Para los principiantes de cualquier arte marcial
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LA DAMA DE BLANCO
Era un anciano muy sabio.
Había pasado toda su vida viajando y estudiando sus libros, y deseaba el descanso. Cuando alguien lleva ya muchas noches seguidas sin dormir... sus ojos desean la oscuridad y el reposo del silencio.
Pero aquel hombre era tan sabio, que la misma Muerte le tenía miedo y no se atrevía a acercarse a él. ¡Y los años seguían pasando!
Un día, una Dama de Blanco se le acercó. Era la mujer más hermosa que jamás había visto.
Su cuerpo parecía hecho de nieve, y su vestido blanco de jirones de niebla. Sus labios rojos brillaban más que la sangre, y llevaba una rosa roja en sus manos.
El sabio se dio cuanta al momento de quién era ella, y sonrió dulcemente para no asustarla.
--Dame la rosa...
--¿Cuál quieres que te dé? Mis labios son una rosa roja... Mi corazón es una rosa roja.
--No... dame la rosa que llevas en tus manos, la que guardas para mí. Hace ya muchos, muchos años que la espero.
El sabio abrazó a la Dama de Blanco, y tomó la rosa de sus manos. El perfume de la rosa, frío y dulce, muy dulce, le llegó hasta dentro de su corazón... Entonces, el cuerpo de la Dama de Blanco se deshizo en un remolino de nieve.
Al sabio lo encontraron tendido en medio de la nieve, muerto, con la sonrisa en los labios.
http://www.jmesoft.com/gifs/animacion/porky/porky33.gif
Era un anciano muy sabio.
Había pasado toda su vida viajando y estudiando sus libros, y deseaba el descanso. Cuando alguien lleva ya muchas noches seguidas sin dormir... sus ojos desean la oscuridad y el reposo del silencio.
Pero aquel hombre era tan sabio, que la misma Muerte le tenía miedo y no se atrevía a acercarse a él. ¡Y los años seguían pasando!
Un día, una Dama de Blanco se le acercó. Era la mujer más hermosa que jamás había visto.
Su cuerpo parecía hecho de nieve, y su vestido blanco de jirones de niebla. Sus labios rojos brillaban más que la sangre, y llevaba una rosa roja en sus manos.
El sabio se dio cuanta al momento de quién era ella, y sonrió dulcemente para no asustarla.
--Dame la rosa...
--¿Cuál quieres que te dé? Mis labios son una rosa roja... Mi corazón es una rosa roja.
--No... dame la rosa que llevas en tus manos, la que guardas para mí. Hace ya muchos, muchos años que la espero.
El sabio abrazó a la Dama de Blanco, y tomó la rosa de sus manos. El perfume de la rosa, frío y dulce, muy dulce, le llegó hasta dentro de su corazón... Entonces, el cuerpo de la Dama de Blanco se deshizo en un remolino de nieve.
Al sabio lo encontraron tendido en medio de la nieve, muerto, con la sonrisa en los labios.
http://www.jmesoft.com/gifs/animacion/porky/porky33.gif
Hola buenos días,
CONTINUACIÓN...
CAMBIO DE MENTE
El número de oponentes nunca le había importado a Tahishi. Se había enfrentado y vencido a mayores ventajas en sus comisiones en el pasado. Pero había estado preparado en aquellas ocasiones. Esta situación nueva le cogió totalmente por sorpresa. No había esperado la traición. Y ahora su mente corría por encontrar la forma de completar su misión con éxito y vivir.
Estarán descalzos, se dijo así mismo, para moverse silenciosamente. Y si hay alguien ocupando la cama en la habitación, no será Nakamura. No se arriesgaría tanto, aún con cuatro hombres para protegerle. Por supuesto Nakamura estaría allí para atestiguar mi muerte, pero buscará su refugio en el rincón de la habitación más alejado de la entrada y la cama, y tendrá, muy probablemente, su samurai más fiel a su lado para defenderle en el supuesto que algo falle en su plan.
Entonces serán tres los que habrá que considerar: uno en la cama y uno a cada lado de la entrada al jardín. El de la cama se quedará allí para llamarme la atención cuando entre en la habitación. Entonces el ataque vendrá desde los dos de la puerta. Tendré que eliminarles primero. Luego tendré que deshacerme del de la cama antes que pueda ponerse de pie. El samurai que custodia al Nakamura será el próximo y por último eliminaré al gran Señor.
Desde la gran bolsa de tela que colgaba de su hombro, Tahishi retiró diez idagama, pelotas redondas con muchos puntos afilados, cada uno tratado con un veneno mortal. Los colocó en un diseño en el suelo delante de la entrada.
Silenciosamente y cuidadosamente, se subió arriba, debajo de los aleros del techo bajo que cubría el portal. De la chaqueta de su gi, sacó una cerbatana de junco, corta y delgada, e insertó un dardo venenoso en un extremo. Colocando la cerbatana en su boca y agarrandola con los dientes, luego sacó su espada corta de la vaina atada sobre su espalda. Había una cosa más que hacer antes de entrar en acción. Puso su navaja en la manga derecha para que cayera en su mano al sacudir su muñeca.
Ahora estaba listo.
Enganchando sus piernas alrededor de una viga de cedro en los aleros, bajaba hasta que colgaba con su cabeza hacía el suelo y que pudiera alcanzar el panel de la entrada, 30 cm. Por encima de ellos. Asiéndolo con fuerza, dejó escapar entres sus dietes cerrados, un grito horripilante y arrancó la puerta abierta.
Se levantó presurosamente mientras los dos samuráis que guardaban la entrada, se precipitaron al jardín para encontrar al intruso. Lo único que encontraron fueron las mortalmente envenenadas idagamas que cortaron sus pies indefensos. Mientras gritaban en su agonía. Tahishi se basculaba hacia abajo hasta la puerta abierta, colgándose como un mono por su rabo, sus agudos ojos encontraron la cama y el sorprendido samurai dentro, apoyándose en su codo. Agarró la cerbatana entres sus dientes, apuntó rápida pero cuidadosamente y envión un dardo venenoso al ojo abierto del guerrero.
Adentrándose en la sala, con su espada en la mano izquierda, Tahishi rodó a través del suelo, sacudiendo su muñeca para poder coger el punto de la hoja de su navaja entres los dos primeros dedos y el pulgar de su mano derecha.
Sus ojos agudos pronto localizaron al señor Nakamura en el rincón más alejado de la habitación, agachándose tras el samurai restante. El brazo derecho de Tahishi cortó el aire y su navaja se enardezó de un lado a otro de la habitación y se hundió en el pecho ancho del guardia.
Terminó la acción en segundos. Cuatro hombres muriéndose o ya muertos, y Nakamura impotente y a su merced.
Tahishi cruzó la sal velozmente, su espada corta alzada para matar. Nakamura se apretó al rincón, buscando un refugio que no existía, sus ojos dilatados por el miedo.
“No puede matarme,” -chilló. “Usted está a mi servicio. Fui yo quien le pagó. Le ordenó que baje su espada.”
Tahishi sonrió mientras indicó con la cabeza al samurai muerto tumbado a los pies de Nakamura.
“Su sirviente me pagó bien, y, de acuerdo, estoy a su servicio. Acepto su cambio demente y no le mataré, tal y como me ha ordenado, para que puedo, de buena fe, retener sus honorarios por mis servicios.“
“Sin embargo.” –continuó Tahishi mientras bajo la espada encima de la cabeza y defensa del señor de la guerra, “también el señor Nagamasa me ha pagado bien, y sus ordenes son que usted debe morir.“
FIN.
Un saludo
Buffu ikkan

CONTINUACIÓN...
CAMBIO DE MENTE
El número de oponentes nunca le había importado a Tahishi. Se había enfrentado y vencido a mayores ventajas en sus comisiones en el pasado. Pero había estado preparado en aquellas ocasiones. Esta situación nueva le cogió totalmente por sorpresa. No había esperado la traición. Y ahora su mente corría por encontrar la forma de completar su misión con éxito y vivir.
Estarán descalzos, se dijo así mismo, para moverse silenciosamente. Y si hay alguien ocupando la cama en la habitación, no será Nakamura. No se arriesgaría tanto, aún con cuatro hombres para protegerle. Por supuesto Nakamura estaría allí para atestiguar mi muerte, pero buscará su refugio en el rincón de la habitación más alejado de la entrada y la cama, y tendrá, muy probablemente, su samurai más fiel a su lado para defenderle en el supuesto que algo falle en su plan.
Entonces serán tres los que habrá que considerar: uno en la cama y uno a cada lado de la entrada al jardín. El de la cama se quedará allí para llamarme la atención cuando entre en la habitación. Entonces el ataque vendrá desde los dos de la puerta. Tendré que eliminarles primero. Luego tendré que deshacerme del de la cama antes que pueda ponerse de pie. El samurai que custodia al Nakamura será el próximo y por último eliminaré al gran Señor.
Desde la gran bolsa de tela que colgaba de su hombro, Tahishi retiró diez idagama, pelotas redondas con muchos puntos afilados, cada uno tratado con un veneno mortal. Los colocó en un diseño en el suelo delante de la entrada.
Silenciosamente y cuidadosamente, se subió arriba, debajo de los aleros del techo bajo que cubría el portal. De la chaqueta de su gi, sacó una cerbatana de junco, corta y delgada, e insertó un dardo venenoso en un extremo. Colocando la cerbatana en su boca y agarrandola con los dientes, luego sacó su espada corta de la vaina atada sobre su espalda. Había una cosa más que hacer antes de entrar en acción. Puso su navaja en la manga derecha para que cayera en su mano al sacudir su muñeca.
Ahora estaba listo.
Enganchando sus piernas alrededor de una viga de cedro en los aleros, bajaba hasta que colgaba con su cabeza hacía el suelo y que pudiera alcanzar el panel de la entrada, 30 cm. Por encima de ellos. Asiéndolo con fuerza, dejó escapar entres sus dietes cerrados, un grito horripilante y arrancó la puerta abierta.
Se levantó presurosamente mientras los dos samuráis que guardaban la entrada, se precipitaron al jardín para encontrar al intruso. Lo único que encontraron fueron las mortalmente envenenadas idagamas que cortaron sus pies indefensos. Mientras gritaban en su agonía. Tahishi se basculaba hacia abajo hasta la puerta abierta, colgándose como un mono por su rabo, sus agudos ojos encontraron la cama y el sorprendido samurai dentro, apoyándose en su codo. Agarró la cerbatana entres sus dientes, apuntó rápida pero cuidadosamente y envión un dardo venenoso al ojo abierto del guerrero.
Adentrándose en la sala, con su espada en la mano izquierda, Tahishi rodó a través del suelo, sacudiendo su muñeca para poder coger el punto de la hoja de su navaja entres los dos primeros dedos y el pulgar de su mano derecha.
Sus ojos agudos pronto localizaron al señor Nakamura en el rincón más alejado de la habitación, agachándose tras el samurai restante. El brazo derecho de Tahishi cortó el aire y su navaja se enardezó de un lado a otro de la habitación y se hundió en el pecho ancho del guardia.
