Me acaba de llamar mi hermano para contarme una cosa que le ha ocurrido hace escasos minutos. No es broma: ahora cuando venía de pasear con el perro, se topó con una chica acompañada de dos chicos (uno de ellos bastante fornido, por cierto), que estaban apoyados en una farola, al lado de un paso de cebra, charlando sobre sus cosas. Pues bien, la muchacha hizo un comentario sarcástico sobre su pintoresco bañador -regalo de la revista Men's Health (nº 84/julio 2008) que le endosé la semana pasada- que debió hacerle gracia. Cuando cruzó el paso de peatones, miró hacia atrás, dirigiéndoles a los tres una mirada de odio, que los dejó cortados, pues suspendieron la conversación. Acto seguido, movido por la mala uva, soltó en un tono de voz perfectamente audible: ¡Jo, menuda puta es la tía! Le salió del alma, de verdad, no pudo evitarlo, según sus palabras...

Hace unos minutos, después de acostar al perro en su camita, se ha parado a pensar las posibles consecuencias negativas que su comportamiento inapropiado podría haber ocasionado. No ha dudado en comunicármelo para relajarse... ¿Y si los chicos le piden explicaciones por su mala educación? No se puede llamar puta a una chica por reírse de un bañador ciertamente cómico. ¿Y si hubieran querido darle un cachetito para aleccionarno? Desde luego, de un tiempo a ésta parte, lo único que hace es largar por la boquita palabras feas... ¿Será por problemas personales? El domingo tuvo enfrentamiento conmigo, por culpa de una colección de DVD´s que me prestó, y de la cual le extravié sin darme cuenta el primer ejemplar. Lo he tranquilizado, diciéndole que no se preocupase, que los los tres chicos probablemente no le dieron importancia a sus palabras (
Un saludo,
Loup








