Historias de machetes
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Muy interesante el tema de las prácticas rituales "mágicas" del guerrero y cómo va derivando.
Sobre los cátaros, muy buena la aportación de Pankratos.
Nativo2 opinaba que:
En cuanto a los métodos de descrédito, si nos ponemos a pensar, tampoco han cambiado tanto.
Un saludo.
Sobre los cátaros, muy buena la aportación de Pankratos.
Nativo2 opinaba que:
Pues no, la opción más acertada es la de los consumidores de hachís (al menos, es lo que dice la RAE). Nunca había oído la teoría de su jefe Hassan, ¿era este el nombre del Viejo de la Montaña? Hum... Lo buscaremos.Me parece que la opción más aceptada era que provenía de los seguidores de Hassan, su jefe, aunque eran también le daban al petardo. A estos tipos llegaron a acusarlos de las cosas más atroces y curiosas que uno se pueda imaginar, incluso de homosexualidad pasiva, debido a que el hachís les provocaba unos picores en los músculos cercanos al ano tan intensos que buscaban remedio... de aquella manera.
En fin... métodos de descrédito para cargarse a alguien acordes a la época, hoy en día se utilizan otros.
En cuanto a los métodos de descrédito, si nos ponemos a pensar, tampoco han cambiado tanto.
Un saludo.
- elperrosuelto
- Forero Avanzado

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sacada sel google (que se explica mejor que yo)Byakuren escribió:
Sobre los cátaros, muy buena la aportación de Pankratos.
un par de apuntes mas de esto via copypaste:Pues no, la opción más acertada es la de los consumidores de hachís (al menos, es lo que dice la RAE). Nunca había oído la teoría de su jefe Hassan, ¿era este el nombre del Viejo de la Montaña? Hum... Lo buscaremos.
numero1
numero2:A cualquier persona medianamente culta le es familiar el nombre de Omar Khayam (usamos la transliteración inglesa de su nombre persa, la más conocida). En cambio, es poco probable que le diga algo el nombre de Hassan al-Sabbah. Sin embargo, ciertas historias, o la leyenda, pretenden que fueron amigos en su juventud, cuando ambos se encontraron en Ispahan, capital de imperio; y se encaminaron luego a la no menos maravillosa Samarcanda. Corría entonces el año 1070.
Eran dos personas extremadamente diferentes. El primero era el gran poeta que hace mil años, escribiera los famosos versos cuyo conjunto es conocido como Rubayat. Hombre alegre, que cantaba el vino y los placeres y que en sus primeros veinte años era ya conocido como uno de los más grandes sabios de su época, aborrecía la violencia y siendo como todo el mundo creyente, nada tenía de un fanático.
LA CIUDAD SAGRADA. Su amigo de juventud, ese Hassan al-Sabbah que había nacido en Kom (la que hoy es la ciudad sagrada de Irán, el asiento del difunto Ayatolá Jomeini) era exactamente lo contrario. Pertenecía al ala más fanática e intolerante de la secta ismailita (a la que hoy pertenece el Aga Khan); y concibió la formación de una especie de ejército de las sombras, destinado a sembrar el terror en todo el Oriente (y también entre los representantes del Occidente, en ese entonces los cruzados) gracias a la acción de fanáticos suicidas que mataban a quienes se consideraban enemigos de la Verdadera Fe, fuesen sultanes, militares, políticos o simples gentes. Cometían sus crímenes a plena luz del día y por lo general, eran inmolados de inmediato, sin la menor queja de su parte.
En el año 1090, su jefe, ese Hassan al-Sabbah del que venimos hablando, adquirió por varios miles de dinars una fortaleza, llamada Alamut, de dificilísimo acceso en la montañas, cerca del Mar Caspio. La fortificó hasta hacerla inconquistable y durante los próximos treinta años, hasta su muerte, y durante 130 años más después de ella, esparció el terror, como se ha dicho, en Oriente y Occidente. A Hassan al-Sabbah se le conocía como «el Viejo de la Montaña».
UN ERROR DE MARCO POLO. A los fanáticos miembros de ese ejército secreto se les conoció en occidente como «los asesinos». Marco Polo se confundió (al oírlos llamar los haschischins), que su cruel fanatismo era estimulado por el consumo de haschís, lo que hoy conocemos como marihuana. De allí se deriva, en varias lenguas romances, la palabra «asesino». Pero la verdad parece ser otra. Si hemos de creer al gran escritor de origen libanés Amin Maalouf, en su magistral libro Samarcande, la palabra proviene de la forma como Hassan al-Sabbah acostumbraba llamarlos: Assasiyoum, o sea, fieles al Assa, es decir, al Fundamento de la Fe. Eran también llamados los fidai, o sea «los que se sacrifican».
