Dos cuentos japoneses
Publicado: 10 Oct 2013 14:20
“DE VARIOS COLORES” por JUAN VALERA en 1898
http://catalogo.bne.es/uhtbin/webcat
http://goo.gl/OkoEUt
http://catalogo.bne.es/uhtbin/webcat
http://goo.gl/OkoEUt
"...están en lengua inglesa, y son cuentos para niños, á fin de que los niños del Japón aprendan el inglés. Parece que estos cuentos, enteramente populares, están tomados palabra por palabra de boca de las niñeras japonesas; y debe de ser así porque la candidez de la narración lo deja ver á las claras. Me han agradado tanto estos cuentos que no sé resistirme á la tentación de poner un par de ellos en castellano..."
EL ESPEJO DE MATSUYAMA
MUCHO tiempo há vivían dos jóvenes esposos en lugar muy apartado y rústico. Tenían una hija y ambos la amaban de todo corazón. No diré los nombres de marido y mujer, que ya cayeron en olvido, pero diré que el sitio en que vivían se llamaba Matsuyama, en la provincia de Echigo.
Hubo de acontecer, cuando la niña era aún muy pequeñita, que el padre se vio obligado á ir á la gran ciudad, capital del Imperio. Como era tan lejos, ni la madre ni la niña podían acompañarle, y él se fué solo, despidiéndose de ellas y prometiendo traerles, á la vuelta, muy lindos regalos.
La madre no habia ido nunca más allá de la cercana aldea, y así no podía desechar cierto temor al considerar que su marido emprendía tan largo viaje; pero al mismo tiempo sentía orgullosa satisfacción de que fuese él, por todos aquellos contornos, el primer hombre que iba á la rica ciudad, donde el rey y los magnates habita ban, y donde había que ver tantos primores y maravillas.
En fin, cuando supo la mujer que volvía su marido, vistió á la niña de gala, lo mejor que pudo, y ella se vistió un precioso traje azul que sabía que á él le gustaba en extremo. No atino á encarecer el contento de esta buena mujer cuando vio al marido volver á casa sano y salvo.
La chiquitína daba palmadas y sonreía con deleite al ver los juguetes que su padre le trajo. Y él no se hartaba de contar las cosas extraordinarias que había visto, durante la peregrinación, y en la capital misma.
—A tí—dijo á su mujer —te he traído un objeto de extraño mérito; se llama espejo. Mírale
y dime qué ves dentro.
Le dio entonces una cajita chata, de madera blanca, donde, cuando la abrió ella, encontró un disco de metal. Por un lado era blanco como plata mate, con adornos en realce de pájaros y flores, y por el otro, brillante y pulido como cristal. Allí miró la joven esposa con placer y asombro, porque desde su profundidad vio que la miraba, con labios entreabiertos y ojos animados, un rostro que alegre sonreía.
—¿Qué ves?—preguntó el marido encantado del pasmo de ella y muy ufano de mostrar
que había aprendido algo durante su ausencia.
—Veo á una linda moza, que me mira y que mueve los labios como si hablase, y que lleva ¡caso extraño! un vestido azul, exactamente como el mío.
—Tonta, es tu propia cara la que ves;—le replicó el marido, muy satisfecho de saber algo que su mujer no sabia.
—Ese redondel de metal se llama espejo. En la ciudad cada persona tiene uno, por más que nosotros, aquí en el campo, no los hayamos visto hasta hoy.
Encantada la mujer con el presente, pasó algunos dias mirándose á cada momento, porque, como ya dije, era la primera vez que había visto un espejo, y por consiguiente, la imagen de su linda cara. Consideró, con todo, que tan prodigiosa alhaja tenía sobrado precio para usada de diario, y la guardó en su cajita y la ocultó con cuidado entre sus más estimados tesoros.
Pasaron años, y marido y mujer vivían aun muy dichosos. El hechizo de su vida era la niña, que iba creciendo y era el vivo retrato de su madre, y tan cariñosa y buena que todos la amaban.
Pensando la madre en su propia pasajera vanidad, al verse tan bonita, conservó escondido el espejo, recelando que su uso pudiera engreír á la niña. Como no hablaba nunca del espejo, el padre le olvidó del todo. De esta suerte se crió la muchacha tan sencilla y candorosa como había sido su madre, ignorando su propia hermosura, y que la reflejaba el espejo.