Terminó la acción en segundos. Cuatro hombres muriéndose o ya muertos, y Nakamura impotente y a su merced.
Tahishi cruzó la sal velozmente, su espada corta alzada para matar. Nakamura se apretó al rincón, buscando un refugio que no existía, sus ojos dilatados por el miedo.
“No puede matarme,” -chilló. “Usted está a mi servicio. Fui yo quien le pagó. Le ordenó que baje su espada.”
Tahishi sonrió mientras indicó con la cabeza al samurai muerto tumbado a los pies de Nakamura.
“Su sirviente me pagó bien, y, de acuerdo, estoy a su servicio. Acepto su cambio demente y no le mataré, tal y como me ha ordenado, para que puedo, de buena fe, retener sus honorarios por mis servicios.“
“Sin embargo.” –continuó Tahishi mientras bajo la espada encima de la cabeza y defensa del señor de la guerra, “también el señor Nagamasa me ha pagado bien, y sus ordenes son que usted debe morir.“
FIN.
Un saludo
Buffu ikkan
Hola buenas noches,
Gracias Albar. Esta es más de lo mismo, jajajaja. Otra de ninjas, es que somos muchos jajajajaja.
LA ADVERTENCIA
Un samurai alto entró en el pequeño pueblo, al este de Kyoto, en la isla de Honshu. Su Ayigasa, un sombrero de junco revestido de seda, que llevaba caído tapando su frente, proyectaba una sombra sobre sus ojos y la mayor parte de su cara. Su ropa de caza de color claro estaba muy contrastado con el lustre de la vaina de laca negra de la espada que portaba en su costado izquierdo.
Se movía silenciosamente, cautelosamente, pero sus zancadas eran seguras; su aspecto soberbio. Sus ojos viajaban levemente sobre las diminutas cabañas que bordeaban la tranquila calle. Los aldeanos no se dejaban ver por ninguna parte, aunque el sentía unos ojos siguiéndoles mientras pasaba por delante de las casas. Se habían refugiado del sol, pero hubieran entrado dentro aún en día nublado para evitar el contacto con este guerrero misterioso.
El samurai estaba satisfecho. No quería encontrar a nadie que pudiera retrasar su búsqueda del artista Hirata . Las ordenes de su Señor, uno de los más fiados Daimyo del Regente Hideyoshi, eran explicitas: debe encontrar pronto a Hirata y convencerle, por cualquier medio que creyera conveniente, que tenía que entregar a su hermosa hija, Okane, al palacio de Edo. Ella será un gran regalo para el poderoso Hideyoshi y traerá mucho honor y favor a su Señor. Le avisaron al samurai que no le permitirían el privilegio de una muerte honorable si fallaba. En vez, lo desterrarían a Corea, donde se uniría al ejecito de Hideyoshi en su intento inútil de conquistar aquella península misteriosa. Serviría como el más humilde de los soldados y seguramente sufriría una muerte ignominiosa.
No le preocupaba su destino al samurai, porque estaba seguro que no fallaría. Los aldeanos tenían miedo y estaban desarmados. Hirata era un hombre viejo. No tendrá ningún problema en cumplir su misión con éxito.
Sin embargo, le habían advertido que no debería tomar ligeramente a Hirata. Era un ninja, un miembro del clan que había hostigado las fuerzas de Hideyoshi mientras viajaban desde Edo a Kyoto antes de que fueran aplastados por el gran poderío del Regente imperante. Se rumoreaba que él había causado muchas muertes de modos horribles y taimados, y solamente le permitían vivir porque Hideyoshi no estaba deseoso de continuar esta guerra derrochadora contra estos campesinos aterradores en un momento cuando estaba tan involucrado con otras campañas más importantes. Volvería a ellos más tarde, cuando sus guerreros retornaran desde Corea, y les exterminaría. Mientras tanto, había una paz.... una paz de odio y desconfianza.
Una sonrisa atravesó la cara del samurai mientras recordaba su encuentro con un comerciante que conocía a Hirata. Sucedió en unas 50 millas de la aldea. Ël había compartido una botella de sake con el comerciante gordo y jovial, que se sentía relajado por la conversación, cortes y sin importancia, y suavizado por el vino. Era en aquel momento que el samurai sacó el tema de Hirata. ¿Le conocía el comerciante? ¿Sabía donde vivía? ¿Conocía sus costumbres? ¿Sabía de los poderes que poseía?. El comerciante contestó si a todas las preguntas.
“No quiero saber porque busca usted a Hirata,” –dijo el comerciante. “temo que el conocerlo será peligroso. Tan peligroso como puede ser Hirata. No se deje engañar por su edad y comportamiento quieto. Hirata es un hombre tortuoso, como todos los ninjas son hombres tortuosos. A dominado el uso de los venenos, por esto no debe usted aceptar nada de la comida o bebida que le ofrezca. Y no deje que le toque a usted. Han dicho que esconde sus manos unas agujas revestidas de veneno de una potencia mortal. Aunque es usted joven, y fuerte, resultará ser un oponente digno, si le busca como oponente.
“Vive al final de la aldea, en una casa situada encima de un otero flanqueado por un riachuelo pequeño. Vive con su hija, Okane, la flor más bella que ha crecido en Honshu, que le sirve y la honra como si fuera un Señor poderoso. Vive en paz ahora, trabajando en su arte desde el amanecer hasta el anochecer. Pero no se equivoque por esta serenidad. Es peligroso. Es tortuoso. “
El samurai estaba satisfecho con la información que recibía del comerciante borracho, y ahora, mientras se acercaba a la casita pequeña encima del otero, tenía confianza en que su misión le saldría bien.
El samurai tuvo que agachar la cabeza para ver a través de la puerta abierta de la casa de Hirata. Debido al deslumbramiento cegador del sol del mediodía, sus ojos tardaron unos momentos en acostumbrarse a la habitación sombría. Estaba amueblada sencillamente... casi estéril. Unos pocos tatamis en el suelo, un juego de té de diseño simple sobre una mesa baja en medio de la sala, un hornillo y utensilios de cocinar en el rincón distante. Una lámpara colgaba del techo, pero ofrecía poca iluminación. La mayoría de la pared opuesta estaba abierta para revelar un pequeño jardín, bien cuidado, de rocas y árboles. En el centro de la abertura, destacado contra la luz, una figura se sentaba con las piernas cruzadas frente a una mesa baja. Estaba pintando, observo el samurai, con pincel y tinta, y estaba tan absorbido en su trabajo que no se percató, o no parecía percatarse, en la figura alta en el portal.
“Busco un hombre llamado Hirata.” –La voz del samurai resonaba con autoridad.
Lentamente se enderezaba la figura de la mesa y, sin volverse, contestó.
“Soy Hirata. ¿Cómo puedo servirle a usted?”.
El samurai entró en la habitación, echando sus hombros hacia atrás y apareciendo aún más masivo que era en realidad. Se acerco a Hirata con pasos firmes. Impresionaría al artista con su poder inmediatamente. Estaba seguro que no habría problemas.
“Soy de Mito, y traigo una oferta que honrará a su casa “.
Hirata se levantó lentamente y se volvió. Era delgado y más alto que parecía cuando estaba sentado. Se vistió una Hakama por encima de su sencillo kimono blanco. Su pelo era abundante y largo, tocado de gris. Una pequeña barba escasamente cubría su barbilla. Le asombraba al samurai que la cara del artista no tenía arrugas, que sus ojos eran claros y llenos de vigor. Pero más le impresionaba las manos de Hirata. No parecían encajar con su cuerpo eran grandes y fuertes... las manos de un hombre de gran fuerza... de un guerrero.
“Ya me ha honrado por haber entrado en mi humilde casa.” -dijo Hirata mientras se inclinaba ligeramente apretando sus manos entre si.
El samurai no devolvió la reverencia. Establecería de inmediato quien era el superior, aunque significaba insultar a su anfitrión. Hirata no parecía notarlo o simplemente ignoró la grosería.
“Le ofrezco algo de té. O tal vez prefiere sake.” –dijo indicando hacía la mesa en medio de la habitación.
El samurai declinó. Se pone en marcha rápidamente, pensó.
“Estoy ansioso para volver a Mito con su regalo para mi Señor, Hideyoshi.” –dijo el samurai mientras empujó el sombrero hacía atrás hasta que colgaba encima de su espalda por la cuerda que lo había sujetado debajo de su barbilla. Hirata le miraba a la cara con calma. Era una cara cruel y ruda; una nariz ancha separaba a unos ojos profundos y malvados. La barbilla era cuadrada y firme, y una sombra azul escasamente escondía unas mejillas destrozadas por la sífilis. Este es un hombre que ha matado a muchos sin remordimiento, pensó Hirata. Y con la más mínima provocación, mataría de nuevo.
CONTINUARÁ.........
Un saludo
Buffu ikkan
Gracias Albar. Esta es más de lo mismo, jajajaja. Otra de ninjas, es que somos muchos jajajajaja.
LA ADVERTENCIA
Un samurai alto entró en el pequeño pueblo, al este de Kyoto, en la isla de Honshu. Su Ayigasa, un sombrero de junco revestido de seda, que llevaba caído tapando su frente, proyectaba una sombra sobre sus ojos y la mayor parte de su cara. Su ropa de caza de color claro estaba muy contrastado con el lustre de la vaina de laca negra de la espada que portaba en su costado izquierdo.
Se movía silenciosamente, cautelosamente, pero sus zancadas eran seguras; su aspecto soberbio. Sus ojos viajaban levemente sobre las diminutas cabañas que bordeaban la tranquila calle. Los aldeanos no se dejaban ver por ninguna parte, aunque el sentía unos ojos siguiéndoles mientras pasaba por delante de las casas. Se habían refugiado del sol, pero hubieran entrado dentro aún en día nublado para evitar el contacto con este guerrero misterioso.
El samurai estaba satisfecho. No quería encontrar a nadie que pudiera retrasar su búsqueda del artista Hirata . Las ordenes de su Señor, uno de los más fiados Daimyo del Regente Hideyoshi, eran explicitas: debe encontrar pronto a Hirata y convencerle, por cualquier medio que creyera conveniente, que tenía que entregar a su hermosa hija, Okane, al palacio de Edo. Ella será un gran regalo para el poderoso Hideyoshi y traerá mucho honor y favor a su Señor. Le avisaron al samurai que no le permitirían el privilegio de una muerte honorable si fallaba. En vez, lo desterrarían a Corea, donde se uniría al ejecito de Hideyoshi en su intento inútil de conquistar aquella península misteriosa. Serviría como el más humilde de los soldados y seguramente sufriría una muerte ignominiosa.
No le preocupaba su destino al samurai, porque estaba seguro que no fallaría. Los aldeanos tenían miedo y estaban desarmados. Hirata era un hombre viejo. No tendrá ningún problema en cumplir su misión con éxito.
