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LUCHA, PANKRATION Y PUGILATO:
DEPORTE PREPARANDO LA GUERRA

Por Yeyo Balbás
http://www.armatura.es


Pankration en vasija

“Entrenamos a la juventud en el deporte no sólo por el amor a la competición, lo cual les permitirá obtener premios –aunque ciertamente sólo unos pocos podrán alcanzar ese fin-, sino para lograr algo más importante para toda la ciudad y los propios jóvenes; para otra competición que sin duda es la principal para todo buen ciudadano, y cuya corona no es de pino, olivo o apio, sino una corona que aglutina la felicidad de toda la comunidad. Lo cual es decir libertad para cada individuo y para el estado en general, así como riqueza y gloria…”

En su obra Anacharsis, Luciano presenta un diálogo supuestamente transcurrido en el año 590 a.C., cuando un filósofo escita, horrorizado ante el brutal espectáculo de dos luchadores griegos compitiendo en la arena, señaló al gran legislador ateniense Solón que, en su tierra, prácticas de este tipo hubieran sido penadas por ley. La respuesta de Solón explica la gran paradoja existente dentro de una sociedad que castigaba severamente todo acto de violencia entre sus ciudadanos, pero en la que al mismo tiempo varias modalidades de lucha sin armas contaban con una enorme popularidad. Y es que, aunque también existieron las hoplomaquias, duelos “a primera sangre” con el armamento propio del hoplita o infante pesado, los deportes de combate griegos fueron fundamentalmente tres: la lucha propiamente dicha, el pankration y el pugilato.

Myrmex, guante de pugilista antigua greciaAl no existir categorías de peso, tan sólo de edad, estas disciplinas se convirtieron en un campo dominado por los atletas más corpulentos. Las alusiones a la enorme fuerza y tamaño de los más famosos, como Milón de Crotona, fueron proverbiales y, sin duda, también exageradas, sin embargo de igual forma se destacaba la habilidad necesaria para vencer. Así, no sólo la mitología griega presenta a Apolo, apodado pyktes -“boxeador”-, derrotando al dios de la guerra Ares en una competición que, sin duda, constituyó un auténtico paradigma del triunfo de la habilidad sobre la fuerza bruta, sino que además varias fuentes aseguran que Pitágoras de Samos –tocayo del inmortal matemático- consiguió triunfar en la 48º olimpiada (588 a.C.), pese a no contar con un físico especialmente destacable, gracias a convertir al pugilato en una especie de ciencia.

Los gimnasios griegos contaban con un edificio exclusivamente destinado a la práctica de estos tres deportes, llamado palestra (“lugar donde se lucha”), formado por una especie de peristilo con diversas estancias adyacentes, en el cual existía una zona con suelo de arena batida, conocida como skamma, desprovista de techumbre, donde se combatía. Los atletas luchaban desnudos, espolvoreándose una fina capa de arena sobre el cuerpo untado en aceite, costumbre que más tarde los romanos vieron con desagrado, por lo que cubrían sus genitales con un calzón. Normalmente sus practicantes llevaban el pelo corto, para evitar tirones, protegían sus orejas con vendas y, en general, sus entrenamientos eran vagamente similares a los actuales, de forma que los pugilistas recurrían a unos guantes acolchados, conocidos como sphairai, golpeaban sacos de arena colgados del techo de una sala llamada korukeion, levantaban pesas y realizaban ejercicios con sombras, todo ello acompañado por el ritmo de una flauta.

La formación de los atletas estaba a cargo de entrenadores profesionales muy solicitados, cuyos honorarios eran extremadamente elevados, e incluso se ha conservado un fragmento de tratado de lucha, aunque desgraciadamente emplea un lenguaje técnico que nos es desconocido. A causa de su gran popularidad, las descripciones sobre el transcurso de estos combates son abundantes en la literatura clásica y, gracias al uso de expresiones como “sicilianear” o “combatir al modo tesalio”, nos es posible deducir la existencia de diferentes escuelas y estilos. Por otro lado, pese a que algunos médicos de renombre, como Galeno, se mostraron hostiles hacia los excesos que estos atletas realizaban en sus dietas, ejercicios y competiciones, tanto los tratados de época clásica dedicados a esta materia, como los posteriores grecorromanos, hacen continuas referencias a diversos aspectos de su entrenamiento. En definitiva, a pesar de las críticas de algunos coetáneos, no cabe duda de que se trataba de unas artes marciales que requerían de una sólida formación física unida a un elevado nivel técnico. Hasta el mismo Aristóteles señaló que, si los griegos discutían más de navegación que de formación de atletas, era porque la primera disciplina no estaba tan bien construida como ciencia como la segunda.