Pero llegó un día en que sobrevino tremendo infortunio para esta familia hasta entonces tan dichosa. La excelente y amorosa madre cayó enferma, y aunque la hija la cuidó con tierno afecto y solicito desvelo, se fué empeorando cada vez más, hasta que no quedó esperanza, sino la muerte.
Cuando conoció ella que pronto debía abandonar á su marido y á su hija, se puso muy triste, afligiéndose por los que dejaba en la tierra y sobre todo por la niña.
La llamó, pues, y le dijo:
—Querida hija mía, ya ves que estoy muy enferma y que pronto voy á morir y á dejaros solos á tí y á tu amado padre. Cuando yo desaparezca, prométeme que mirarás en el espejo, todos los días, al despertar y al acostarte. En él me verás y conocerás que estoy siempre velando por tí.
Dichas estas palabras, le mostró el sitio donde estaba oculto el espejo. La niña prometió con lágrimas lo que su madre pedia, y ésta, tranquila, y resignada, expiró á poco. En adelante, la obediente y virtuosa niña jamás olvidó el precepto materno, y cada mañana, y cada tarde tomaba el espejo del lugar en que estaba oculto, y miraba en él, por largo rato é intensamente. Allí veía la cara de su perdida madre, brillante y sonriendo. No estaba pálida y enferma como en sus últimos días, sino hermosa, y joven. A ella confiaba de noche sus disgustos y penas del día, y en ella, al despertar, buscaba, aliento y cariño para cumplir con sus deberes.
De esta manera vivió la niña, como vigilada por su madre, procurando complacerla en todo como cuando vivía, y cuidando siempre de na hacer cosa alguna que pudiera afligirla ó enojar la. Su más puro contento era mirar en el espejo y poder decir:
—Madre, hoy he sido como tú quieres que yo sea.
Advirtió el padre, al cabo, que la niña miraba sin falta en el espejo, cada mañana y cada noche, y parecía que conversaba con él.
Entonces le preguntó la causa de tan extraña conducta.
La niña contestó:
•—Padre, yo miro todos los días en el espejo para ver á mi querida madre y hablar con ella.
Le refirió además el deseo de su madre moribunda y que ella nunca había dejado de cumplirle. Enternecido por tanta sencillez y tan fiel y amorosa obediencia, vertió él lágrimas de piedad y de afecto, y nunca tuvo corazón para descubrir á su hija que la imagen que veía en el espejo era el trasunto de su propia dulce figura, que el poderoso y blando lazo del amor filial hacía cada vez más semejante á la de su difunta madre.
EL PESCADORCITO URASHIMA
VIVÍA muchísimo tiempo hace, en la costa del mar del Japón, un pescadorcito llamado Urashima, amable muchacho, y muy listo con la caña y el anzuelo.
Cierto día salió á pescar en su barca; pero en vez de coger un pez, ¿qué piensas que cogió? Pues bien, cogió una grande tortuga con una concha muy recia y una cara vieja, arrugada y fea, y un rabillo muy raro. Bueno será que sepas una cosa, que sin duda no sabes, y es que las tortugas viven mil años: al menos las japonesas los viven.
Urashima, que no lo ignoraba, dijo para sí:
—Un pez me sabrá tan bien para la comida y quizás mejor que la tortuga. ¿Para qué he de matar á este pobrecito animal y privarle de que viva aún novecientos noventa y nueve años? No, no quiero ser tan cruel. Seguro estoy de que mi madre aprobará lo que hago.
Y en efecto, echó la tortuga de nuevo en la mar.
Poco después aconteció que Urashima se quedó dormido en su barca.
Era tiempo muy caluroso de verano, cuando casi nadie se resiste al medio dia á echar una siesta. Apenas se durmió, salió del seno de las olas una hermosa dama que entró en la barca y dijo:
—Yo soy la hija del dios del mar y vivo con mi padre en el Palacio del Dragón, allende los mares. No fué tortuga la que pescaste poco há, y tan generosamente pusiste de nuevo en el agua en vez de matarla. Era yo misma, enviada por mi padre, el dios del mar, para ver si tú eras bueno ó malo. Ahora, como ya sabemos que eres bueno, un excelente muchacho, que repugna toda crueldad, he venido para llevarte conmigo. Si quieres, nos casaremos y viviremos felizmente juntos, más de mil años, en el Palacio del Dragón, allende los mares azules.
