Hola, amigo Chakukiri,
Excelente apreciación:
Apreciado y sabio forero Loup ,
Como lector asiduo de sus textos debo reconocer qué en esta ocasión me ha descolocado,
¿No estará usted en este estado? :

Saludos.
Debo reconocer -y rectificar, ¿no dicen acaso que es de sabios?, aunque desde luego no me considero sabio- que mi mensaje ha sido categórico en exceso: no en todos los ambientes sociales, laborales, deportivos, etc. existe una competitividad malsana, basada en la puñalada por la espalda mediante descalificaciones o actos reprobables.
Pero mi experiencia me dicta que, a veces (no siempre), aquellas personas que te reciben con los brazos abiertos y una sonrisa en la cara, son las primeras en soltarte una ofensa premeditada (y bien premeditada), lo cual es un claro indicio de cinismo. Por ejemplo, en mi último trabajo estuve arropado por un grupo de compañeros excelente, que tendía a manifestar con sinceridad sus ideas; mas uno de ellos (quizá la persona más generosa en todos los sentidos) cambió su trato conmigo sin motivo aparente. De ser el nuevo en el puesto de trabajo, a quien había que considerar como uno más del grupo, pasé a ser su blanco preferido para lanza sus dardos venenosos, relacionados con mi manera de hacer las cosas. A lo mejor pensaba que por estar desempeñando durante 10 años las mismas funciones le daba derecho a tratarme como un trapo, y no como una persona. Mi reacción fue ignorarlo en la medida de lo posible, sin replicarle, pues esto no haría más que empeorar la situación.
Como hombre objetivo que intento ser, consulté con mi encargado, a fin de saber si mi rendimiento era satisfactorio. La respuesta fue afirmativa, así que deduje que mi compañero tenía serios problemas de equilibrio emocional. Ese tipo de personas neuróticas que se ciegan con pajas mentales, y necesitan dar rienda suelta a sus frustaciones, pagándola con el primero que encuentran, al modo de los venados y verracos en celo.
El caso fue que, más tarde me enteré por su novia, que también trabajaba en el mismo departamento que yo, que el elemento estaba recuperándose de una depresión de caballo. Este dato me confirmó que hice bien en eludir la confrontación: lo único que hubiera ganado sería un enemigo en la empresa, un dolor de cabeza constante y probablemente un distanciamiento del resto de colegas de trabajo.
Este ha sido un ejemplo -suave- de los muchos
comebellotas (como me gusta denominarlos a mí) que se autoconsideran superiores a los demás por ostentar cierto estatus social, económico o marcial.
Te parece normal que si en tu gimnasio llega un nuevo alumno, lo recibais bien el primer día, explicándole lo que tiene que hacer (y sobre todo no presionándolo), y al siguiente, cambiéis el
chip, dándole una paliza soberana en un entrenamiento. La sinceridad debe presidir todos (o casi todos) nuestros actos. De lo contrario estaremos jugando con máscaras que no hacen sino empobrecer nuestra mente humana.
Si alguien quiere fanfarronear que lo haga con otro de su condición, pero que no me venga con desafíos baratos, pues aquellos que amamos la paz (con sus momentos de tensión, por supuesto), no queremos estar jodiendo al vecino cada dos por tres porque nuestra envidia, odio o complejos nos impiden ver más allá de nuestras narices.
Y, por cierto, el furibundo lobo gris que has adjuntado en tu mensaje, no muestra los colmillos porque piense atacar, sino porque realmente está aterrorizado. Hay algo (posiblemente el fotógrafo o su cuidador) que le hace ponerse a la defensiva, porque no está seguro de cómo afrontarlo con éxito. Si te fijas en los documentales, cuando un lobo se avalanza sobre un alce o un ciervo no lo hace mostrando los colmillos, sino con una naturalidad pasmosa.
En mi caso, cuando estoy fastidiado lo que hago es poner una cara tal que así:
Aunque realmente yo soy mucho más feo que el cánido salvaje.
Un abrazo,
Fer
