del conocimiento y la nobleza de un ideal de belleza y salud. El segundo tan solo creo un imperio basado en el beneficio económico sin tener en cuenta las consecuencias negativas que ello tendría en nuestro deporte y sus practicantes.

Decadencia. Esa es la triste realidad. Somos un deporte decadente y que en absoluto despierta la admiración y el respeto de los demás deportistas y de la sociedad en general. Si cuando era joven me hubieran dicho que el vóley playa sería un día deporte olímpico y así lo es desde las olimpíadas de Atlanta celebradas en 1996, me hubiera partido de risa. En cambio, ahí está. Los dirigentes del fisicoculturismo llevan décadas asegurando que el físicoculturismo pronto sería un deporte olímpico, así como también lo siguen haciendo los herederos del imperio Weider. Amigos míos, el físicoculturismo JAMÁS será un deporte olímpico. No es que a mí me preocupe, pero me irrita que se siga alimentando esta vana esperanza. La verdad es que ignoro los motivos por los cuales se sigue engañando a la gente.

Renacimiento. Sé que no veré un renacimiento del culturismo. Pero me gusta acariciar la idea de que al igual que el Renacimiento surgió después de un período de oscurantismo intelectual, espiritual y coyuntural, algun día el culturismo renacerá con todo su esplendor para recuperar el legado de nuestros maestros y ofrecerse a la sociedad como una poderosa herramienta de superación física, mental y espiritual. Es posible que los que empezáis ahora, podáis vivir esa magnífica experiencia, pero también es posible que tengamos que esperar otros 1.500 años para que otros más inteligentes que nosotros y más evolucionados espiritualmente puedan disfrutarla y engrandecerla.

 

Quim Lluciá es Licenciado en Educación Física y Deportes, Diplomado en Quiromasaje, Diplomado en Masaje Deportivo, Maestro de Culturismo, Entrenador Personal y de Deportistas de Competición, Autor del libro “Musculación” Editado por la Editorial Martínez Roca en el año 2001, ha sido Miembro del Comité Científico-Deportivo de los Laboratorios BIOIBÉRICA, así como ponente en numerosos seminarios y conferencias.