Seiza:
Empecé a leer el artículo pensando que sería otro periodista o blogger moderno y guay haciendo mofa de los jóvenes pobres por no ser lo suficientemente molones e intelectuales. Al pasar los párrafos veo que me equivoqué, y yo también estoy de acuerdo con el artículo.
Esto viene de lejos. Siempre se ha despreciado y ridiculizado desde las parcelas del poder mediante la prensa y los líderes de opinión modernos y vanguardistas a los jóvenes obreros señalando sus bárbaras y horteras costumbres y formas de divertirse. En los 80, los niños ricos de la movida, afeminados y vanguardistas tachaban de salvajes, horteras y machistas a los heavys y kinkis de la época. Por supuesto toda la cobertura mediática se la llevaron aquellos niños bien de Serrano que se dejaban crestas de colores, tocaban mal, cantaban sobre ambigüedad sexual y heroína y viajaban a Londres a comprarse ropa. Los demás, los chavales de Vallecas, Carabanchel o Villaverde que se dejaban melenas, vestían chupas vaqueras con borrego y escuchaban a Leño, Burning o ACDC sólo salían en las noticias por temas relacionados con los robos de coches o farmacias. En los 90, los chicos de clase media y media-alta, cuando esto existía, escuchaban a Nirvana y rock independiente, vestían jerseys de su abuelo y camisas de leñador, fumaban porros, leían "Historias del Kronen" o a Buckowsky los más avispados, y criticaban y se reían ( a escondidas) de los bakalas. Aquellos jóvenes obreros que se dejaban la vida en las carreteras de Valencia durante la alarma social de la ruta del bakalao y el éxtasis. Idem a partir del 2000, con los iletrados e incívicos canis, provenientes de familias desestructuradas de clase baja, con sus ciclomotores, sus cadenas y anillos de oro fruto del trapicheo y los robos, y su admiración por Camarón y sus constantes intentos por mimetizarse con todo lo que les suene a gitano, tanto en comportamiento como en estética. Estos tenían su némesis en jóvenes, de los que se decía que eran los mejor preparados de la historia de este país, que hablaban inglés con fluidez, estudiaban diseño de algo, asistían a raves de música electrónica donde corrían las pastillas y sustancias de todo tipo, pero esto ya estaba bien visto porque ellos no eran fachas como los antiguos bakalas o makinetos, veían cine iraní o serbio e intentaban ligar hablando de corrientes filosóficas del siglo XIX o de deejays del centro de Europa. Los medios siempre se volcaron con las cosas de los chicos ricos y demonizó a los jóvenes pobres.
Hoy la cosa no difiere, todo el mundo sabe ya lo que es un hipster, los presentadores de TV más modernos y transgresores se dejan bigote y llevan enormes gafas de pasta. Cualquier humorista de tres al cuarto imita el humor de La Hora Chanante, y se diría que lo normal en cualquier joven español es pasarse la mañana en un Starbuck´s mirando desde su I-pad a que país va a viajar en el próximo puente o que esposición de arte moderno va a ir a ver el fin de semana después de la mani contra los últimos recortes, que no sabe cuales son esta vez pero habrá que ir. Mientras, la misma maquinaria que produce programas en serie que sirven de ejemplo a estos tetes para hacerlos proliferar en todas las periferias, se encarga también de ridiculizarlos y criticar su vagancia, su falta de intelecto, su estrechez de miras, su chabacanería, en definitiva, de dejar claro, como siempre, que todos los problemas de la clase obrera se los tienen merecidos. De que sus vidas son miserables porque ellos se lo buscan, porque son así, porque son peores y por eso viven como ratas. No porque esa élite que produce programas de entretenimiento y telediarios proteja a sus cachorros y perdone sus errores de juventud antes de meterlos en la empresa de papá y ponga a los pies de los caballos a todos esos futuros esclavos que ellos mismos han generado y ahora defenestran. Algo tan progresista como reírse de este tipo de chavales cuya mayoría son votantes del PP es el mayor favor que se le puede hacer a la derecha. Pero claro, los progres siempre le han hecho el trabajo sucio a la derecha.
Perdón por el ladrillo y por sus connotaciones políticas.