Es bien cierto que la mente nos juega malas pasadas. Cuando el estrés deviene en miedo, nuestra respuesta psicosomática se traduce en contracciones a nivel de cervicales y hombros, así como tensiones en las rodillas. ¿Qué nos están diciendo esas molestias? Pues que estamos dando paso al miedo, oponiéndole una resistencia innecesaria, dado que la imaginación es más poderosa que la realidad.
¿Cuántas veces habéis sentido miedo? En mi caso particular, en el momento de superar una prueba en la Facultad para la cual había estudiado como un monje benedictino, cuando un toxicómano se me acercó en la parada del bus con una mano escondida en la cazadora para pedirme una ayuda, en una discusión con mi jefe que me podía poner de patitas en la calle, el día que mi coche se fue por un terraplén en una carretera comarcal... Lo curioso es que el miedo se apoderó de mí instantes después de haber acaecido todos los sucesos citados.
En consecuencia, el miedo es un compañero inevitable en nuestras vidas, que suele ser anunciado con la ansiedad (incluso con ataques de pánico), que, bajo ningún concepto, deben apartarnos de nuestro camino.
Como dice Garfield: Sólo tengo miedo de hacer cosas ruines. Pues eso...

Loup
