LA FLOR DE LA SANGRE
1.
Debo volver a hablar otra vez con Rimal.
Su voz es el recuerdo de cosas que sucedieron hace tiempo, hace mucho tiempo, antes de que los invasores cruzaran el mar y llegaran a nuestra tierra...
Rimal no vivió allá entonces, ni sus padres, ni nadie. Ha pasado mucho tiempo, pero su voz es el recuerdo que le fue confiado. Y algunas veces... ha tomado La Flor De La Sangre, y ha conseguido estar allí en los días de la gloria de nuestro Pueblo, y ver lo que vio.
-...Nosotros somos El Pueblo, y nuestra estirpe es La Raza. Nosotros somos El Pueblo, y nuestro culto es La Religión, y nuestras palabras son El Idioma...
Hubo un tiempo en que El Pueblo fue grande y poderoso, pero de aquellos días sólo queda el recuerdo, y de toda su sabiduría nos queda hoy tan solo el secreto de La Flor De La Sangre, que maravilla los ojos con visiones de ensueño.
Hubo un tiempo en que El Pueblo tuvo el poder, y yo he visto la vida en la Corte de El Señor, los días de su gloria. Los mensajeros de las tribus lo visitaban con presentes... pasaban los Sacerdotes con sus mantos de colores brillantes, y los servidores con la música y las antorchas. ¡Cuanta hermosura...!
Las esclavas desnudas bailaban delante del trono, y sus cuerpos eran como las llamas azules que brotan del carbón ardiente, y sus ojos eran como las últimas estrellas que mueren al amanecer...
A veces, el volcán ardía y temblaba toda la Tierra. Los Príncipes y los Sacerdotes disponían el sacrificio para propiciar a El Que Tiembla. Los Sacerdotes marchaban con los Cuchillos del Sacrificio, y le ofrecían al pie del volcán las doncellas más hermosas. Y después del Sacrificio, la Tierra dejaba de temblar.
-Rimal... estás muy débil... deja de hablar por un momento...
Yo y Rimal somos los últimos de nuestro pueblo, y a él le queda ya muy poca vida, antes de que pueda contármelo todo. Ayer se acercó a la Ciudad de Metal y los soldados le dispararon. Y ahora se encuentra a mi lado, en el lugar del nacimiento del arroyo... y su vida se escapa en el murmullo de su voz:
-No me interrumpas, aún he de decirte tantas cosas... pero tú no sabes escuchar...
Ya sabes que en el principio de los tiempos, El Que Tiembla se enfrentó contra El Águila Del Rayo, y cómo fué su combate, hasta que fue vencido, y perdió uno de sus Dos Ojos.
Entonces El Que Tiembla vino aquí, a vivir al corazón del volcán, para ocultar su derrota y su vergúenza.
Y nosotros fuimos Su Pueblo.
Pero ya nadie le rinde culto, pues tú y yo somos los últimos, pero aún hay algo que puedes hacer. Buscar El Ojo, y llevárselo al corazón del volcán, para que despierte y acceda a destruir a nuestros enemigos... La Ciudad de Metal que se alza en medio de la llanura debe de ser aplastada, y todos ellos deben de morir. Ellos acabaron con El Pueblo, y deben pagarlo. No caigas en la trampa de la compasión.
Debes tomar La Flor De La Sangre, y recorrer los caminos invisibles, para cumplir todo lo que te he dicho...
-Pero es imposible... ¿y si me muero al tomarla...?
-Cuando tomas La Flor De La Sangre, entonces La Muerte se acerca a tí, pero sólamente sonríe y te mira. Casi todas las veces... sonríe y te deja pasar.
-¿Cómo sabré dónde hallar El Ojo?
-Encamínate y lo encontrarás, su querencia te conducirá tus pasos. Tómalo sin miedo y llévalo al corazón del volcán, para despertar a El Que Tiembla.
El volcán entrará en erupción y toda la Tierra temblará, pero a tí no te ocurrirá nada, y aún hay más... cuando la Ciudad de Metal sea destruída, debes de ir a las ruinas y matarlos a todos, asegúrate de que no sobreviva nadie:
Tu éres el último de La Raza, y no puedes mezclar tu sangre, pues sería el peor de los sacrilegios. Serás el último hombre, no lo olvides... Es necesario que no caigas en la trampa de la compasión, porque los extranjeros son el mal, y su sangre es el veneno... Traeme de beber...
La voz de Rimal se fue apagando, y su vida era un susurro.
Bebió unos sorbos de agua, y sonrió lentamente...
-Ve, te lego el secreto precioso, el secreto de La Flor De La Sangre, que maravilla los ojos con visiones de ensueño. Tómala y utilízala, yo voy a morir... recuerda que tú eres el último...
Rimal sonrió por última vez, y murió junto al nacimiento del arroyo. Dispuse su cuerpo, lo quemé en una pira de leña según el Ritual, con cánticos y ceremonias, lavé sus cenizas y las deposité. Varios días después, tomé La Flor De La Sangre, y me dispuse a cumplir su voluntad.
2.
La Muerte ha pasado junto a mí, sonríe y me deja pasar. Mi cuerpo arde, y mi cabeza gira a punto de estallar... La Flor De La Sangre maravilla mis ojos, y veo, veo los caminos invisibles y el hálito de las estrellas, y me encamino adonde mis pasos me llevan, allá donde se encuentra El Ojo.
