De Alumnos y Maestros - Reflexiones
Publicado: 10 Dic 2004 18:54
Soy de la opinión que al igual que el agua se adapta a cualquier recipiente y recorre los caminos amoldándose a ellos, el alumno debe recorrer diferentes caminos hasta encontrar el que más se adapte a su naturaleza y, una vez encontrado el camino, en un principio deberá procurar imitar a su profesor, tanto en la técnica como en la actitud hacia su arte marcial o sistema. Si la actitud del profesor es ejemplar, normalmente el alumno aplicado deberá a su vez ser ejemplar. Ahí es donde radica una de las principales dificultades de ser lo que muchos llaman un Maestro.
Pero antes de continuar dejaré bien claro que yo no me considero a mí mismo como tal ni he dejado nunca que mis alumnos lo hicieran, por eso suelo utilizar siempre el término instructor para referirme a mí mismo y ni que decir tiene que mis alumnos me llaman por mi nombre.
Bien pues, una vez dicho esto, sigo. Considero que es relativamente fácil ser un “maestro” de técnicas. Únicamente se trata de aplicarse duramente en el estudio del arte y en el entreno continuado y en tener también ciertas dotes “pedagógicas” para poder transmitirlo y enseñarlo. Pero lo que creo que realmente es muy difícil es llegar a ser un verdadero Maestro con mayúsculas, un maestro marcial y espiritual, un verdadero Guía en todos los aspectos. Esto último es un ideal al que creo que hay que tender, pero en realidad es tan difícil llevarlo a la práctica que muy pocos lo consiguen, y es a éstos a quienes todo el mundo, pertenezca al arte que pertenezca, llama o debería llamar Sensei o Maestro.
El verdadero Maestro debe ser un modelo a seguir, seguro de sí mismo y a la vez humilde, simple y modesto, alguien que no tiene nada que demostrar o probar. Por el contrario, el instructor que busca imponer su criterio, que desea impresionar, que desprecia otros sistemas, no nos engañemos, cualquiera que sea su grado, no es un Maestro.
Hoy día, al menos en Europa y más concretamente en nuestro país, un buen instructor raramente es un profesional, salvo muy dignas excepciones, que también las hay, entendiendo por profesional aquel que vive exclusivamente de su conocimiento de las artes marciales. Como bien decía alguien, quien necesita de sus alumnos para vivir y pagar sus facturas no es maestro de sus alumnos, sino más bien esclavo de los mismos.
Que un instructor tenga pocos alumnos, a mi modo de ver, debe ser entendido en principio como una buena señal, ya que significa que, por un lado, enseña por placer, por amor al arte y no por razones comerciales y/o económicas y, por el otro, no le importará demasiado perder uno o varios alumnos, y en el caso de que otorgue un grado será porque el alumno lo merece y si no se lo da, es que éste aún tiene que trabajar para conseguirlo.
Hablando de los alumnos, raros son los que están verdaderamente dispuestos a seguir el duro camino marcial, a aceptar el sacrificio que supone y a aceptar finalmente su verdadero nivel. El alumno principiante busca un reconocimiento para satisfacer su ego y tener la impresión de existir en el dojo; a veces cree que por el mero hecho de asistir al dojo de vez en cuando y pagar su cuota mensual tiene ya ganado el pase de grado y, de hecho, en ocasiones así sucede. Craso error, pues de este modo dicho alumno aceptará el grado de buena gana, aún si en su fuero interno siente claramente que no lo merece. Por su parte, el profesor que participa en este juego está engañando a su vez al alumno ya que hoy en día no hay sanción contra ello pues estamos en tiempos de paz. En tiempos de guerra la sanción de un mal entrenamiento o de una mala preparación era inmediata: la muerte. En tiempos de paz todo vale, más aún cuando muchos alumnos van al dojo solamente para hacer un poco de gimnasia, ponerse en forma durante un tiempo, encontrarse con los amigos, pasar un rato, etc., y no por el hecho marcial. ¿Así pues, qué podemos pedir? ¿quién busca hoy día la autenticidad?
Como dice mi maestro, deberías estar contento y feliz aunque solamente uno de tus estudiantes consiga seguir en el camino cuando tu hayas desaparecido. Que el arte sobreviva puro e intacto es lo único importante, no las ganancias personales ni el reconocimiento externo.