Pero lo más interesante, para que esto no sea una crónica más o menos erudita, es la manera como eran entrenados esos fidai, esos «asesinos» Y que se nos perdone la larga cita, aquí daremos la palabra a Maalouf: «Aprender a disimular su puñal»... «familiarizarse con las palomas mensajeras, memorizar los alfabetos en código, instrumentos de comunicación rápida y discreta con [el Viejo de la Montaña]».
SER UN CAMALEÓN. «Aprender» continúa Maalouf, «a veces un dialecto, un acento regional, saber insertarse en un medio extranjero, hostil, fundirse durante semanas, meses, adormecer todas las desconfianzas esperando el momento propio para la ejecución; saber seguir la presa como un cazador, estudiar con precisión sus desplazamientos, sus vestidos, sus hábitos»... «Se cuenta que para ejecutar una de sus víctimas, dos asesinos debieron vivir durante dos años en un convento cristiano haciéndose pasar por monjes... ¡Semejante capacidad de camaleonismo no puede ser acompañado del uso de haschisch!» , concluye Maalouf. Cierto: el fanatismo y el odio son drogas más poderosas. [...]
En el siglo XI el primer Viejo de la Montaña fundó en Persia (hoy Irán) la secta de los “Asesinos”, que durante 200 años habría de ser famosa en el mundo entero. Esta secta tenía sus cuarteles principales en el castillo de El Alamut, una fortaleza inexpugnable situada a 2000 metros de altura. Durante dos siglos ningún gobernante del Oriente Medio durmió en paz. La estrategia del Viejo de la Montaña era simple: expresaba su voluntad a los emperadores, reyes, emires, califas, visires y demás hombres poderosos. Si éstos no cumplían, los hacía asesinar. El primer Viejo de la Montaña (éste siempre fue el título de los sucesivos jefes de la secta) inventó un adiestramiento tan sofisticado como mortífero. Funcionaba de la siguiente manera:
La secta reclutaba jóvenes sin educación. Durante el día aprendían a matar con sigilo, a hacerse casi invisibles, a infiltrarse en los lugares más protegidos del mundo... y muchas otras destrezas necesarias para ser asesinos eficaces. Durante la noche aprendían el arte de consumir hachís y dejar volar la imaginación.
Cuando surgía una nueva misión, el Viejo de la Montaña seleccionaba a uno de los estudiantes más destacados, a quien hacía narcotizar en secreto. El elegido despertaba en un sector oculto del castillo, donde se había construido una réplica del paraíso musulmán. Era atendido como un rey por decenas de mujeres hermosas, en un frondoso jardín con fuentes de agua, árboles frutales y flores aromáticas. Las mujeres le obsequiaban vino, manjares y sus cuerpos perfumados.
Tras varios días o semanas en este éxtasis perpetuo, se volvía a endrogar al joven en secreto. Horas más tarde despertaba, nuevamente en los crudos cuarteles militares. En este momento le decían a quién tenía que matar y le aclaraban que si cumplía bien su misión pasaría el resto de sus días en el paraíso que ya había visitado; si moría llevando a cabo la misión, los ángeles en persona lo llevarían hasta el paraíso. Entonces le entregaban un puñal, oro y mucho hachís para el camino. Los asesinos nunca regresaban vivos.
Durante dos siglos la figura del Viejo de la Montaña inspiró horror a los gobernantes del Medio Oriente. Una vez se anunciaba la condena de un soberano, éste no podía salvarse. Si el primer “mensajero” fallaba, se continuaba enviando jóvenes con puñales una y otra vez hasta lograr el objetivo. En una ocasión dos asesinos se hicieron pasar por monjes cristianos y vivieron dos años en un convento, hasta que pudieron llevar a cabo su misión.
(El Viejo también aportó un nuevo vocablo a la lengua española, ya que “asesinos” proviene del nombre árabe de la secta, “aassissin”, que significa “bebedor de hachís”.)