Sin embargo, le habían advertido que no debería tomar ligeramente a Hirata. Era un ninja, un miembro del clan que había hostigado las fuerzas de Hideyoshi mientras viajaban desde Edo a Kyoto antes de que fueran aplastados por el gran poderío del Regente imperante. Se rumoreaba que él había causado muchas muertes de modos horribles y taimados, y solamente le permitían vivir porque Hideyoshi no estaba deseoso de continuar esta guerra derrochadora contra estos campesinos aterradores en un momento cuando estaba tan involucrado con otras campañas más importantes. Volvería a ellos más tarde, cuando sus guerreros retornaran desde Corea, y les exterminaría. Mientras tanto, había una paz.... una paz de odio y desconfianza.
Una sonrisa atravesó la cara del samurai mientras recordaba su encuentro con un comerciante que conocía a Hirata. Sucedió en unas 50 millas de la aldea. Ël había compartido una botella de sake con el comerciante gordo y jovial, que se sentía relajado por la conversación, cortes y sin importancia, y suavizado por el vino. Era en aquel momento que el samurai sacó el tema de Hirata. ¿Le conocía el comerciante? ¿Sabía donde vivía? ¿Conocía sus costumbres? ¿Sabía de los poderes que poseía?. El comerciante contestó si a todas las preguntas.
“No quiero saber porque busca usted a Hirata,” –dijo el comerciante. “temo que el conocerlo será peligroso. Tan peligroso como puede ser Hirata. No se deje engañar por su edad y comportamiento quieto. Hirata es un hombre tortuoso, como todos los ninjas son hombres tortuosos. A dominado el uso de los venenos, por esto no debe usted aceptar nada de la comida o bebida que le ofrezca. Y no deje que le toque a usted. Han dicho que esconde sus manos unas agujas revestidas de veneno de una potencia mortal. Aunque es usted joven, y fuerte, resultará ser un oponente digno, si le busca como oponente.
“Vive al final de la aldea, en una casa situada encima de un otero flanqueado por un riachuelo pequeño. Vive con su hija, Okane, la flor más bella que ha crecido en Honshu, que le sirve y la honra como si fuera un Señor poderoso. Vive en paz ahora, trabajando en su arte desde el amanecer hasta el anochecer. Pero no se equivoque por esta serenidad. Es peligroso. Es tortuoso. “
El samurai estaba satisfecho con la información que recibía del comerciante borracho, y ahora, mientras se acercaba a la casita pequeña encima del otero, tenía confianza en que su misión le saldría bien.
El samurai tuvo que agachar la cabeza para ver a través de la puerta abierta de la casa de Hirata. Debido al deslumbramiento cegador del sol del mediodía, sus ojos tardaron unos momentos en acostumbrarse a la habitación sombría. Estaba amueblada sencillamente... casi estéril. Unos pocos tatamis en el suelo, un juego de té de diseño simple sobre una mesa baja en medio de la sala, un hornillo y utensilios de cocinar en el rincón distante. Una lámpara colgaba del techo, pero ofrecía poca iluminación. La mayoría de la pared opuesta estaba abierta para revelar un pequeño jardín, bien cuidado, de rocas y árboles. En el centro de la abertura, destacado contra la luz, una figura se sentaba con las piernas cruzadas frente a una mesa baja. Estaba pintando, observo el samurai, con pincel y tinta, y estaba tan absorbido en su trabajo que no se percató, o no parecía percatarse, en la figura alta en el portal.
“Busco un hombre llamado Hirata.” –La voz del samurai resonaba con autoridad.
Lentamente se enderezaba la figura de la mesa y, sin volverse, contestó.
“Soy Hirata. ¿Cómo puedo servirle a usted?”.
El samurai entró en la habitación, echando sus hombros hacia atrás y apareciendo aún más masivo que era en realidad. Se acerco a Hirata con pasos firmes. Impresionaría al artista con su poder inmediatamente. Estaba seguro que no habría problemas.
“Soy de Mito, y traigo una oferta que honrará a su casa “.
Hirata se levantó lentamente y se volvió. Era delgado y más alto que parecía cuando estaba sentado. Se vistió una Hakama por encima de su sencillo kimono blanco. Su pelo era abundante y largo, tocado de gris. Una pequeña barba escasamente cubría su barbilla. Le asombraba al samurai que la cara del artista no tenía arrugas, que sus ojos eran claros y llenos de vigor. Pero más le impresionaba las manos de Hirata. No parecían encajar con su cuerpo eran grandes y fuertes... las manos de un hombre de gran fuerza... de un guerrero.
“Ya me ha honrado por haber entrado en mi humilde casa.” -dijo Hirata mientras se inclinaba ligeramente apretando sus manos entre si.
El samurai no devolvió la reverencia. Establecería de inmediato quien era el superior, aunque significaba insultar a su anfitrión. Hirata no parecía notarlo o simplemente ignoró la grosería.
“Le ofrezco algo de té. O tal vez prefiere sake.” –dijo indicando hacía la mesa en medio de la habitación.
El samurai declinó. Se pone en marcha rápidamente, pensó.
“Estoy ansioso para volver a Mito con su regalo para mi Señor, Hideyoshi.” –dijo el samurai mientras empujó el sombrero hacía atrás hasta que colgaba encima de su espalda por la cuerda que lo había sujetado debajo de su barbilla. Hirata le miraba a la cara con calma. Era una cara cruel y ruda; una nariz ancha separaba a unos ojos profundos y malvados. La barbilla era cuadrada y firme, y una sombra azul escasamente escondía unas mejillas destrozadas por la sífilis. Este es un hombre que ha matado a muchos sin remordimiento, pensó Hirata. Y con la más mínima provocación, mataría de nuevo.
CONTINUARÁ.........
Un saludo
Buffu ikkan
Hola benas noches,
CONTINUACIÓN.....
LA ADVERTENCIA
“Me siento adulado que cree que tengo algo digno de ser un regalo para el gran Hideyoshi.” –dijo Hirata humildemente. “Pero como puede ver, esta es una casa simple. Tengo posesiones simples y mi arte es de mediocre calidad, más apta para quemar que para un obsequio.”
El samurai miró a Hirata fríamente. Es un hombre sagaz. No se como se ha enterado, pero sabe porque estoy. Aquí ahora veremos si es tan valiente como sagaz.
El samurai sacó su espada y la colocó contra la mejilla del artista. Con la presión más tenue, hizo un corte pequeño. Hirata se quedó inmóvil y silencioso mientras la sangre escurría por su barbilla y goteaba encima de su kimono blanco.
“No quiero su arte cruda ni sus posesiones simples.” -gruñía el samurai. “El regalo por el que he venido es su hija. ¡Traédmela enseguida!.
Hirata miró fijamente, sin emoción aparente, al samurai, pero a la medida que éste elevo la espada, golpeaba sus manos dos veces, y una chica joven entró desde el jardín. Era la muchacha más hermosa que había visto nunca el samurai, una figura pequeña y delicada, escasamente de 13 años, con una piel que era casi transparente, unas facciones perfectas, un tipo apuesto. De verás ella era un premio digno para cualquier rey. Su Señor estaría contento y le recompensaría generosamente.
“Actúa con sabiduría, no con honor ni con valentía.” –dijo el samurai con desprecio. “Le pago por su obsequio con su vida. Ven, Okane, la llevo a una vida muchísimo mejor. Una vida de servicio para nuestro Señor Hideyoshi.”
Con su espada todavía desvainada, el samurai cogió la mano de la asustada Okane, la llevó hasta la puerta. Ella no ofreció ninguna resistencia ni miraba a su padre, que no se había movido ni profería ninguna palabra. En la puerta, el samurai volvió hacía Hirata.
“Ahora sería un buen momento para que usted disfrute de algo de su té y sake.” Enfundó su espada y anduvo triunfalmente a lo largo de la calle de la aldea con Okane corriendo par ir a su paso.
La taberna estaba casi desierta cuando entraron el samurai con Okane. Inspeccionaba la sala grande desde la puerta, una precaución que se había convertido en costumbre en todas sus misiones. Estaba agotado por la constante vigilancia que tuvo que mantener desde su salida de la casa de Hirata y quería nada más que una buena comida, algo para beber y un poco de reposo. Estaba contento de ver al comerciante que había encontrado en su visita anterior consumiendo un manjar de arroz y pescado cocido en el distante rincón. Sus ojos se encontraron y el comerciante sonrió e indico que el samurai se uniera a él.
El samurai se sentó fatigosamente encima del delgado tatami que estaba extendido delante de la mesa y trago con ganas la copa de sake que le ofreció el comerciante. Okane se sentaba resentidamente a su lado, sus ojos mirando hacia abajo e hinchados con lágrimas sin derramar.
“Le doy las gracias por su hospitalidad y los consejos valiosos que me dio cuando nos encontramos la primera vez. Brindo por su salud y su futuro,” – dijo el samurai, y apuró una segunda copa de sake.
Ahora que estaba sentado sintió el cansancio recorrer su cuerpo. Se sentía mareado, como si hubiera bebido demasiado. Pero entonces sus brazos parecían de plomo, sus piernas palpitaban y un dolor punzante corría a través de su pecho. El comerciante sonreía y estaba hablando, pero tuvo que concentrarse mucho para oír lo que decía.
“Hirata le da las gracias por su regalo de la vida. Para pagarle ahora le quitará la carga de su hija indigna de sus cansados hombros. El siente que le pareciera bien rechazar su hospitalidad durante su visita a su casa. Sabe que era un descuido de su parte y ha mandado su sake favorito para aliviarle y calentarle.”
El comerciante se levantó y, cogiendo a Okane por la mano, anduvo lentamente hacía la puerta. El samurai quedó sentado, paralizado, sin poder pararle.
“Le advertí.” –dijo el comerciante mientras salía por la puerta.
“Hirata es un hombre tortuoso. Todos los ninjas somos hombres tortuosos”.
Fin.
Un saludo
Buffu ikkan
CONTINUACIÓN.....
LA ADVERTENCIA
“Me siento adulado que cree que tengo algo digno de ser un regalo para el gran Hideyoshi.” –dijo Hirata humildemente. “Pero como puede ver, esta es una casa simple. Tengo posesiones simples y mi arte es de mediocre calidad, más apta para quemar que para un obsequio.”
El samurai miró a Hirata fríamente. Es un hombre sagaz. No se como se ha enterado, pero sabe porque estoy. Aquí ahora veremos si es tan valiente como sagaz.
El samurai sacó su espada y la colocó contra la mejilla del artista. Con la presión más tenue, hizo un corte pequeño. Hirata se quedó inmóvil y silencioso mientras la sangre escurría por su barbilla y goteaba encima de su kimono blanco.
“No quiero su arte cruda ni sus posesiones simples.” -gruñía el samurai. “El regalo por el que he venido es su hija. ¡Traédmela enseguida!.
Hirata miró fijamente, sin emoción aparente, al samurai, pero a la medida que éste elevo la espada, golpeaba sus manos dos veces, y una chica joven entró desde el jardín. Era la muchacha más hermosa que había visto nunca el samurai, una figura pequeña y delicada, escasamente de 13 años, con una piel que era casi transparente, unas facciones perfectas, un tipo apuesto. De verás ella era un premio digno para cualquier rey. Su Señor estaría contento y le recompensaría generosamente.