Las técnicas de artes marciales son armas muy peligrosas y, como tales, es delicado ponerlas en manos de cualquiera que no conozca el correcto modo de empleo o sus posibles consecuencias. El profesor debe responsabilizar a su alumno y su enseñanza debe llegar a ser un método de educación. Pero ¿cómo se puede educar a alguien a quien, en el mejor de los casos, sólo ves 4 horas por semana?
Debe ser el propio estudiante quien, llegado cierto momento, se implique a fondo en la búsqueda del Budo interior, se abra a nuevos caminos, experimente con otros maestros y comparta experiencias y entreno con otros estudiantes, sin abandonar a su propio instructor pero acudiendo a seminarios, leyendo libros y entrenando también por su cuenta. Sólo así llegará quizás algún día el momento en que estará preparado para transmitir su arte a otros y mantener viva la tradición marcial.
Algunos optarán por guardar sus conocimientos para ellos, para su mejora personal y su autoconocimiento, una opción no menos válida, siempre y cuando vaya dirigida a convertirse en lo que mi maestro llama un Tatsujin, un ser humano íntegro.
Llegado a un nivel medio de conocimientos, como en el que creo que yo me encuentro, no resulta nada fácil seguir en el camino, perseverar en el entreno y además dedicar horas y horas de tu tiempo a intentar transmitir ese suave viento marcial que nos anima y que no sabemos si logrará penetrar en el espíritu de los alumnos para alcanzar el objetivo deseado.
Es especialmente en los momentos difíciles, cuando te sientes defraudado por gente en la que habías confiado, cuando cometes un error y debes reconocerlo y enmendarlo, cuando pierdes alumnos porque “no tienen tiempo para venir a entrenar” o porque “prefieren dedicarse a otras actividades”, cuando te asaltan dudas, cuando te duele ver a gente que se aparta del camino con ansias por figurar, por estar por encima de los demás, por las ganancias personales…es entonces cuando uno debe aplicar a fondo una de las máximas de nuestro arte, Do Kyo, cuya traducción aproximada es algo así como “tener el coraje para seguir en el camino correcto sin un objetivo visible aparente”.
Creo que esta máxima puede ayudarnos a superar muchos obstáculos, tanto en nuestra vida marcial como en la cotidiana.
Bufu Ikkan - que los vientos marciales os sean favorables !
Dani - Kôryu -
Pero antes de continuar dejaré bien claro que yo no me considero a mí mismo como tal ni he dejado nunca que mis alumnos lo hicieran, por eso suelo utilizar siempre el término instructor para referirme a mí mismo y ni que decir tiene que mis alumnos me llaman por mi nombre.
Bien pues, una vez dicho esto, sigo. Considero que es relativamente fácil ser un “maestro” de técnicas. Únicamente se trata de aplicarse duramente en el estudio del arte y en el entreno continuado y en tener también ciertas dotes “pedagógicas” para poder transmitirlo y enseñarlo. Pero lo que creo que realmente es muy difícil es llegar a ser un verdadero Maestro con mayúsculas, un maestro marcial y espiritual, un verdadero Guía en todos los aspectos. Esto último es un ideal al que creo que hay que tender, pero en realidad es tan difícil llevarlo a la práctica que muy pocos lo consiguen, y es a éstos a quienes todo el mundo, pertenezca al arte que pertenezca, llama o debería llamar Sensei o Maestro.
El verdadero Maestro debe ser un modelo a seguir, seguro de sí mismo y a la vez humilde, simple y modesto, alguien que no tiene nada que demostrar o probar. Por el contrario, el instructor que busca imponer su criterio, que desea impresionar, que desprecia otros sistemas, no nos engañemos, cualquiera que sea su grado, no es un Maestro.
Hoy día, al menos en Europa y más concretamente en nuestro país, un buen instructor raramente es un profesional, salvo muy dignas excepciones, que también las hay, entendiendo por profesional aquel que vive exclusivamente de su conocimiento de las artes marciales. Como bien decía alguien, quien necesita de sus alumnos para vivir y pagar sus facturas no es maestro de sus alumnos, sino más bien esclavo de los mismos.