Cerdo como saco de boxeo

En los grandes festivales deportivos, como los juegos celebrados en Olimpia o Delfos, los enfrentamientos lógicamente se trasladaban a estadios con graderíos de tierra, en los que existía una skamma. Las competiciones resultaban extremadamente duras, pues comenzaban al mediodía, en pleno verano griego, desarrollándose bajo un sol abrasador, no existiendo límites de tiempo, pausas, ni asaltos. Las eliminatorias se definían por sorteo, introduciendo en una urna guijarroscon pares de letras, quedando emparejados los participantes que extrajeran la misma. Se conocen competiciones en las que hubo desde cuatro hasta nueve rondas de este tipo, concediéndose sólo excepcionalmente algunos momentos de descanso como consideración a la gravedad de las heridas de algún participante, por lo que un luchador podía terminar un combate para poco después tener que comenzar otro. Los árbitros golpeaban con palos a quienes vulnerasen las normas, su transcurso era en definitiva brutal y no resultaban extrañas las muertes accidentales. Un enorme afán de gloria les llevaba hasta el límite de sus fuerzas, y así Arrichion fue declarado vencedor de pankration en los Juegos Olímpicos del año 564 a.C., sólo para morir instantes después de que su adversario se rindiera. Por todo ello, los griegos siempre destacaron la capacidad de sufrimiento de estos atletas, que, en caso de triunfar, regresaban a sus ciudades convertidos en auténticos héroes.

El origen de la lucha es extremadamente remoto, muy anterior a los juegos griegos, pues ya se conocía en Sumeria –el héroe Gilgamesh o el rey Shulgi fueron algunos de sus practicantes conocidos- y existen abundantes representaciones del Antiguo Egipto, como las pinturas murales de Beni Hassan, que muestran 122 parejas de luchadores desarrollando toda clase de técnicas. En la Grecia Clásica el vencedor era aquel que lograse derribar al contrario tres veces, tocando el suelo con su espalda. Triunfar en una competición “sin polvo en los hombros”, es decir, sin haber sido derribado ni una sola vez, era considerado un logro excepcional, aunque también podía darse la circunstancia de que, si se sabía que un luchador de gran prestigio iba a participar en unos juegos, finalmente no se presentase nadie más. Según la Antología Palatina, esto ocurrió en una ocasión con el legendario Milón de Crotona, aunque, cuando el luchador tropezó con un escalón al ir a recoger el premio, cayendo al suelo, el público asistente se mofó de que hubiera sido derribado en una competición en la que él era el único participante. Irritado, Milón gritó desafiante: “¡No han sido tres caídas, sino una! ¡Que alguien venga a tirarme otras dos veces!”. Al parecer, no hubo voluntarios.

Ground and pound en la antigua grecia

Por el contrario, el pankration era una modalidad en la que estaba permitido literalmente todo, excepto morder y sacar los ojos, venciendo aquel que obligara al contrario a rendirse, o lo incapacitara seriamente. Aunque los griegos atribuían un origen mítico a este deporte, parecer ser que fue una introducción relativamente tardía, pues se documenta por primera vez en la 33ª olimpiada (648 a.C.) y no es citado por ninguna fuente literaria anterior al siglo V a.C.

Por último, el pugilato fue, en contra de lo que pudiera parecer, el más duro de todos estos deportes. Al igual que la lucha, ya era conocido por sumerios y egipcios, aunque los primeros guantes de boxeo se documentan en torno al año 1500 a.C. en la Civilización Minoica y más tarde son citados por Homero en la Iliada, empleados en las luchas celebradas en los funerales de Patroclo. Aparentemente, en un principio su finalidad era más bien salvaguardar las manos del combatiente, pero, a partir de principios del siglo IV a.C., estas protecciones se hacen más amplias, llegando hasta los codos, de forma que el luchador cubría sus antebrazos con una piel de cordero fijada mediante correas de piel cruda, enrollando buena parte en torno a los nudillos, formando así una protuberancia cortante que desgarraba el rostro del adversario. De ahí su nombre, myrmex (“hormiga”, a causa de sus dolorosas picaduras), guante que los pugilistas romanos harían aún más letal incorporando piezas metálicas a modo de puño americano, hasta configurar un nuevo modelo llamado caestus.

En la mayor parte de la Hélade imperó la idea de que estas prácticas deportivas, junto con el resto de aquellas realizadas en el gimnasio, resultaban una formación marcial indispensable para los ciudadanos de la polis: en palabras de Filostratos, los griegos “hacían la guerra preparándose para el deporte y deporte preparándose para la guerra”. Resulta obvio que, no sólo la lucha, el pankration y el pugilato, sino otras disciplinas como el lanzamiento de jabalina, la hoplomaquia o las carreras con armamento pesado, poseen un indiscutible origen militar. Sin embargo, lacedemonios primero, más tarde macedonios y, por último, romanos, siempre vieron la vida del gimnasio, tan asociada a diversas prácticas de ocio y pederastia, como un entorno decadente.