“Actúa con sabiduría, no con honor ni con valentía.” –dijo el samurai con desprecio. “Le pago por su obsequio con su vida. Ven, Okane, la llevo a una vida muchísimo mejor. Una vida de servicio para nuestro Señor Hideyoshi.”
Con su espada todavía desvainada, el samurai cogió la mano de la asustada Okane, la llevó hasta la puerta. Ella no ofreció ninguna resistencia ni miraba a su padre, que no se había movido ni profería ninguna palabra. En la puerta, el samurai volvió hacía Hirata.
“Ahora sería un buen momento para que usted disfrute de algo de su té y sake.” Enfundó su espada y anduvo triunfalmente a lo largo de la calle de la aldea con Okane corriendo par ir a su paso.
La taberna estaba casi desierta cuando entraron el samurai con Okane. Inspeccionaba la sala grande desde la puerta, una precaución que se había convertido en costumbre en todas sus misiones. Estaba agotado por la constante vigilancia que tuvo que mantener desde su salida de la casa de Hirata y quería nada más que una buena comida, algo para beber y un poco de reposo. Estaba contento de ver al comerciante que había encontrado en su visita anterior consumiendo un manjar de arroz y pescado cocido en el distante rincón. Sus ojos se encontraron y el comerciante sonrió e indico que el samurai se uniera a él.
El samurai se sentó fatigosamente encima del delgado tatami que estaba extendido delante de la mesa y trago con ganas la copa de sake que le ofreció el comerciante. Okane se sentaba resentidamente a su lado, sus ojos mirando hacia abajo e hinchados con lágrimas sin derramar.
“Le doy las gracias por su hospitalidad y los consejos valiosos que me dio cuando nos encontramos la primera vez. Brindo por su salud y su futuro,” – dijo el samurai, y apuró una segunda copa de sake.
Ahora que estaba sentado sintió el cansancio recorrer su cuerpo. Se sentía mareado, como si hubiera bebido demasiado. Pero entonces sus brazos parecían de plomo, sus piernas palpitaban y un dolor punzante corría a través de su pecho. El comerciante sonreía y estaba hablando, pero tuvo que concentrarse mucho para oír lo que decía.
“Hirata le da las gracias por su regalo de la vida. Para pagarle ahora le quitará la carga de su hija indigna de sus cansados hombros. El siente que le pareciera bien rechazar su hospitalidad durante su visita a su casa. Sabe que era un descuido de su parte y ha mandado su sake favorito para aliviarle y calentarle.”
El comerciante se levantó y, cogiendo a Okane por la mano, anduvo lentamente hacía la puerta. El samurai quedó sentado, paralizado, sin poder pararle.
“Le advertí.” –dijo el comerciante mientras salía por la puerta.
“Hirata es un hombre tortuoso. Todos los ninjas somos hombres tortuosos”.
Fin.
Un saludo
Buffu ikkan
EL HOMBRE RICO Y EL PESCADOR
1:
El Hombre Rico vivía en una hermosa casa al borde del río.
Poseía todas las cosas apetecibles, comercios y tierras, pero no era feliz. Vivía atormentado por el pánico de perder todas sus riquezas.
Pero una cosa le atormentaba especialmente... cerca de su casa, vivía un humilde pescador con su familia.
Había visto muchas veces pasar a su pobre y miserable vecino, y éste siempre tenía un gesto de felicidad en su rostro, pese a todos sus problemas...
Al final, el Hombre Rico acudió a consultar a un anciano Asceta que vivía en el pueblo.
--Poseo tierras y bienes, mas no soy feliz, pues estoy atormentado con la certeza de perderlas.
--Es así, tu Karma está negro, porque muchas de tus riquezas fueron injustamente conseguidas, con prepotencias y engaños. Pero fíjate en tu pobre vecino, él es como los pájaros errantes. Es un pobre pescador, y nada posee. Mas cada día la suerte les depara, a él y a su esposa e hijos, todo lo necesario para vivir ese día.
--¡ Eso es lo que más me atormenta ! Ese hombre no posee nada, pero en cambio es feliz.
--Piensa que ese buen hombre, se pasa casi todas las horas meditando y orando, mientras que tú sólo amas la Riqueza. Por eso, está escrito que tu pobre vecino acabará poseyendo todos tus bienes.
--Eso es totalmente injusto...
--No, el azar ha sido muy generoso también contigo. Pagarás así tu culpa en esta vida, y así limpiaras tu Karma, y quedarás limpio cuando vuelvas a nacer.
2:
El Hombre Rico tomó una determinación: Vendió todas sus bienes, tiendas y propiedades, e hipotecó incluso su lujosa casa.
Con todo el dinero que reunió, visitó a los joyeros y compró un diamante azul, enorme, de valor incalculable. Lo guardaría siempre junto a él, y así su patrimonio jamás le sería arrebatado por su vecino el pescador.
Lleno de alegría, creyó resolver así su problema, y volvió a consultar al Asceta.
--Has hecho, precísamente, lo que no debías hacer. En lugar de meditar y orar, te has aferrado aún más a tu Riqueza. Tú mismo, mentecato, has dado los pasos para perder todas tus riquezas, y hacer que tu pobre vecino las disfrute.
El rico mercader estaba desesperado. Día y noche, aferraba y contemplaba aquel enorme diamante azul... hasta que una noche subió río arriba, y arrojó aquella enorme joya a las aguas...
--¡¡¡ Por lo menos así, ya he logrado que ese miserable parásito no llegue, jamás, a poseer todas mis riquezas !!!
3:
El humilde pescador acudió a la orilla del río, y extendió con sus manos una pequeña red.
Era una red muy pequeña, sólo deseaba coger lo necesario para vivir él y su familia, unas pocas truchas y barbos. Aquel hombe bondadoso no quería abusar de la generosidad del Río, que nos debe alimentar a todos.
Su esposa guisaría la mitad para comer, y la otra mitad la venderían en el mercado para comprar la sal y la grasa, y si era posible, un cuenco de arroz o un puñado de condimento.
Aquel día no hubo suerte, sólo un único barbo de gran tamaño. Pero no se entristeció con su suerte, pues aquel día, al menos, podrían comer.
Regresó a su hogar, depositó el pescado en la cocina, y comenzaron la tarea de limpiarlo y prepararlo para comer.
Al limpiar el vientre del barbo, el pobre pescador y su esposa se encontraron... un enorme diamante azul, de valor incalculable...

1:
El Hombre Rico vivía en una hermosa casa al borde del río.
Poseía todas las cosas apetecibles, comercios y tierras, pero no era feliz. Vivía atormentado por el pánico de perder todas sus riquezas.
Pero una cosa le atormentaba especialmente... cerca de su casa, vivía un humilde pescador con su familia.
Había visto muchas veces pasar a su pobre y miserable vecino, y éste siempre tenía un gesto de felicidad en su rostro, pese a todos sus problemas...
Al final, el Hombre Rico acudió a consultar a un anciano Asceta que vivía en el pueblo.
--Poseo tierras y bienes, mas no soy feliz, pues estoy atormentado con la certeza de perderlas.
--Es así, tu Karma está negro, porque muchas de tus riquezas fueron injustamente conseguidas, con prepotencias y engaños. Pero fíjate en tu pobre vecino, él es como los pájaros errantes. Es un pobre pescador, y nada posee. Mas cada día la suerte les depara, a él y a su esposa e hijos, todo lo necesario para vivir ese día.
--¡ Eso es lo que más me atormenta ! Ese hombre no posee nada, pero en cambio es feliz.
--Piensa que ese buen hombre, se pasa casi todas las horas meditando y orando, mientras que tú sólo amas la Riqueza. Por eso, está escrito que tu pobre vecino acabará poseyendo todos tus bienes.
--Eso es totalmente injusto...
--No, el azar ha sido muy generoso también contigo. Pagarás así tu culpa en esta vida, y así limpiaras tu Karma, y quedarás limpio cuando vuelvas a nacer.
2:
El Hombre Rico tomó una determinación: Vendió todas sus bienes, tiendas y propiedades, e hipotecó incluso su lujosa casa.
Con todo el dinero que reunió, visitó a los joyeros y compró un diamante azul, enorme, de valor incalculable. Lo guardaría siempre junto a él, y así su patrimonio jamás le sería arrebatado por su vecino el pescador.
Lleno de alegría, creyó resolver así su problema, y volvió a consultar al Asceta.
--Has hecho, precísamente, lo que no debías hacer. En lugar de meditar y orar, te has aferrado aún más a tu Riqueza. Tú mismo, mentecato, has dado los pasos para perder todas tus riquezas, y hacer que tu pobre vecino las disfrute.
El rico mercader estaba desesperado. Día y noche, aferraba y contemplaba aquel enorme diamante azul... hasta que una noche subió río arriba, y arrojó aquella enorme joya a las aguas...
--¡¡¡ Por lo menos así, ya he logrado que ese miserable parásito no llegue, jamás, a poseer todas mis riquezas !!!
3:
El humilde pescador acudió a la orilla del río, y extendió con sus manos una pequeña red.
Era una red muy pequeña, sólo deseaba coger lo necesario para vivir él y su familia, unas pocas truchas y barbos. Aquel hombe bondadoso no quería abusar de la generosidad del Río, que nos debe alimentar a todos.
Su esposa guisaría la mitad para comer, y la otra mitad la venderían en el mercado para comprar la sal y la grasa, y si era posible, un cuenco de arroz o un puñado de condimento.
Aquel día no hubo suerte, sólo un único barbo de gran tamaño. Pero no se entristeció con su suerte, pues aquel día, al menos, podrían comer.
Regresó a su hogar, depositó el pescado en la cocina, y comenzaron la tarea de limpiarlo y prepararlo para comer.
Al limpiar el vientre del barbo, el pobre pescador y su esposa se encontraron... un enorme diamante azul, de valor incalculable...

Mensaje de AKITA
HEY BUENAS
he leido el mensaje de Akita y me recuerda mucho a las enseñanzas ke me inculcaron de pekeño. Siempre he creido ke la paciencia es un principio importante y como decia mi maestro "no intentes conquistar un imperio en siete dias ni intentes comprender ideas que han tardado siglos en poder aflorar". con esto kiere decir ke todo lleva su tiempo. siempre he creido en un camino medio para todo y me ha gustado esa metafora del bambu. a los expertos os keria pedir ke si me podias recomendar algun libro de cultrua oriental sobre artes marciales, filosofia, historia, y demas. muchas gracias gente
he leido el mensaje de Akita y me recuerda mucho a las enseñanzas ke me inculcaron de pekeño. Siempre he creido ke la paciencia es un principio importante y como decia mi maestro "no intentes conquistar un imperio en siete dias ni intentes comprender ideas que han tardado siglos en poder aflorar". con esto kiere decir ke todo lleva su tiempo. siempre he creido en un camino medio para todo y me ha gustado esa metafora del bambu. a los expertos os keria pedir ke si me podias recomendar algun libro de cultrua oriental sobre artes marciales, filosofia, historia, y demas. muchas gracias gente
Hola buenas tardes,
LA TAZA VACIA
Según una vieja leyenda, un famoso guerrero, va de visita a la casa de un maestro Zen. Al llegar se presenta a éste, contándole de todos los títulos y aprendizajes que ha obtenido en años de sacrificados y largos estudios.