Tomó entonces Urashima un remo y la Princesa marina otro; y remaron, remaron, hasta arribar por último al Palacio del Dragón, donde el dios de la mar vivía é imperaba, como rey, sobre todos los dragones, tortugas y peces. ¡Oh que sitio tan ameno era aquel! Los muros del Palacio eran de coral; los árboles tenían esmeraldas por hojas, y rubíes por fruta; las escamas .de los peces eran plata, y las colas de los dragones, oro. Piensa en todo lo más bonito, primoroso y luciente que viste en tu vida, pónlo junto, y tal vez concebirás entonces lo que el Palacio parecía. Y todo ello pertenecía á Urashima. Y ¿cómo no, si era el yerno del dios de la mar y el marido de la adorable Princesa?
Allí vivieron dichosos más de tres años, paseando todos los días por entre aquellos árboles con hojas de esmeraldas y frutas de rubíes.
Pero una mañana dijo Urashima á su mujer:
—Muy contento y satisfecho estoy aquí. Necesito, no obstante, volver á mi casa y ver á mi
padre, á mi madre, á mis hermanos y á mis hermanas. Déjame ir por poco tiempo y pronto volveré.
— N o gusto de que te vayas, contestó ella. ¬Mucho temo que te suceda algo terrible: pero
vete, pues asi lo deseas y no se puede evitar. Toma, con todo, esta caja, y cuida mucho de no abrirla. Si la abres, no lograrás nunca volver á verme.
Prometió Urashima tener mucho cuidado con la caja y no abrirla por nada del mundo. Luego entró en su barca, navegó mucho, y al fin desembarcó en la costa de su país natal.
Pero ¿qué había ocurrido durante su ausencia? ¿Dónde estaba la choza de su padre? ¿"Qué había sido de la aldea en que solía vivir? Las montañas, por cierto, estaban allí como antes: pero los árboles habían sido cortados. El arroyuelo, que corría junto á la choza de su padre, seguía corriendo: pero ya no iban allí mujeres á lavar la ropa como antes. Portentoso era que todo hubiese cambiado de tal suerte en sólo tres años. Acertó entonces á pasar un hombre por allí cerca y Urashima le preguntó:
—¿Puedes decirme, te ruego, donde está la choza de Urashima, que se hallaba aquí antes?
El hombre contestó:
—¿Urashima? ¿cómo preguntas por él, si hace cuatrocientos años que desapareció pescando? Su padre, su madre, sus hermanos, los nietos de sus hermanos, ha siglos que murieron. Esa es una historia muy antigua. Loco debes de estar cuando buscas aún- la tal choza. Hace centenares de años que era escombros.
De súbito acudió á la mente de Urashima la idea de que el Palacio del Dragón, allende los
mares, con sus muros de coral y su fruta de rubíes, y sus dragones con colas de oro, habia de ser parte del país de las hadas, donde un día es más largo que un año en este mundo, y que sus tres años, en compañía de la Princesa, habían sido cuatrocientos. De nada le valía, pues, permanecer ya en su tierra, donde todos sus parientes y amigos habían muerto, y donde hasta su propia aldea habia desaparecido.
Con gran precipitación y atolondramiento pensó entonces Urashima en volverse con su mujer, allende los mares. Pero ¿cuál era el rumbo que debía seguir? ¿quién se le marcaría?
—Tal vez, caviló él, si abro la caja que ella me dio, descubra el secreto y el camino que busco.
Así desobedeció las órdenes que le habia dado la Princesa, ó bien no las recordó en aquel momento, por lo trastornado que estaba. Como quiera que fuese, Urashima abrió la caja. Y ¿"qué piensas que salió de allí? Salió una nube blanca que se fué flotando sobre la mar.
Gritaba él en balde á la nube que se parase. Entonces recordó con tristeza lo que su mujer le habia dicho de que, después de haber abierto la caja, no habría ya medio de que volviese él al Palacio del dios de la mar.
Pronto ya no pudo Urashima ni gritar, ni correr, hacia la playa, en pos de la nube. De repente, sus cabellos se pusieron blancos como la nieve, su rostro se cubrió de arrugas, y
sus espaldas se encorvaron como las de un hombre decrépito. Después le faltó el aliento. Y al fin cayó muerto en la playa.
¡Pobre Urashima! Murió por atolondrado y desobediente. Si hubiera hecho lo que le mandó la Princesa, hubiese vivido aún más de mil años.
Dime: ¿no te agradaría ir á ver el Palacio del Dragón, allende los mares, donde el dios vive y reina como soberano sobre dragones, tortugas y peces, donde los árboles tienen esmeraldas por hojas y rubíes por fruta, y donde las escamas son plata y las colas oro?