LA ÚLTIMA TIERRA -3.
Los preparativos de la invasión avanzan rápidamente. Mile ha ordenado talar los bosques de las montañas sagradas, para obtener las maderas de sus naves. Además ha gastado una gran suma de oro para pagar a los mercenarios del Sur, ágiles y morenos, expertos con la honda y el arco.
Los herreros templan cientos de armas, y cientos de jóvenes se adiestran a luchar. Una y otra vez los carpinteros cortan y golpean las maderas, mientras los barcos van tomando forma.
Parte la primera oleada de naves, con el fin de explorar la isla y disponer una cabeza de playa; es el momento de mayor riesgo. La mar está totalmente tranquila, apenas recorrida por un suave oleaje, como un campo de cebada verde.
Hulan ya sabe lo que son las naciones opresoras y los grandes Imperios. Pronto los marineros se convertirán en piratas y los soldados en verdugos... todo su pueblo totalmente envilecido... ¡eso no! ¡Antes la muerte, antes la destrucción total! ¡Que suceda lo que tiene que suceder!
Sus ojos, llenos de lágrimas, miraron hacia el inmenso mar. Nadie sabe qué hizo, nadie lo vió...
El último barco salió de la ensenada, cuando el cielo se oscureció y estalló la tormenta. Las aguas se levantaron como los anillos de una enorme serpiente. Las olas, como manos gigantescas, destrozaron las naves una tras otra.
Ninguna nave regresó, ninguno de los hombres que se embarcaron volvió con vida. Durante varios días, la resaca devolvió algunos cuerpos y multitud de tablas y aparejos ensangrentados.
Así estaba escrito. Así sucedió.
De nuevo comparece Hulan ante el trono, pero esta vez como acusado, entre un círculo de guerreros armados. Pero ya no hay ansiedad ni dolor en su rostro, y marcha con alegría en los ojos y una sonrisa en labios. Un rumor sordo surge de la multitud al verle aparecer.
Mile grita desde el Trono, lleno de ira:
-¡Fuiste tú! ¡Tú, invocaste a la serpiente de las aguas! ¡Tú, desataste la cólera de los elementos!
-Yo nada hice, tan sólo me limité a a avisarte de lo que iba a ocurrir.
-¡Tú, con tus brujerías, provocaste la tempestad!
-Estaba escrito que iba a suceder. Pero tú, Mile, hijo de Catumaro, mandaste tus hombres a la mar y te quedaste en tierra. La prueba es que ellos murieron y tú estás vivo. Si los extranjeros nos hubiesen atacado, tú habrías exigido el lugar de mayor peligro, habrías entregado tu vida sin vacilación ni dolor, como murió tu padre, defendiendo la libertad de nuestro pueblo. Pero tú no quisiste ir en la primera expedición, la mas peligrosa. Tú eres un hombre valiente, pero te faltó el valor, porque bien sabes que tu causa era injusta y ruin.
La multitud guarda total silencio. El círculo de guerreros se abre con respeto, dejando libre al anciano, cara a cara frente al Trono. Entonces, un hombre sale de la multitud, se coloca frente al Trono y toma la palabra:
-Hemos tenido que idemnizar a las familias. Hemos tenido, además, que pagar una gran cantidad de oro a los jefes de los mercenarios, para que marcharan en paz y volvieran a su tierra. El Tesoro está completamente agotado.
Un segundo hombre comienza a hablar:
-Se han consumido todas las reservas de metal para forjar las armas y los refuerzos de tus naves. Va a ser una tarea muy lenta, y penosa, encontrar nuevos yacimientos.
Y desde el fondo grita una tercera voz:
-¡Mile! Tú mandaste talar nuestros bosques para construir tus malditos barcos. ¿Dónde cortaremos la leña de las hogueras? ¿Dónde se esconderán los enamorados? ¿Dónde harán sus nidos en el verano las aves de paso?
Surge de la multitud un grito de rabia, y el círculo de guerreros armados se cierra ahora, amenazador, en torno del Rey Mile. Ento
nces es cuando el anciano se interpone, para salvarle la vida:
-¡Silencio! ¡Escuchadme un instante...!
Cuando se hace el silencio, calmada la ira del momento, Hulan prosigue habando lentamente...
-No le matéis, yo os pido que recordemos lo que debemos a su padre, y no pongamos las manos en el hijo de Catumaro, ni nos manchemos con su sangre. Su corazón es noble, aunque la ambición y la soberbia cegaron sus ojos. Vete en paz, yo ruego que obtengas el perdón, y encuentres la paz y el olvido.
Mile, hijo de Catumaro, tomó su caballo y sus armas, y marchó al destierro con sus parientes y amigos mas allegados. Le permitieron tomar su fortuna personal, así como alimento y bebida para el camino.
Y el pueblo de La Última Tierra hizo lo único que pudo hacer. Repoblar los bosques, nombrar un nuevo Soberano, y rehacer las familias deshechas.
Sabemos que intentaron ser libres, y que sus armas estuvieron siempre dispustas frente a invasores y tiranos. Intentaron ser libres, pero si hubieran oprimido a otro pueblo, no habrían podido ser libres jamás.
Y el sueño de Libertad aún vive entre nosotros.