Después de tan sesuda presentación, le explica que ha venido a verlo para que le enseñe los secretos del conocimiento Zen.
Por toda respuesta el maestro se limita a invitarlo a sentarse y ofrecerle una taza de té.
Aparentemente distraído, sin dar muestras de mayor preocupación, el maestro vierte té en la taza del guerrero, y continúa vertiendo té aún después de que la taza está llena.
Consternado, el guerrero le advierte al maestro que la taza ya está llena, y que el té se escurre por la mesa.
El maestro le responde con tranquilidad "Exactamente señor. Usted ya viene con la taza llena, ¿cómo podría usted aprender algo?
Ante la expresión incrédula del guerrero el maestro enfatizó: " A menos que su taza esté vacía, no podrá aprender nada"
Un saludo
Buffu ikkan
LA TAZA VACIA
Según una vieja leyenda, un famoso guerrero, va de visita a la casa de un maestro Zen. Al llegar se presenta a éste, contándole de todos los títulos y aprendizajes que ha obtenido en años de sacrificados y largos estudios.
Después de tan sesuda presentación, le explica que ha venido a verlo para que le enseñe los secretos del conocimiento Zen.
Por toda respuesta el maestro se limita a invitarlo a sentarse y ofrecerle una taza de té.
Aparentemente distraído, sin dar muestras de mayor preocupación, el maestro vierte té en la taza del guerrero, y continúa vertiendo té aún después de que la taza está llena.
Consternado, el guerrero le advierte al maestro que la taza ya está llena, y que el té se escurre por la mesa.
El maestro le responde con tranquilidad "Exactamente señor. Usted ya viene con la taza llena, ¿cómo podría usted aprender algo?
Ante la expresión incrédula del guerrero el maestro enfatizó: " A menos que su taza esté vacía, no podrá aprender nada"
Un saludo
Buffu ikkan
Muy buenas a todos!
EL PEREGRINO
La nieve caía suavemente sobre el terreno blanco. Los árboles pelados se movían con lentitud al ritmo de la gélida brisa. El samurai Nekomichi Tomomori se arrebujó en su manto de pelo, importado de las tierras lejanas de España intentando refrenar el frío que había paralizado los dedos de sus pies. El invierno era particularmente duro en la región norte de Echigo. Hacía más de dos años desde la muerte de su señor Daisuke Tomomori, y como otros samurai, Nekomichi había caído en desgracia y convertido en ronin, un samurai sin señor. Algunos de sus compañeros habían dejado que sus vidas se relajaban y se vendían por un puñado de ryos como mercenarios y sicarios, pero Nekomichi y muchos otros, educados en el seno del Bushido, habían dedicado su vida a otros propósitos menos prosaicos. Él, por ejemplo había tomado como decisión realizar el Musha Shugyo y se había convertido en un ronin en busca de cierta iluminación que su propio señor Daisuke no pudo alcanzar.
A la memoria de Nekomichi solían acudir imágenes de sus clases de literatura, de esgrima e incluso antes de que Japón cerrará en banda las fronteras al occidente, filosofía occidental. Sabía que el daimyo Takeda no era partidario de entablar relaciones con los extranjeros, pero aún así no impedía la entrada de holandeses, portugueses y especialmente jesuitas o franciscanos españoles, a los que el anciano señor sí profesaba respeto.
Al girar en un recodo de la elevación que le separaba del pueblo hacia el que se dirigía, pudo ver que, el camino que solía frecuentar en otros tiempos, había desaparecido, al menos en apariencia, bajo la nieve. Nekomichi miró a un lado y a otro sin detener sus pasos, buscando el cobijo de las elevaciones. Diez minutos después comenzó a sospechar que se había perdido. Hacía dos años, su esposa se lo habría avisado y el lo habría negado, pero ahora su esposa yacía enferma en la residencia del señor en Kai y no compartía su viaje. De hecho hacía dos años que no la veía. Una lágrima rodó por su rostro hasta casi helarse antes de caer a la pelliza que le cubría. Una vez encontró algo de refugio, se arrodilló para intentar descubrir el camino que buscaba. Frenética y desesperadamente escarbaba en la nieve, casi sin darse cuenta de que sus dedos tomaban una tonalidad azulada preocupante, y su frondoso bigote se escarchaba irrefrenablemente. El camino ya no estaba allí y lo peor de todo es que el pueblo tampoco parecía querer mostrar sus habitualmente alegres luces que reconfortaban al viajero. Llevó su mano izquierda a la cintura y palpó el pomo de su katana. El calor volvió a sus mejillas por un instante, pero no fue suficiente. Se desplomó muerto de frío y cansancio, mientras sus ojos entrecerrados oscurecían el mundo blanco a su alrededor a excepción de una luz peregrina que corría colina abajo hacia él.
Despertó hacia el atardecer. Sobre su frente un paño caliente se enfriaba por momentos. Lentamente. Igual que caía la nieve sobre el camino hacia... se incorporó penosamente. El paño de la frente cayó con un ruido seco, igual que las cabezas cortadas de los condenados a muerte, que solía ser comparado con el sonido de la flor de la peonía al marchitarse. A su izquierda, perfectamente colocada en un tokonoma de madera negra, y con el sageo doblado exquisitamente, su daisho descansaba, alejado de sus febriles manos. A su derecha una tetera humeante y una taza vacía. El panel de arroz tras ella se descorrió con sequedad y en su vano apareció un hombre maduro pero aún joven, cubierto con las ropas de un monje komuso. Un monje del vacío, que había consagrado su vida al Zen y a la meditación en soledad.
• ¡Vaya!- habló el monje con voz calmada- Veo que os reponéis con rapidez. Vuestra fiebre había subido preocupantemente estos últimos días.
• ¿Últimos días?- Nekomichi se percató de que no sabía cuanto tiempo llevaba allí- ¿Quién eres tu? ¿Cuánto tiempo llevo aquí? Y ya puestos, ¿dónde estoy?
• Muchas preguntas, amigo. Esas son muchas preguntas aún.- el monje derramó un poco de té caliente en la taza y sobre el pavimento- ¡Caray que caliente está esto!
CONTINUARÁ...
EL PEREGRINO
La nieve caía suavemente sobre el terreno blanco. Los árboles pelados se movían con lentitud al ritmo de la gélida brisa. El samurai Nekomichi Tomomori se arrebujó en su manto de pelo, importado de las tierras lejanas de España intentando refrenar el frío que había paralizado los dedos de sus pies. El invierno era particularmente duro en la región norte de Echigo. Hacía más de dos años desde la muerte de su señor Daisuke Tomomori, y como otros samurai, Nekomichi había caído en desgracia y convertido en ronin, un samurai sin señor. Algunos de sus compañeros habían dejado que sus vidas se relajaban y se vendían por un puñado de ryos como mercenarios y sicarios, pero Nekomichi y muchos otros, educados en el seno del Bushido, habían dedicado su vida a otros propósitos menos prosaicos. Él, por ejemplo había tomado como decisión realizar el Musha Shugyo y se había convertido en un ronin en busca de cierta iluminación que su propio señor Daisuke no pudo alcanzar.
A la memoria de Nekomichi solían acudir imágenes de sus clases de literatura, de esgrima e incluso antes de que Japón cerrará en banda las fronteras al occidente, filosofía occidental. Sabía que el daimyo Takeda no era partidario de entablar relaciones con los extranjeros, pero aún así no impedía la entrada de holandeses, portugueses y especialmente jesuitas o franciscanos españoles, a los que el anciano señor sí profesaba respeto.
Al girar en un recodo de la elevación que le separaba del pueblo hacia el que se dirigía, pudo ver que, el camino que solía frecuentar en otros tiempos, había desaparecido, al menos en apariencia, bajo la nieve. Nekomichi miró a un lado y a otro sin detener sus pasos, buscando el cobijo de las elevaciones. Diez minutos después comenzó a sospechar que se había perdido. Hacía dos años, su esposa se lo habría avisado y el lo habría negado, pero ahora su esposa yacía enferma en la residencia del señor en Kai y no compartía su viaje. De hecho hacía dos años que no la veía. Una lágrima rodó por su rostro hasta casi helarse antes de caer a la pelliza que le cubría. Una vez encontró algo de refugio, se arrodilló para intentar descubrir el camino que buscaba. Frenética y desesperadamente escarbaba en la nieve, casi sin darse cuenta de que sus dedos tomaban una tonalidad azulada preocupante, y su frondoso bigote se escarchaba irrefrenablemente. El camino ya no estaba allí y lo peor de todo es que el pueblo tampoco parecía querer mostrar sus habitualmente alegres luces que reconfortaban al viajero. Llevó su mano izquierda a la cintura y palpó el pomo de su katana. El calor volvió a sus mejillas por un instante, pero no fue suficiente. Se desplomó muerto de frío y cansancio, mientras sus ojos entrecerrados oscurecían el mundo blanco a su alrededor a excepción de una luz peregrina que corría colina abajo hacia él.
Despertó hacia el atardecer. Sobre su frente un paño caliente se enfriaba por momentos. Lentamente. Igual que caía la nieve sobre el camino hacia... se incorporó penosamente. El paño de la frente cayó con un ruido seco, igual que las cabezas cortadas de los condenados a muerte, que solía ser comparado con el sonido de la flor de la peonía al marchitarse. A su izquierda, perfectamente colocada en un tokonoma de madera negra, y con el sageo doblado exquisitamente, su daisho descansaba, alejado de sus febriles manos. A su derecha una tetera humeante y una taza vacía. El panel de arroz tras ella se descorrió con sequedad y en su vano apareció un hombre maduro pero aún joven, cubierto con las ropas de un monje komuso. Un monje del vacío, que había consagrado su vida al Zen y a la meditación en soledad.
• ¡Vaya!- habló el monje con voz calmada- Veo que os reponéis con rapidez. Vuestra fiebre había subido preocupantemente estos últimos días.
• ¿Últimos días?- Nekomichi se percató de que no sabía cuanto tiempo llevaba allí- ¿Quién eres tu? ¿Cuánto tiempo llevo aquí? Y ya puestos, ¿dónde estoy?
• Muchas preguntas, amigo. Esas son muchas preguntas aún.- el monje derramó un poco de té caliente en la taza y sobre el pavimento- ¡Caray que caliente está esto!
CONTINUARÁ...
CONTINUACIÓN...
Secó con un trapo el exceso de té derramado y se sentó con las piernas cruzadas frente al samurai. Nekomichi no llevaba el mon de su clan ni el de su familia.