A tal punto llegaba el poder del Viejo de la Montaña que los gobernantes transaban con él, le pedían perdón, le pagaban tributos o le enviaban sobornos, siempre con el fin de garantizar sus vidas. Nadie se sentía a salvo de sus famosos puñales. El musulmán más poderoso de la época, el célebre Saladino, al despertar una mañana encontró sobre su almohada un puñal que le habían dejado como advertencia. Desde ese día hizo la paz con el Viejo de la Montaña, y se dice que nunca más permitió que se le acercara un desconocido.
A pesar de este inmenso poder, la secta de los Asesinos nunca mató a inocentes. Se regían por una filosofía muy clara: sólo debían morir los culpables de los abusos de poder, nunca los inocentes. Por eso iban directo al corazón de los aterrados príncipes. [...]
- Loboestepario
- Forero Vicioso

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- Registrado: 22 Dic 2004 17:31
Sobre la figura de los haschaschins y el Viejo de la Montaña se han comentado muchas exageraciones y calumnias, dado que mucho de lo que se ha escrito sobre ellos lo ha sido por sus enemigos. En realidad, eran una secta del chiísmo conocida como los ismaelitas, que sigue gozando de cierto predicamento sobre todo en Pakistán y en la India. En el siglo pasado los ismaelitas eran conocidos por su obediencia al Aga Khan, lider espiritual al que periódicamente rendían el tributo de pagarle su peso en oro, y porque un Aga Khan se casó con la bella hollywoodiense Rita Hayworth. Considerados como herejes por el Islam ortodoxo, los ismaelitas estaban en contra de los turcos y mogoles que, aunque fueran musulmanes, consideraban ocupadores de las naciones árabes y del Imperio persa. De Hassan Ibn Sabbah, el Viejo de la Montaña, se comentan bastantes anécdotas, más o menos apócrifas. Desde que dorgaba a sus adeptos con una mezcla de hachís y tintura de opio, hasta que tenía montado una especie de lujoso prostíbulo en que introducía a sus cándidos seguidores, haciéndoles creer que estaban gozando de una visión anticipada del Paraíso en que vivirían eternamente si seguían ciegamente las órdenes del Viejo de la Montaña, pasando por las palabras que se atribuyen a Hassan y que este susurraba al oído de los que recibían la sabiduría última de la secta: "Nada es verdad, todo está permitido." Aunque no está probado, parece que hubo una corriente de simpatía intelectual mutua y de intercambio cultural entre los Asesinos y los monjes guerreros de la Orden de los Templarios.
Podemos considerar a Hassan y sus seguidores como los primeros "terroristas" de la Historia gracias a su uso de la taqqiya o "disimulo". Tanto los ismaelitas como otras sectas minoritarias chíitas consideraban que era lícito usar de taqqiya, es decir, ocultar y mentir sobre sus creencias religiosas. Con lo cual, un "asesino" ismaelita podía infiltrarse entre las filas del enemigo haciéndose pasar por cristiano o musulman ortodoxo, mientras lo contrario era imposible: Tanto los cruzados como los musulmanes sunníes hubieran preferido morir a renegar de su fe en público. Mediante una sabia infiltración de agentes ocultos, nadie estaba a salvo del puñal o del veneno de los Asesinos, lo que les hizo universalmente temidos, hasta la llegada de los mogoles a la zona. Al ser los mogoles un grupo racialmente homogéneo y distinto de los que poblaban la zona, se fracasó en infiltrase en ellos, y pronto el genio militar de Genghis Khan redujo a escombros la fortaleza de Alamut.
Un saludo.
Podemos considerar a Hassan y sus seguidores como los primeros "terroristas" de la Historia gracias a su uso de la taqqiya o "disimulo". Tanto los ismaelitas como otras sectas minoritarias chíitas consideraban que era lícito usar de taqqiya, es decir, ocultar y mentir sobre sus creencias religiosas. Con lo cual, un "asesino" ismaelita podía infiltrarse entre las filas del enemigo haciéndose pasar por cristiano o musulman ortodoxo, mientras lo contrario era imposible: Tanto los cruzados como los musulmanes sunníes hubieran preferido morir a renegar de su fe en público. Mediante una sabia infiltración de agentes ocultos, nadie estaba a salvo del puñal o del veneno de los Asesinos, lo que les hizo universalmente temidos, hasta la llegada de los mogoles a la zona. Al ser los mogoles un grupo racialmente homogéneo y distinto de los que poblaban la zona, se fracasó en infiltrase en ellos, y pronto el genio militar de Genghis Khan redujo a escombros la fortaleza de Alamut.
Un saludo.
