Hola, amigos:
El jefe. He aquí el
quid de la cuestión: no asistió a la cena de empresa. Quienes sí lo hicieron fueron mis compañeros, entre los que se encontraba la
chota oficial -quien en un principio, rehusó la invitación (?)-, cuyas intenciones (aviesas) me hacen oler el pescado a podrido.
Me explicaré: en varias ocasiones, ésta sujeta ha conspirado para intentar expulsar de la empresa a colegas que consideraba personas
non gratas, lanzando acusaciones (falsas) en el despacho del jefe sobre su manera de trabajar en la empresa. La cosa se zanjó con una llamada a capítulo de todos los trabajadores, en la cual fuimos entrevistados, uno a uno, con objeto de conocer la veracidad de los sucesos glosados por la chivatilla.
No soy santo de su devoción desde hace tiempo, dado que jamás he accedido a participar en sus contubernios de fines poco nobles. De ahí que me haya declarado una guerra silenciosa consistente en cuchichear a mis espaldas sobre mi forma de trabajar. Hasta ahora, he optado por evitar cualquier tipo de confrontación. Pero mi paciencia tiene un límite. No me cabe duda que, en un futuro próximo, sus chismorreos en el despacho del jefe me obliguen a reventar las cosas (que, por el momento, me estoy callando con una paciencia monacal). Mis temores no son infundados: la tipeja tiene suficiente redaños como para sentarse delante del empresario y tergiversar la información a su antojo. De momento, sus maniobras de cizañera no han obtenido resultados posistivos. No obstante, la gente de semejante calaña, a base de
erre que erre, consiguen triunfar alguna vez.
Por ello, estoy ciertamente preocupado. Aunque, en todo caso, preparado para cualquiera de sus ataques. Y es que, como decía mi abuelo:
Quien siembra odios, recoge tempestades.
Un saludo,
Fer