• No tenéis distintivos ni blasones, samurai, pero lleváis daisho.- resolvió finalmente, tendiendo la taza de té.- ¿Sois un Hombre de las Olas?
• No sabía que los komusos se preocuparan por esas cosas- inquirió incómodo Nekomichi. El monje sonrió.
• No quería importunaros. Antes era guerrero a las órdenes del señor Uesugi y...
El rostro de Nekomichi se tornó duro casi sin querer. El komuso apreció el cambió y comprendió. El sageo de colores marrones de la katana del samurai eran su único blasón ahora. Pertenecía al clan de Takeda Shingen, el enemigo directo de Uesugi Kenshin, su antiguo señor, conocido como Kagetora, La Sombra del Tigre.
• Tranquilo samurai-sama, ya no pertenezco a la casta y la guerra no me mueve nada más que a la compasión.
• Mi nombre es Nekomichi Tomomori.- respondió, relajándose- Soy un ronin en el camino del peregrino.
• Hmmm... Tomomori.- el monje se rascó el mentón afeitado.- ¿Fuisteis samurai al servicio de Daisuke Tomomori?
Nekomichi asintió en silencio. Apuró poco a poco la taza de té, entre el silencio de la sala, interrumpido por los soplos del viento en el exterior de la cabaña.
• Mi nombre es Akechi Mizoguchi. Pero me llaman Mizoguchi a secas. Nunca más Akechi.
• Domo arigatou gozaimasute, Mizoguchi-san - agradeció el samurai- Habría muerto de no ser por vos. ¿Cómo podría compensar las molestias que os he causado? Soy vagabundo y no dispongo de mucho dinero.
• No ansío la riqueza de un ronin en busca de iluminación- el monje volvió a sonreír preparando otra taza de té.- Sólo espero que os recuperéis y que podáis continuar vuestro camino.
El samurai sorbió un poco de té y sintió las fuerzas renovadas fluir en su interior. El monje le había dado una calma que no tenía desde hace mucho tiempo. En los ojos de Mizoguchi contempló la cercanía del Vacío y sintió envidia. Casi de inmediato se reprendió en silencio por ello. Tenía ganas de poder hablar en calma con el que en tiempos fue su enemigo para saber de qué forma había conseguido ver la luz del Zen, pero los recuerdos de sus estudios se confirmaban en las palabras del monje diez días después, cuando la nieve hubo remitido:
• Querido amigo, la iluminación no me ha llegado, ni creo que lo haga- comentaba en un paseo matinal- Y aunque la hubiera alcanzado, no creo que ese fuera tu camino. Cada ser tiene que caminar su propia senda hacia el Vacío.
• ¡Desde luego no es un juego de niños!- rió con fuerza Nekomichi. La risa del monje resonó estruendosa en las montañas.
• ¡Desde luego que no! Ni de ancianos tampoco. Es personal e interior a cada uno. Tu la buscas peregrinando y por medio de la espada. El Kendo y el Kenjutsu es tu camino. Para mi, las armas no me acercaron más que al sufrimiento de mis seres queridos, por lo que decidí retirarme a las montañas.
• ¿Y qué dijo tu daimyo al respecto?
• Mi señor, en oposición a lo que los Takeda piensan, no es un sencillo bárbaro sin educación. Es un hombre culto y estudioso como compete a todo samurai. Gran estratega y mejor filósofo.
• ¿Me estás hablando de Kagetora? ¿Realmente estuviste al servicio directo de Uesugi Kenshin?
• Si. Él me dio permiso para retirarme de entre las filas de sus Sohei, los monjes guerreros que le servían desde la provincia de Mutsu. Estuvo mucho tiempo a mi cargo. Pero al final, su camino no era el mío. Yo no quería ceder a las presiones militares del Shogunato.
CONTINUARÁ...
Secó con un trapo el exceso de té derramado y se sentó con las piernas cruzadas frente al samurai. Nekomichi no llevaba el mon de su clan ni el de su familia.
• No tenéis distintivos ni blasones, samurai, pero lleváis daisho.- resolvió finalmente, tendiendo la taza de té.- ¿Sois un Hombre de las Olas?
• No sabía que los komusos se preocuparan por esas cosas- inquirió incómodo Nekomichi. El monje sonrió.
• No quería importunaros. Antes era guerrero a las órdenes del señor Uesugi y...
El rostro de Nekomichi se tornó duro casi sin querer. El komuso apreció el cambió y comprendió. El sageo de colores marrones de la katana del samurai eran su único blasón ahora. Pertenecía al clan de Takeda Shingen, el enemigo directo de Uesugi Kenshin, su antiguo señor, conocido como Kagetora, La Sombra del Tigre.
• Tranquilo samurai-sama, ya no pertenezco a la casta y la guerra no me mueve nada más que a la compasión.
• Mi nombre es Nekomichi Tomomori.- respondió, relajándose- Soy un ronin en el camino del peregrino.
• Hmmm... Tomomori.- el monje se rascó el mentón afeitado.- ¿Fuisteis samurai al servicio de Daisuke Tomomori?
Nekomichi asintió en silencio. Apuró poco a poco la taza de té, entre el silencio de la sala, interrumpido por los soplos del viento en el exterior de la cabaña.
• Mi nombre es Akechi Mizoguchi. Pero me llaman Mizoguchi a secas. Nunca más Akechi.
• Domo arigatou gozaimasute, Mizoguchi-san - agradeció el samurai- Habría muerto de no ser por vos. ¿Cómo podría compensar las molestias que os he causado? Soy vagabundo y no dispongo de mucho dinero.
• No ansío la riqueza de un ronin en busca de iluminación- el monje volvió a sonreír preparando otra taza de té.- Sólo espero que os recuperéis y que podáis continuar vuestro camino.
El samurai sorbió un poco de té y sintió las fuerzas renovadas fluir en su interior. El monje le había dado una calma que no tenía desde hace mucho tiempo. En los ojos de Mizoguchi contempló la cercanía del Vacío y sintió envidia. Casi de inmediato se reprendió en silencio por ello. Tenía ganas de poder hablar en calma con el que en tiempos fue su enemigo para saber de qué forma había conseguido ver la luz del Zen, pero los recuerdos de sus estudios se confirmaban en las palabras del monje diez días después, cuando la nieve hubo remitido:
• Querido amigo, la iluminación no me ha llegado, ni creo que lo haga- comentaba en un paseo matinal- Y aunque la hubiera alcanzado, no creo que ese fuera tu camino. Cada ser tiene que caminar su propia senda hacia el Vacío.
• ¡Desde luego no es un juego de niños!- rió con fuerza Nekomichi. La risa del monje resonó estruendosa en las montañas.
• ¡Desde luego que no! Ni de ancianos tampoco. Es personal e interior a cada uno. Tu la buscas peregrinando y por medio de la espada. El Kendo y el Kenjutsu es tu camino. Para mi, las armas no me acercaron más que al sufrimiento de mis seres queridos, por lo que decidí retirarme a las montañas.
• ¿Y qué dijo tu daimyo al respecto?
• Mi señor, en oposición a lo que los Takeda piensan, no es un sencillo bárbaro sin educación. Es un hombre culto y estudioso como compete a todo samurai. Gran estratega y mejor filósofo.
• ¿Me estás hablando de Kagetora? ¿Realmente estuviste al servicio directo de Uesugi Kenshin?
• Si. Él me dio permiso para retirarme de entre las filas de sus Sohei, los monjes guerreros que le servían desde la provincia de Mutsu. Estuvo mucho tiempo a mi cargo. Pero al final, su camino no era el mío. Yo no quería ceder a las presiones militares del Shogunato.
CONTINUARÁ...
CONTINUACIÓN...
Nekomichi meditó acerca de esas palabras. ¿Podía tener sentido retirarse tan flagrantemente del servicio del shogun? ¿Era realmente la búsqueda interior más importante que los deseos de un superior?
• Sé lo que te estás preguntando ahora mismo, samurai. No es algo egoísta. Para mi, mi camino me unirá a la naturaleza del Zen. Me unirá a la música celestial que todos oímos en el momento de morir y las notas en vida de mi sakuhachi las oirán todos aquellos que me sigan en la búsqueda. Y completarán un camino del que yo solo seré un guijarro.
• La vida seglar debe ser regida por algún motivo que te empeñas en ocultarme. ¿Qué es lo que haces en realidad aislado de todo el mundo?
• ¡Oh! ¡Pero no vivo aislado en absoluto!- el monje se detuvo y recogió unas hierbas de un claro seco- Yo también soy peregrino en temporadas. Pero camino otras sendas para llegar al mismo punto que tu. La gente me visita y no rechazo su compañía. No soy huraño a los viajeros... !o por lo menos no dicen eso de mi!
• ¡Yo no lo diré, seguro! Pero de todas formas creo que hay algo que guardas como un tesoro.
• Ese es mi secreto a voces, Nekomichi- respondió seriamente el monje- En el Budo hay un largo camino hacia la iluminación, pero tortuoso. Así como la flecha Haya se deja ir en el gesto de Hanare , permitiendo que rompa el aire y desestabilice el equilibrio del Zen, debemos lanzar una flecha Otoya para recomponer lo que hemos hecho. Es la ley de la vida- Mizoguchi detuvo sus pasos y golpeó suavemente la rama de un árbol para hacer caer la nieve.- ¿Has visto el gesto de la hoja?
• Sí. Tiene relación con lo que me cuentas. Aprendí cuando era niño que la naturaleza es la representación de aquello que nosotros buscamos, ¿me equivoco?
• No fallas, pero te falta precisión- le contestó guiñándole un ojo- La hoja no está provista de ser como nosotros lo entendemos y por eso actúa de esta forma. El peso de la nieve aún no la hacía doblarse, pero ten por seguro que lo habría hecho antes de partirse, y tranquilamente habría vuelto, como has visto a su posición inicial, de forma natural y desapegada de todo entorno material. Bien, así debemos ser nosotros. O mejor dicho, así debemos no- ser .
• Me estás haciendo un lío tremendo, Mizoguchi. Creo que comprendo tu fin, pero no el medio. Mi sensei me enseñó que el apego a lo que te ofrecen tus sentidos te hace torpe, predecible- los recuerdos se agolpaban en la cabeza del rônin- Decía que debíamos actuar de forma que nuestra reacción fuera algo instintivo, asumido por nuestro no- ser . ¿Te refieres a eso?
• Exactamente, exactamente- afirmó con suma alegría y satisfacción el monje- Debes doblarte antes de partirte definitivamente y hacerlo a la perfección implica hacerflo de manera inconsciente, igual que un niño se lleva la mano a la rodilla cuando cae y se araña.
• Entonces, lo que me intriga es por qué el ejemplo del Kyudo .
• Nekomichi, amigo mío, echaba en falta conversaciones como esta- respondió. El monje parecía más que satisfecho y en cierto modo ansioso- Como te he mencionado, en Kyudo disparamos dos flechas, una desequilibra el universo, y la otra lo devuelve a su estado natural. Así, la hoja, sea por mi acción de gopearla, o sea por el peso, se dobla y suelta la carga. Se desequilibra para sobrevivir. Pero siempre vuelve a su posición inicial. ¡Y todo eso sin pensarlo! ¿No es sabia la naturaleza?