Que un instructor tenga pocos alumnos, a mi modo de ver, debe ser entendido en principio como una buena señal, ya que significa que, por un lado, enseña por placer, por amor al arte y no por razones comerciales y/o económicas y, por el otro, no le importará demasiado perder uno o varios alumnos, y en el caso de que otorgue un grado será porque el alumno lo merece y si no se lo da, es que éste aún tiene que trabajar para conseguirlo.
Hablando de los alumnos, raros son los que están verdaderamente dispuestos a seguir el duro camino marcial, a aceptar el sacrificio que supone y a aceptar finalmente su verdadero nivel. El alumno principiante busca un reconocimiento para satisfacer su ego y tener la impresión de existir en el dojo; a veces cree que por el mero hecho de asistir al dojo de vez en cuando y pagar su cuota mensual tiene ya ganado el pase de grado y, de hecho, en ocasiones así sucede. Craso error, pues de este modo dicho alumno aceptará el grado de buena gana, aún si en su fuero interno siente claramente que no lo merece. Por su parte, el profesor que participa en este juego está engañando a su vez al alumno ya que hoy en día no hay sanción contra ello pues estamos en tiempos de paz. En tiempos de guerra la sanción de un mal entrenamiento o de una mala preparación era inmediata: la muerte. En tiempos de paz todo vale, más aún cuando muchos alumnos van al dojo solamente para hacer un poco de gimnasia, ponerse en forma durante un tiempo, encontrarse con los amigos, pasar un rato, etc., y no por el hecho marcial. ¿Así pues, qué podemos pedir? ¿quién busca hoy día la autenticidad?
Como dice mi maestro, deberías estar contento y feliz aunque solamente uno de tus estudiantes consiga seguir en el camino cuando tu hayas desaparecido. Que el arte sobreviva puro e intacto es lo único importante, no las ganancias personales ni el reconocimiento externo.
Las técnicas de artes marciales son armas muy peligrosas y, como tales, es delicado ponerlas en manos de cualquiera que no conozca el correcto modo de empleo o sus posibles consecuencias. El profesor debe responsabilizar a su alumno y su enseñanza debe llegar a ser un método de educación. Pero ¿cómo se puede educar a alguien a quien, en el mejor de los casos, sólo ves 4 horas por semana?
Debe ser el propio estudiante quien, llegado cierto momento, se implique a fondo en la búsqueda del Budo interior, se abra a nuevos caminos, experimente con otros maestros y comparta experiencias y entreno con otros estudiantes, sin abandonar a su propio instructor pero acudiendo a seminarios, leyendo libros y entrenando también por su cuenta. Sólo así llegará quizás algún día el momento en que estará preparado para transmitir su arte a otros y mantener viva la tradición marcial.
Algunos optarán por guardar sus conocimientos para ellos, para su mejora personal y su autoconocimiento, una opción no menos válida, siempre y cuando vaya dirigida a convertirse en lo que mi maestro llama un Tatsujin, un ser humano íntegro.
Llegado a un nivel medio de conocimientos, como en el que creo que yo me encuentro, no resulta nada fácil seguir en el camino, perseverar en el entreno y además dedicar horas y horas de tu tiempo a intentar transmitir ese suave viento marcial que nos anima y que no sabemos si logrará penetrar en el espíritu de los alumnos para alcanzar el objetivo deseado.
Es especialmente en los momentos difíciles, cuando te sientes defraudado por gente en la que habías confiado, cuando cometes un error y debes reconocerlo y enmendarlo, cuando pierdes alumnos porque “no tienen tiempo para venir a entrenar” o porque “prefieren dedicarse a otras actividades”, cuando te asaltan dudas, cuando te duele ver a gente que se aparta del camino con ansias por figurar, por estar por encima de los demás, por las ganancias personales…es entonces cuando uno debe aplicar a fondo una de las máximas de nuestro arte, Do Kyo, cuya traducción aproximada es algo así como “tener el coraje para seguir en el camino correcto sin un objetivo visible aparente”.
Creo que esta máxima puede ayudarnos a superar muchos obstáculos, tanto en nuestra vida marcial como en la cotidiana.
Bufu Ikkan - que los vientos marciales os sean favorables !
Dani - Kôryu -