Hola, amigos:
Llegó la hora de comentar, sin más dilaciones, mis impresiones sobre
La Maldición de la Flor Dorada (
Curse of the Golden Flower, 2006). Para ello, permitidme esbozar una serie de notas, de carácter puramente documental, que nos pongan en antecedentes sobre las circunstancias que envuelven tan controvertida película.
La Maldición de la Flor Dorada es, por encima de todo, una ambiciosa megaproducción sinohongkonesa -
Beijing New Picture Film Co.,
EDKO Films,
Elite Group Enterprises Inc.- que han permitido al nuevo niño mimado del cine oriental (e incluso hollywoodiense), Zhang Yimou (
La Casa de las Dagas Voladoras,
House Of Flying Daggers, 2004) plasmar en pantalla uno de sus viejos sueños: extrapolar las tragedias shakesperianas a la historia de China. Yimou pertenece pertenece a una élite de realizadores, conocida como
Quinta Generación -Chen Kaige, Wu Tianming, Zhao Junzhao, Huang Jianxin, Tian Zhuangzhuang-, salida al albur de las postrimerías de la Revolución Cultural, conocidos por sus denodados anhelos de experimentar nuevas formas estéticas, influidos quizá por los filmes clásicos estadounidenses que pudieron visionar durante sus estudios en la Escuela de Cine de Beijing, que se mantenían al margen de cualquier tendencia puramente vacua de contenido. La identidad china queda plasmada en todas y cada una de las películas de Zhang Yimou, sobre todo de su primera etapa -
Sorgo Rojo,
Red Sorghum, 1987),
Ju Dou. Semilla de Crisantemo (
Ju Dou, 1990),
La Linterna Roja (
Raise the Red Lantern, 1991),
Huozhe (1994)- que no resta ni un ápice de interés por la belleza formalista, característica de su tipo de cine, a veces embriagado por sutilezas que aborrecen los críticos academicistas por considerarlas innecesarias.
La Maldición de la Flor Dorada está inspirada
La Tempestad ( Léiyû, 1934), del notable dramaturgo chino Cao Yu (1910-1996), ambientada en tiempos contemporáneos a su edición, y cuya trama gira en torno a una familia que se ve abocada a la destrucción psicológica y física por la depravación moral de sus miembros. En el caso de la película de Yimou, la historia transcurre en China durante el siglo X, en el punto álgido de la Dinastía Tang (618-907), cuando el Emperador (Chow Yun Fat,
Full Contact, 1992) regresa a Palacio, tras una serie de campañas militares, en compañía de su hijo Jai (Chow Jai,
Hidden Track, 2003). Les espera la Emperatriz (Gong Li,
Memorias de una Geisha,
Memoirs Of A Geisha, 2005), quien, durante la ausencia de su marido ha establecido una relación sentimental con Wan (Lau Yip,
Floating Landscape, 2003), un
vástago de la anterior esposa del Emperador. Ante la engorrosa situación, Wan decide marchar con Jiang Chan (Li Man, en su
ópera prima), la hija del galeno de la Corte (Dahong Ni,
Lifetimes, 1994). Mientras tanto, el Emperador, consciente de los engaños de su mujer, decide envenenarla con la ayuda del médico. Pero la confidencia de una sirvienta, Jiang (Jin Chen,
Roaring Across the Horizon, 1999), que ha descubierto los planes maquiavélicos de su señor, cambia el rumbo de los acontecimientos, provocando un entramado de alianzas que devendrá en una sangrienta batalla en la corte.
Una historia de tamaño calibre, ambientada en la máxima expresión de oropeles y fanfarrias, son la excusa del director para imbuir al espectador en unos escenarios cuasi-perfectos donde la composición de los colores crea una estética subyugante desde el primer momento. La opulencia del Palacio, con miles de espacios adornados con un barroquismo insultante nos muestra una realidad latente en el desarrollo de la trama. Cuando comienzan los preparativos para el Festival de Recepción del Emperador y sus tropas, el color dorado sobresale por doquier -Yimou sabe utilizar alegorías con la flor bordada por la Emperatriz-, mostrando un mundo irreal, repleto de vasallos dispuestos a servir a sus señores. A título anecdótico, la miríada de cortesanas mostrando escote, por no mencionar a Gong Li, es uno de los puntos fuertes de la película, jajaja... Bromas aparte, la trama deshace su nudo cuando la Emperatriz comienza a enfermar. El espectador asiste entonces a un juego de luces dominadas por el claroscuro... El desenlace está a punto de entrar en el escenario, con las batallas de los ejércitos. Y es aquí, precisamente, cuando los excesos formales cobran su máximo vigor: un choque de dos colosales fuerzas, diferenciadas por el color de sus armaduras, excelente metáfora de las dos fuerzas enfrentadas veladamente desde el principio.
Quien espere encontrarse con escenas de lucha complicadas, debería abstenerse de entusiasmos innecesarios. Un servidor, complacido con los visionado, destacaría la emboscada a la caravana del médico de la Corte, en un desfiladero, por parte de unos guerreros enmascarados, que muestran la habilidad del coreógrafo de escenas de lucha, Tony Ching Siu Tung (
Shaolin Soccer, 2001), para redefinir los combates clásico del
wuxia pian mediante el uso (y abuso) del
wire work.
La pelea entre Chow Yun Fat y su hijo arribista es un espectáculo visual en toda regla. Ninguno de los actores conoce realmente el uso de las armas del Wu Shu. Pero el ingenio de Yimou y Ching Siu Tung logra crear un clímax que deja sin aire al más curtido en éstas lides. Mirad la pericia del Emperador con la espada recta
jian.
Por último, la batalla que pone punto y final a las distensiones palaciegas, donde ambos ejércitos, las tropas del Emperador y las tropas de la Emperatriz, se aprestan a la mayor carnicería filmada por el director chino. Decir que para preparar la secuencia fue necesario un año de trabajo en los estudios de
FX. El efecto visual resulta tan soberbio que, a nivel personal, me importaba un rábano quién fuese el vencedor: los efectos especiales son desmesurados. La profusión de lanzas y alabardas proporciona momentos de especial crueldad... en los cuales el realizador parece recrearse con delectación morbosa.
En conclusión,
La Maldición de la Flor Dorada es una película que, si bien no es representativa del
wuxia pian ortodoxo, no dejará impávido al amante del cine
made in Hong Kong.
Un saludo,
Loup 