• Y maravillosa, por ende. Y, dime, ¿qué fue lo que te atrajo de esta vida desapegada al principio que no podía ofrecerte el Budo ?
• Bu, para muchos samurai, la mayoría de hecho, significa guerra, o hacer la guerra. Pero mirando atrás en el tiempo, hayamos otro significado, otro kanji para esta idea. Y su significado es cejar en el combate, dejar la lucha. Creo que la mejor forma de ganar las batallas es sabiendo fehacientemente como no disputarlas. Ese concepto, después de una vida de guerras interminables, acabó por capturar la pieza definitiva en el tablero e Go de mi ser. La vida del Budo ancestral capturó mi camino desde entonces.
Nekomichi miraba atónito a Mizoguchi. Habían sido enemigos hacía unos años, y, en ese instante, deseó poder disfrutar de su compañía durante una vida entera. Realmente creía estar frente a alguien que había encontrado su camino hacia la unión con los Kami. Entendía ahora que Kagetora o el Shogun o incluso el mismísimo Mikado si se hubiera dado el caso, le otorgaran el don del retiro. Realmente ellos comprendían a esta pequeña maravilla del ser humano- ¿o debería decir del no- ser humano?- porque estaban más cerca de los dioses en la escala celestial, e incluso él, un samurai perdido entre la nieve, se sentía ahora más próximo, pues había compartido un pedacito de la luz que irradiaba el komuso .
CONTINUARÁ...
Nekomichi meditó acerca de esas palabras. ¿Podía tener sentido retirarse tan flagrantemente del servicio del shogun? ¿Era realmente la búsqueda interior más importante que los deseos de un superior?
• Sé lo que te estás preguntando ahora mismo, samurai. No es algo egoísta. Para mi, mi camino me unirá a la naturaleza del Zen. Me unirá a la música celestial que todos oímos en el momento de morir y las notas en vida de mi sakuhachi las oirán todos aquellos que me sigan en la búsqueda. Y completarán un camino del que yo solo seré un guijarro.
• La vida seglar debe ser regida por algún motivo que te empeñas en ocultarme. ¿Qué es lo que haces en realidad aislado de todo el mundo?
• ¡Oh! ¡Pero no vivo aislado en absoluto!- el monje se detuvo y recogió unas hierbas de un claro seco- Yo también soy peregrino en temporadas. Pero camino otras sendas para llegar al mismo punto que tu. La gente me visita y no rechazo su compañía. No soy huraño a los viajeros... !o por lo menos no dicen eso de mi!
• ¡Yo no lo diré, seguro! Pero de todas formas creo que hay algo que guardas como un tesoro.
• Ese es mi secreto a voces, Nekomichi- respondió seriamente el monje- En el Budo hay un largo camino hacia la iluminación, pero tortuoso. Así como la flecha Haya se deja ir en el gesto de Hanare , permitiendo que rompa el aire y desestabilice el equilibrio del Zen, debemos lanzar una flecha Otoya para recomponer lo que hemos hecho. Es la ley de la vida- Mizoguchi detuvo sus pasos y golpeó suavemente la rama de un árbol para hacer caer la nieve.- ¿Has visto el gesto de la hoja?
• Sí. Tiene relación con lo que me cuentas. Aprendí cuando era niño que la naturaleza es la representación de aquello que nosotros buscamos, ¿me equivoco?
• No fallas, pero te falta precisión- le contestó guiñándole un ojo- La hoja no está provista de ser como nosotros lo entendemos y por eso actúa de esta forma. El peso de la nieve aún no la hacía doblarse, pero ten por seguro que lo habría hecho antes de partirse, y tranquilamente habría vuelto, como has visto a su posición inicial, de forma natural y desapegada de todo entorno material. Bien, así debemos ser nosotros. O mejor dicho, así debemos no- ser .
• Me estás haciendo un lío tremendo, Mizoguchi. Creo que comprendo tu fin, pero no el medio. Mi sensei me enseñó que el apego a lo que te ofrecen tus sentidos te hace torpe, predecible- los recuerdos se agolpaban en la cabeza del rônin- Decía que debíamos actuar de forma que nuestra reacción fuera algo instintivo, asumido por nuestro no- ser . ¿Te refieres a eso?
• Exactamente, exactamente- afirmó con suma alegría y satisfacción el monje- Debes doblarte antes de partirte definitivamente y hacerlo a la perfección implica hacerflo de manera inconsciente, igual que un niño se lleva la mano a la rodilla cuando cae y se araña.
• Entonces, lo que me intriga es por qué el ejemplo del Kyudo .
• Nekomichi, amigo mío, echaba en falta conversaciones como esta- respondió. El monje parecía más que satisfecho y en cierto modo ansioso- Como te he mencionado, en Kyudo disparamos dos flechas, una desequilibra el universo, y la otra lo devuelve a su estado natural. Así, la hoja, sea por mi acción de gopearla, o sea por el peso, se dobla y suelta la carga. Se desequilibra para sobrevivir. Pero siempre vuelve a su posición inicial. ¡Y todo eso sin pensarlo! ¿No es sabia la naturaleza?
• Y maravillosa, por ende. Y, dime, ¿qué fue lo que te atrajo de esta vida desapegada al principio que no podía ofrecerte el Budo ?
• Bu, para muchos samurai, la mayoría de hecho, significa guerra, o hacer la guerra. Pero mirando atrás en el tiempo, hayamos otro significado, otro kanji para esta idea. Y su significado es cejar en el combate, dejar la lucha. Creo que la mejor forma de ganar las batallas es sabiendo fehacientemente como no disputarlas. Ese concepto, después de una vida de guerras interminables, acabó por capturar la pieza definitiva en el tablero e Go de mi ser. La vida del Budo ancestral capturó mi camino desde entonces.
Nekomichi miraba atónito a Mizoguchi. Habían sido enemigos hacía unos años, y, en ese instante, deseó poder disfrutar de su compañía durante una vida entera. Realmente creía estar frente a alguien que había encontrado su camino hacia la unión con los Kami. Entendía ahora que Kagetora o el Shogun o incluso el mismísimo Mikado si se hubiera dado el caso, le otorgaran el don del retiro. Realmente ellos comprendían a esta pequeña maravilla del ser humano- ¿o debería decir del no- ser humano?- porque estaban más cerca de los dioses en la escala celestial, e incluso él, un samurai perdido entre la nieve, se sentía ahora más próximo, pues había compartido un pedacito de la luz que irradiaba el komuso .
CONTINUARÁ...
Hola buenas noches,
El moscardón y el maestro
El calor del verano era sofocante y el sudor corría por la frente del samurai. En el engawa del dojo unas pequeñas campanillas furin pendían de la entrada. Ni siquiera una ligera brisa les arrancaba el mas mínimo sonido.
El hombre descalzó sus zoris y subió al entarimado de madera de la entrada, saludo con una reverencia al primogénito del maestro de kenjutsu a cuya lección del día pretendía asistir.
La fama de este maestro era conocida en varias provincias aunque se decía que la edad y la enfermedad estaban minando lentamente la salud del anciano. Pronto su hijo heredaría la escuela y enseñaría en su lugar.
El samurai, afiliado a un clan y experto también en el manejo de la katana y en las técnicas de combate de su propio ryu, tenia permiso expreso de su señor para recorrer el país como lo hacían otros muchos samurais y ronin en estos tiempos de relativa paz después que los Tokugawa asumieran la dirección del país.
Los alumnos se sentaban en seiza, alineados a lo largo de la pared, en actitud concentrada y respetuosa, esperando la entrada del maestro. El samurai fue conducido por el primogénito hasta el lugar de honor y ambos tomaron asiento, plegando con cuidado sus hakamas. Casi enseguida sus semblantes se volvieron inexpresivos, mirando al frente y entrando en un estado de meditación y recogimiento.
En el silencio del lugar se oía como un trueno, por encima del lejano rumor de las semi eternamente presentes en el verano, el zumbido de un moscardón que vagaba de un lado a otro, posándose donde se le antojaba.
Un instante después el anciano maestro hizo su entrada deslizando muy suavemente sus pies sobre la pulida madera. Después de los saludos rituales, su figura erguida en el centro de la sala era la imagen perfecta del guerrero a punto de comenzar un combate, ese estado de calma, de vacío, de presencia en el instante y a la vez distancia y desapego, característico de los practicantes formados en la Vía.
El maestro desenvaino su katana y en un solo movimiento, continuo, sin interrupciones ni cambios de ritmo perceptibles, trazo dos tajos perfectos en el aire que habrían sido suficientes para terminar con la vida de un enemigo imaginario. La kata continuo.
El silbido producido por la hoja de la espada, similar al de un junco agitado en el aire, pero infinitamente mortal en su sencillez. El tenue deslizar de los pies. el ruido seco de las ropas. Eran los únicos sonidos que se escuchaban. Pero no, también estaba el del dichoso moscardón que había tomado obcecado interés en el maestro y estaba posándose en una de sus manos, justo en uno de los momentos de mayor tensión interior...
El maestro, impasible, continuo la kata, aparentemente ajeno a la tozudez del insecto. Pero al finalizar uno de los giros, cambio el movimiento y lanzo un tajo hacia la pequeña figura negra que escapo milagrosamente.
El samurai tomo nota del hecho, la hoja había pasado muy cerca pero si la intención era lucirse cortando en el aire al moscardón, el maestro había fallado en su intento.
Cuando al fin el maestro desapareció por una puerta situada al final de la sala, los alumnos levantaron sus frentes del suelo y salieron en silencio, preparándose para una sesión de entrenamiento.
El samurai se acerco al hijo del maestro y comento en voz baja:
- Es una lastima que el maestro se haga anciano y pierda el pulso que le ha hecho legendario en todo Japón.
- ¿Por que lo dices? - contesto el primoogénito.
- Porque al lanzar ese tajo al moscardónn no ha conseguido alcanzarle, quizás por milímetros, pero se le ha escapado.
El otro hombre sonrió.
- Cierto, ha escapado vivo. Pero no te eequivoques... ya no podrá tener descendencia....
Un saludo
Buffu ikkan
El moscardón y el maestro
El calor del verano era sofocante y el sudor corría por la frente del samurai. En el engawa del dojo unas pequeñas campanillas furin pendían de la entrada. Ni siquiera una ligera brisa les arrancaba el mas mínimo sonido.
El hombre descalzó sus zoris y subió al entarimado de madera de la entrada, saludo con una reverencia al primogénito del maestro de kenjutsu a cuya lección del día pretendía asistir.
La fama de este maestro era conocida en varias provincias aunque se decía que la edad y la enfermedad estaban minando lentamente la salud del anciano. Pronto su hijo heredaría la escuela y enseñaría en su lugar.
El samurai, afiliado a un clan y experto también en el manejo de la katana y en las técnicas de combate de su propio ryu, tenia permiso expreso de su señor para recorrer el país como lo hacían otros muchos samurais y ronin en estos tiempos de relativa paz después que los Tokugawa asumieran la dirección del país.