En realidad, los espartanos creían que un buen atleta no tenía por qué ser un buen soldado, para ellos los deportes no eran más que simples ejercicios y sólo confiaban en su férreo sistema educativo, llamado agogé, para la formación militar de su ciudadanía. Por ello, en Lacedemonia no había entrenadores de lucha, pues se esperaba que mediante estas prácticas los jóvenes desarrollaran valor, no una habilidad innecesaria. Por su parte, Alejandro Magno consideraba mucho más útiles los combates con palos, pues se asemejaban más al uso de las armas. Para los romanos, los ejercicios tácticos en el Campus Martius, las interminables marchas con la impedimenta a la espalda o los entrenamientos con arma lusoria, espadas de madera llamadas rudis, resultaban unos ejercicios más ajustados a la realidad de la guerra. Lo cierto es que Polibio, un historiador y militar griego que conocía bien ambos ejércitos, siempre destacó la mejor preparación de los soldados latinos frente a la de sus propios compatriotas.

Pese a todo, durante el siglo II a.C. los deportes helénicos se incorporaron a los ludi circenses, espectáculos celebrados en las distintas festividades romanas, que normalmente se desarrollaban en el circo, aunque nunca contaron con la misma popularidad de los munera, los combates gladiatorios de los anfiteatros. En el mundo griego, la visita diaria al gimnasio no sólo había tenido una finalidad higiénica y deportiva, sino que adquirió también una importante dimensión social, como lugar de reunión de su ciudadanía, semejante a la que más tarde tuvieron las termas en el mundo romano, e incluso acabaron convirtiéndose en auténticos centros culturales, pues no hay que olvidar que la Academia y el Liceo de Atenas fueron gimnasios. Posiblemente, en torno a todo este debate subyaciera una divergencia de opiniones acerca de lo que constituía un auténtico modo de vida, estrechamente vinculado a su propia cultura.

Lucha

lucha

En la lucha el objetivo era derribar al contrario tres veces, de forma que su espalda tocase el suelo, aunque se pudiera permanecer de rodillas. Estaban permitidos los estrangulamientos y las luxaciones, siendo posible además alcanzar la victoria expulsando al contrario de la skamma, al igual que en el sumo japonés. Aunque a mediados del siglo V a.C. el luchador siciliano Leontiskas se hiciera famoso por derrotar a sus adversarios rompiéndoles los dedos, se ha conservado un decreto del siglo anterior que expresamente lo prohíbe: seguramente, las normas fueron cambiando a lo largo del tiempo. Al luchar desnudos, el tipo de agarre era lógicamente distinto al de otros deportes actuales, como el judo o la lucha leonesa, pues normalmente se sujetaba al contrario por las muñecas, o se le abrazaba la parte superior del tórax, pasando uno o dos brazos por debajo de sus axilas. El resultado de todo ello vendría a ser una especie de lucha grecorromana sin trabajo de suelo y con luxaciones.

Pankration

Pankration significa “todas las fuerzas”, pues sólo estaba prohibido morder y sacarle los ojos al adversario, aunque los lacedemonios recurrían frecuentemente a estos recursos, por lo que normalmente no participaban en las competiciones panhelénicas de esta categoría de lucha. Según Plutarco, cuando un árbitro recriminó a un espartano que estaba mordiendo al contrario “como una mujer”, éste le respondió que lo hacía “como un león”. Las descripciones en los textos de la época y las representaciones artísticas, normalmente vasculares, muestran una amplia gama de técnicas, desde posiciones de guardia, puñetazos, codazos, patadas, llaves y presas de todo tipo -estrangulaciones, luxaciones, etc.- que podrían relacionarse con el actual vale tudo, o artes marciales tan dispares como el wing tsun, el jujutsu o el muay thai. No existían pausas, ni límite de tiempo, y los combates sólo terminaban cuando uno de los dos luchadores levantaba el dedo en señal de derrota o yacía inconsciente.

Pugilato

Pugilato antigua greciaSegún un proverbio griego, “una victoria de pugilato sólo se logra con sangre”. Al igual que en el pankration, no había pausas, el área de la skamma era muy reducida y podía encontrarse vallada, por lo que, estando además prohibido abrazar al contrario, la competición se convertía en un sangriento intercambio de puñetazos con muy pocas acciones evasivas, sólo interrumpido por la rendición de uno de los dos combatientes. Las referencias a las mejillas y orejas desgarradas de sus practicantes, o a sus facciones completamente desfiguradas por los golpes, son frecuentes en la literatura de la época, extremo corroborado por las representaciones escultóricas. En definitiva, si un púgil deseaba participar también en alguna de las otras dos modalidades de lucha, siempre dejaba el pugilato para el final: estaba fuera de dudas que esta competición producía las heridas más graves.