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KAKUTOGI BARRIO:
UNA NOVELA DE ALFONSO ASENSIO

Por Hispagimnasios.com
Texto extraido de alfonsoasensio.com


Kakutogi BarrioAlfonso Asensio llegó a Asia en 1998 y ya no ha podido escapar de allí. Master por la Universidad de Nagoya en Japón, trabajó diez años con empresas japonesas y es ahora Director de Negocio con una multinacional estadounidense en Tokio. Ha dado clases en la Cámara de Comercio de Madrid sobre el proceso negociador en Asia.

Interesado desde siempre en las artes marciales, ha participado en numerosas veladas y torneos de artes marciales, es campeón de España de Kick Boxing Semi Contact y subcampeón de Japón de Knockdown Karate, y refleja algunas de sus vivencias en su novela:

Kakutogi Barrio

“Kakutogi Barrio” es la historia de M., un niño criado en el difícil entorno de un barrio de la periferia que sufre los efectos de la reconversión industrial, el paro y la delincuencia de la España recién democrática en los primeros años ochenta. El barrio en el que vive, sin ser marginal, es un reducto obrero donde los adultos trabajan todo el día en la fábrica y los chavales pasan las horas muertas en la calle. M. escapa la realidad de asfalto y crisis social que le rodea mediante su afición a las malas películas y los tebeos baratos hasta que la tensión social estalla en una noche de coches quemados, policía y barricadas que cambia la vida de M.  

Muy lejos de allí y veinte años después, M. trabaja en Tokio como luchador en peleas ilegales organizadas por la mafia japonesa Yakuza. Abandonadas las quimeras infantiles, pero aun marcado por los recuerdos del barrio, M. es un profesional de la violencia. Cada una de las veladas nocturnas en las que participa le ponen más cerca del abismo pero luchar es lo único que M. sabe hacer. 

Sin proponérselo, M. se ve envuelto en las maquinaciones de la mafia criminal con la que vive y queda atrapado en una espiral de venganzas y ajustes de cuentas donde se marcan las líneas que tendrá que cruzar para sobrevivir. De país en país a través del sudesteasiatico, M. sufrirá en Tokio, su ciudad adoptiva, pruebas de las que no es posible salir peleando. 

Para M. es hora de descubrir que los golpes más duros son los que da la conciencia.

El arte del puño desnudo

Inicialmente pensé que escribir "Kakutogi Barrio" me ayudaría a entender y explicar por qué ninguna pelea es como aparece en las películas.

Cualquier sistema de lucha está definido y restringido por sus reglas. Boxeo, Karate, lucha grecorromana, incluso intentos modernos de recrear el combate definitivo como Vale Tudo o UFC delimitan el espacio, computan los puntos; crean un“juego”, en definitiva.

Cuando se dan casos de verdadera lucha callejera, sin moderaciones, donde cualquier cosa sirve, lo normal es que sean asuntos de aficionado (y la palabra tiene aquí su significado amplio y adecuado; nos incluiría a todos los que no somos profesionales de la violencia) donde la inexperiencia de los combatientes lo convierte todo en una maraña farragosa con mucho condimento de agarrones, carreras y puñetazos violentos pero desmañados.

Fue después cuando caí en la cuenta. En realidad lo que intentaba entender era el mecanismo de descubrimiento personal que llega en los momentos previos a la confrontación violenta. Porque no hay mejor manera de conocerse que frente a un contrario, en la (extrañamente) íntima relación que es darse de hostias, expuestos los dos en un ring bajo focos brillantes.

Y es que los momentos más angustiosos de mi vida siempre fueron antes de una pelea. Daba igual que se tratase de un campeonato multitudinario con equipos uniformados corriendo de un sitio a otro, trofeos y megáfonos, o veladas miserables (que también las hubo) en pabellones sin calefacción durante el febrero navarro.

Parte de ello era miedo, pero no al daño físico; no creo. Más bien era temor a la decepción, a hacerlo mal, a descubrir que las incontables horas gastadas frente al saco de boxeo fueron un desperdicio. Pero por encima de todo estaba la evidencia y el sentimiento de desnudez absoluta con la que me veía de repente. Sin pretensiones ni maquillajes, aquellos minutos de congoja servían para echarme una ojeada propia y llegar a conocerme un poco mejor.

En mi caso, eso fue a menudo útil pero no siempre cómodo.