Los alumnos se sentaban en seiza, alineados a lo largo de la pared, en actitud concentrada y respetuosa, esperando la entrada del maestro. El samurai fue conducido por el primogénito hasta el lugar de honor y ambos tomaron asiento, plegando con cuidado sus hakamas. Casi enseguida sus semblantes se volvieron inexpresivos, mirando al frente y entrando en un estado de meditación y recogimiento.
En el silencio del lugar se oía como un trueno, por encima del lejano rumor de las semi eternamente presentes en el verano, el zumbido de un moscardón que vagaba de un lado a otro, posándose donde se le antojaba.
Un instante después el anciano maestro hizo su entrada deslizando muy suavemente sus pies sobre la pulida madera. Después de los saludos rituales, su figura erguida en el centro de la sala era la imagen perfecta del guerrero a punto de comenzar un combate, ese estado de calma, de vacío, de presencia en el instante y a la vez distancia y desapego, característico de los practicantes formados en la Vía.
El maestro desenvaino su katana y en un solo movimiento, continuo, sin interrupciones ni cambios de ritmo perceptibles, trazo dos tajos perfectos en el aire que habrían sido suficientes para terminar con la vida de un enemigo imaginario. La kata continuo.
El silbido producido por la hoja de la espada, similar al de un junco agitado en el aire, pero infinitamente mortal en su sencillez. El tenue deslizar de los pies. el ruido seco de las ropas. Eran los únicos sonidos que se escuchaban. Pero no, también estaba el del dichoso moscardón que había tomado obcecado interés en el maestro y estaba posándose en una de sus manos, justo en uno de los momentos de mayor tensión interior...
El maestro, impasible, continuo la kata, aparentemente ajeno a la tozudez del insecto. Pero al finalizar uno de los giros, cambio el movimiento y lanzo un tajo hacia la pequeña figura negra que escapo milagrosamente.
El samurai tomo nota del hecho, la hoja había pasado muy cerca pero si la intención era lucirse cortando en el aire al moscardón, el maestro había fallado en su intento.
Cuando al fin el maestro desapareció por una puerta situada al final de la sala, los alumnos levantaron sus frentes del suelo y salieron en silencio, preparándose para una sesión de entrenamiento.
El samurai se acerco al hijo del maestro y comento en voz baja:
- Es una lastima que el maestro se haga anciano y pierda el pulso que le ha hecho legendario en todo Japón.
- ¿Por que lo dices? - contesto el primoogénito.
- Porque al lanzar ese tajo al moscardónn no ha conseguido alcanzarle, quizás por milímetros, pero se le ha escapado.
El otro hombre sonrió.
- Cierto, ha escapado vivo. Pero no te eequivoques... ya no podrá tener descendencia....
Un saludo
Buffu ikkan
Durante diez días más Nekomichi compartió la casa de Mizoguchi. Charlaron largo y tendido acerca de las batallas vividas, de cuando el komuso visitó a Daisuke siendo este aún niño, y de muchas otras cosas que no resolverían la vida de ningún hombre. De hecho, Nekomichi se fue de allí dejando atrás un amigo. Un amigo que fue un enemigo hace tiempo.
"El higado de mi enemigo es la mejor vaina para mi espada"
"No hay mayor enemigo que la propia ignorancia"
"La espada mas afilada es aquella que permanece en la funda".
FIN
"El higado de mi enemigo es la mejor vaina para mi espada"
"No hay mayor enemigo que la propia ignorancia"
"La espada mas afilada es aquella que permanece en la funda".
FIN
Hola buenas noches,
Historia de Miau.
Un samurai, feroz guerrero, pescaba apacilemente a la orilla de un río. Pescó un pez y se disponía a cocinarlo cuando el gato, oculto bajo una mata, dio un salto y le robó su presa. Al darse cuenta, el samurai se enfureció, sacó su sable y de un golpe partió el gato en dos. Este guerrero era un budista ferviente y el remordimiento de haber matado a un ser vivo no le dejaba luego vivir en paz.
Al entrar en casa, el susurro del viento en los árboles murmuraba miau.
Las personas con la que se cruzaba parecían decirle miau.
La mirada de los niños reflejaba maullidos.
Cuando se acercaba, sus amigos maullaban sin cesar.
Todos los lugares y las circunstancias proferían miaus lacinantes.
De noche no soñaba más que miaus.
De día, cada sonido, pensamiento o acto de su vida se transformaba en miau.
El mismo se había convertido en un maullido...
Su estado no hacía más que empeorar. La obsesión le perseguía, le torturaba sin tregua ni descanso. No pudiendo acabar con los maullidos, fue al temploa pedir consejo a un viejo maestro Zen.
-Por favor, te lo suplico, ayúdame, libérame.
El Maestro le respondió:
-Eres un guerrero, ¿cómo has podido caer tan bajo? Si no puedes vencer por ti mismo los miaus, mereces la muerte. No tienes otra solución que hacerte el haraquiri. Aquí y ahora. -Y añadió-: Sin embargo, soy monje y tengo piedad de ti. Cuando comiences a abrirte el vientre, te cortaré la cabeza con mi sable para abreviar tus sufrimientos.
El samurai accedió y, a pesar de su miedo a la muerte, se preparó para la ceremonia. Cuando todo estuvo dispuesto, se sentó sobre sus rodillas, tomó su puñal con ambas manos y lo orientó hacia el vientre. Detrás de él, de pie, el Maestro blandía su sable.
-Ha llegado el momento -le dijo-, empieza.
Lentamente, el samurai apoyó la punta del cuchillo sobre su abdomen. Entonces, el maestro le preguntó:
-¿Oyes ahora los maullidos?
-Oh, no, ¡Ahora no!
-Entonces, si han desaparecido, no es necesario que mueras.
En realidad, todos somos muy parecidos a ese samurai. Ansiosos y atormentados, miedosos y quejicas, la menor cosa nos espanta. Los problemas que nos preocupan no tienen la importancia que les otorgamos. Son parecidos al miau de la historia.
Ante la muerte, ¿qué cosa hay que importe?
Un saludo
Buffu ikkan
Historia de Miau.
Un samurai, feroz guerrero, pescaba apacilemente a la orilla de un río. Pescó un pez y se disponía a cocinarlo cuando el gato, oculto bajo una mata, dio un salto y le robó su presa. Al darse cuenta, el samurai se enfureció, sacó su sable y de un golpe partió el gato en dos. Este guerrero era un budista ferviente y el remordimiento de haber matado a un ser vivo no le dejaba luego vivir en paz.
Al entrar en casa, el susurro del viento en los árboles murmuraba miau.
Las personas con la que se cruzaba parecían decirle miau.
La mirada de los niños reflejaba maullidos.
Cuando se acercaba, sus amigos maullaban sin cesar.
Todos los lugares y las circunstancias proferían miaus lacinantes.
De noche no soñaba más que miaus.
De día, cada sonido, pensamiento o acto de su vida se transformaba en miau.
El mismo se había convertido en un maullido...
Su estado no hacía más que empeorar. La obsesión le perseguía, le torturaba sin tregua ni descanso. No pudiendo acabar con los maullidos, fue al temploa pedir consejo a un viejo maestro Zen.
-Por favor, te lo suplico, ayúdame, libérame.
El Maestro le respondió:
-Eres un guerrero, ¿cómo has podido caer tan bajo? Si no puedes vencer por ti mismo los miaus, mereces la muerte. No tienes otra solución que hacerte el haraquiri. Aquí y ahora. -Y añadió-: Sin embargo, soy monje y tengo piedad de ti. Cuando comiences a abrirte el vientre, te cortaré la cabeza con mi sable para abreviar tus sufrimientos.
El samurai accedió y, a pesar de su miedo a la muerte, se preparó para la ceremonia. Cuando todo estuvo dispuesto, se sentó sobre sus rodillas, tomó su puñal con ambas manos y lo orientó hacia el vientre. Detrás de él, de pie, el Maestro blandía su sable.
-Ha llegado el momento -le dijo-, empieza.
Lentamente, el samurai apoyó la punta del cuchillo sobre su abdomen. Entonces, el maestro le preguntó:
-¿Oyes ahora los maullidos?
-Oh, no, ¡Ahora no!
-Entonces, si han desaparecido, no es necesario que mueras.
En realidad, todos somos muy parecidos a ese samurai. Ansiosos y atormentados, miedosos y quejicas, la menor cosa nos espanta. Los problemas que nos preocupan no tienen la importancia que les otorgamos. Son parecidos al miau de la historia.
Ante la muerte, ¿qué cosa hay que importe?
Un saludo
Buffu ikkan
Hola buenas tadres,
En las manos del destino
Un gran general, llamado Nobunaga, había tomado la decisión de atacar al enemigo, a pesar de que sus tropas fueran ampliamente inferiores en número. Él estaba seguro que ven-cerían, pero sus hombres no lo creían mucho. En el
camino, Nobunaga se detuvo delante de un santuario Shinto. Declaró a sus
guerreros:
-Voy a recogerme y a pedir la ayuda de los kamis. Después lanzaré una
moneda. Si sale cara venceremos, si sale cruz perderemos. Estamos en las manos
del destino.
Después de haberse recogido unos instantes, Nobunaga salió del templo y
arrojó una moneda. Salió cara. La moral de las tropas se inflamó de golpe. Los
guerreros, firmemente convencidos de salir victoriosos combatieron con una intre-
pidéz tan extraordinaria que ganaron la batalla rápidamente.
Después de la victoria, el ayuda de campo del general le dijo:
-Nadie puede cambiar el destino. Esta victoria inesperada es una nueva
prueba.
-¿Quién sabe? -respondió el general, al mismo tiempo que le enseñaba una
moneda... trucada, que tenía cara en ambos lados.
Un saludo
Buffu ikkan
En las manos del destino
Un gran general, llamado Nobunaga, había tomado la decisión de atacar al enemigo, a pesar de que sus tropas fueran ampliamente inferiores en número. Él estaba seguro que ven-cerían, pero sus hombres no lo creían mucho. En el
camino, Nobunaga se detuvo delante de un santuario Shinto. Declaró a sus
guerreros:
-Voy a recogerme y a pedir la ayuda de los kamis. Después lanzaré una
moneda. Si sale cara venceremos, si sale cruz perderemos. Estamos en las manos
del destino.
Después de haberse recogido unos instantes, Nobunaga salió del templo y
arrojó una moneda. Salió cara. La moral de las tropas se inflamó de golpe. Los
guerreros, firmemente convencidos de salir victoriosos combatieron con una intre-
pidéz tan extraordinaria que ganaron la batalla rápidamente.
Después de la victoria, el ayuda de campo del general le dijo:
-Nadie puede cambiar el destino. Esta victoria inesperada es una nueva
prueba.
-¿Quién sabe? -respondió el general, al mismo tiempo que le enseñaba una
moneda... trucada, que tenía cara en ambos lados.
Un saludo
Buffu ikkan