La querencia de El Ojo suena como una música que golpea mis oídos, y al fin lo encuentro allá al fondo, en el lecho de una sima, como una esmeralda verde y brillante de mil reflejos. Su mirada de fuego es inexpresiva y vacía, pero en su Nada hay como una oculta amenaza, como en la mano vacía que nos presenta el mendigo. Y sigo caminando, atravesando mundos, caminos brillantes al borde de oscuras amenazas.
En el corazón del volcán, El Que Tiembla despierta, y El Ojo vuelve a brillar, ya son Los Dos Ojos, y su color cambia y estalla en reflejos rojizos, y se desencadena la destrucción... El volcán estalla en un mar de lava contra el firmamento incandescente, y la Tierra tiembla enloquecida, arden los montes y en la llanura la Ciudad de Metal revienta en pedazos...
Por un momento deja de temblar, y el firmamento está negro de cenizas... debo ir a las ruinas, ¡matar!, que no quede nadie. La Tierra parece hablar, el recuerdo de la voz de Rimal resuena en mis oídos:
-Que no quede nadie, no caigas en la trampa de la compasión. Ellos vinieron del otro lado del mar, nos invadieron y acabaron con El Pueblo. No caigas en la trampa de la compasión.
Matar... tomo el arma de un soldado muerto y me arrastro combatiendo entre las ruinas. Me han herido varias veces pero sigo combatiendo, días, meses, hasta que acabe con el último. Disparo contra varios soldados que salían de un refugio en el sótano de una casa, y bajo a matar a los que quedan dentro.
Pero dentro del refugio no había soldados... sino unos niños pequeños y varias mujeres jóvenes, y algunos pobres hombres, medio muertos. La voz de Rimal resonó en mis oídos de nuevo:
-¡Mata! ¡Mata! No caigas en la trampa de la compasión...
-No. No lo haré, no puedo hacerlo.
La Tierra tembló encolerizada. Los Dos Ojos me miraron con destellos púrpura, inyectados de sangre, y mil voces sonaron dentro de mi cabeza:
-No les perdones, no puedes mezclar tu sangre. No... tú eres el último hombre. Ellos son el mal, y su sangre es el veneno. Tienes que acabar con todos ellos. Mata...
Me negué a hacerlo.
Los Ojos me miraron llenos de cólera y la Tierra comenzó a temblar. Ordené a los supervivientes que me siguieran, y abandonamos los restos de la Ciudad de Metal por los caminos invisibles, alejándonos de ella.
La cólera de El Que Tiembla estalló contra el firmamento incandescente, y la Tierra tembló enloquecida. El Que Tiembla era como un enorme monstruo, sin aspecto definido, pero todo él como una araña de lava brillante y ceniza negra, que cambiaba continuamente de forma. No podía concebirse un ser más espantoso. Nos fue a cercar con sus garras de lava para destruirnos, cuando se oyó un graznido brutal, una enorme ave descendió del firmamento a enfrentarse con El Que Tiembla... era El Águila Del Rayo. El firmamento se alumbró con destellos de una luz brutalmente brillante... Ciego, ciego y aún podía distinguir el combate. El Águila Del Rayo, una y otra vez, destrozó a El Que Tiembla, lo acorraló y le arrancó Los Dos Ojos, esta vez los dos. Las garras de la enorme ave sujetaron la Tierra enloquecida, hasta que dejó de temblar...
Con el rostro contra el suelo, aún sentía estallar en mis ojos aquella luz, pero seguía vivo, yo y los supervivientes que ayudé a escapar. Vivos... El Águila Del Rayo cubrió el horizonte con sus alas por un momento, y se alejó, volando en círculos.
Sentía girar y estallar mi cabeza, pero estábamos vivos.
Los Dos Ojos yacían ahogados y vacíos, muertos y humeantes como dos carbones apagados, El Que Tiembla volvió a ser vencido y la Tierra dejó de temblar para siempre. Y nunca fue tan hermoso el color del firmamento. Estábamos vivos. La Muerte sonrió y nos dejó pasar.
Se puso a llover, y la lluvia apagó los incendios y curó las heridas de la Tierra. La selva cubrió los restos de la Ciudad de Metal, la ciudad que nunca existió. Pasaron años, cientos de años...
EPÍLOGO.
Llueve, ha llovido durante horas, durante cientos, miles de años quizás, borrando las heridas de la Tierra, y la selva ha cubierto la Ciudad de Metal, y tal vez su recuerdo... tal vez no existió jamás.
Mi cabeza, me encuentro aún mal, despierto y recupero los objetos, la luz, la hermosura de la selva con mil distintos tonos de verde, y la frescura de la sombra... estoy aquí, ¡qué hermoso es el Mundo Real!
Nuestro pueblo vive aquí, en este lugar, entre las selvas y las playas... hay niños, mujeres, hombres, siempre han vivido con alegría y esperanza.
Sin reyes, sin soldados, sin el horror de la angustia.
Nunca han conocido soberanos despóticos, ni volcanes saciados con ofrendas humanas, ni invasores, ni ciudades de metal. Nunca han conocido el horror de la angustia, el secreto espantoso de La Flor De La Sangre, que maravilla los ojos con visiones de ensueño.
No lo revelaré jamás y me desharé de ella. No la necesitamos para nada, no... ¡qué hermoso es el Mundo Real que nos rodea!
